EL MACHO
Me he despertado muy fatigado, eran las cuatro y media de la madrugada, los somníferos no hacen ya el más mínimo efecto. A las 6 de la mañana he de levantarme, coger el camión, ir a almacén y escuchar atentamente las indicaciones del patrón, me entrega una hoja de ruta con los pueblos y lugares donde he de entregar la mercancía. Cada mañana la misma historia. Mi mujer duerme muy relajada. Mis dos niños parecen dos muñecos en sus camas recién compradas. Aún no ha amanecido. La calle, silenciosa y deshabitada. A las diez o las once de la mañana el bullicio por las aceras es más intenso, es cuando entonces empiezo a actuar: bajo la ventanilla de la cabina y grito algún piropo, para que todo el mundo me oiga, a alguna moza de culo respingón y de buenas tetas. Unas veces suena un poco cursi y meloso, otras demasiado convencional – esta palabreja la aprendí hace poco -, quiero decir que está muy visto. Procuro esforzarme en que sean algo vulgares, soeces- otra -, pero que no ofendan...