EL MIRLO BLANCO
Solitario
vivía en un decrépito monasterio cisterciense, abandonado sobre una pradera
árida en donde no brotaba ni el esparto. Los muros del románico edificio
resquebrajábanse diariamente y los arcos, que en un tiempo eran de medio punto
con bóvedas nervadas, se iban desmoronando hasta quedar tan sólo el espíritu de
su forma; él mismo simbolizaba la imagen de su morada.
Durante más de medio siglo permanece en el
templo, nadie lo conoce ni sabe de su existencia, proviene de un remotísimo
lugar, olvidado en la memoria de los tiempos. Es un ser esquivo y huidizo, ni
feliz ni desdichado pues nunca se topó con un ser humano. El mundo se limitaba
a tres elementos esenciales: él, su templo fantasmal y su llanura desértica. De
aspecto simiesco y cuasifélido, cuadrúpedo, los ojos desorbitados y cubierto de
pelo; en sus sarmentosas pezuñas se amontonaban uñas largas y afiladas como
dalles que removían la tierra para buscar alimento: reptiles y bichos alados.
Su plato favorito era la pechuga cruda de murciélago, sin duda un suculento
menú de gastronomía excepcional, se degluta con la caída reciente de algún
meteorito, también quiso crearse alguna rara tradición y formarse su propio
peso histórico. Fue criado con la benevolencia del último monje, desterrado de
Cluny, sordomudo y ciego, que murió al entrar en los trescientos.
Una vez llovía pausadamente sobre la meseta
– y no es una fórmula narrativa pues ni el monje llegó a conocer la lluvia –
cuando un mirlo blanco con manchas blanquecinas se posó en su largo y peludo
hocico. Era éste un pájaro sabio, muy sabio, le llamaban mirlo por su
deslumbrante beldad. Le habló – recuérdese que era muy sabio – del mundo, ya
que había sobrevolado los lugares más ignotos del planeta. Conoció a grandes
filósofos que se debatían de forma desesperada entre el ser y el no ser, a
tiernos poetas que se derretían ante un geranio marchito. Le explicó, no muy
convencido, lo que la humanidad había avanzado y le recitó de memoria todas las
obras literarias desde El Libro de los
muertos hasta los poemas publicados
al día siguiente. Entonces, cuando más embobado se encontraba nuestro
despreciable personaje por guardar en su interior tanta ignorancia, fue
deleitado con axiomáticas reflexiones sobre el amor, la esperanza, la paz o la
dicha.
Atónito quedábase ante tanta sabiduría,
mientras el pajarraco aprovechaba su sorpresa para enlazar la genealogía con la sicotinesia o la inedia; todo,
absolutamente todo encajaba, de esta forma le resultó fácil pasar a las
elucubraciones hegelianas.
Transcurrieron las décadas y el manantial
de cultura no se agotaba, el otro con éxtasis contemplaba, seguramente por
encontrarse con un pájaro que habla. Nuestro cuervo blanco ahogábase en la
inevitable senectud, sus amarillentas plumas se desprendían lentamente, sus
elocuentes trinos se desvanecían y sus patas que antaño fueron muslos se
torcían y despellejaban. Bastaron unos instantes para que feneciera. Nuestro
humano animal pensó que era el momento de disfrutar de su bien merecida libertad.
Se apoderó de un asno y un escudero y salió
a devorar el mundo, haciendo uso de sus innumerables conocimientos.
Al día siguiente volvió asustado y
tembloroso como un cordero. Se clausuró nuevamente y ya nunca sintió deseos de
salir.
El mirlo lo había engañado.


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