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Traumas

  Tengo comprobado, aunque nadie me haya otorgado credenciales académicas en el estudio de las miserias humanas, que todo aquello que se padece en la infancia o la adolescencia y no se supera termina regresando. Y no vuelve con discreción precisamente, sino con cierta virulencia, arrasando con todo lo que encuentra a su paso, como una riada que nadie quiso prever porque resultaba incómodo hablar del tiempo. A ese equipaje emocional sin deshacer se le añaden, con el paso de los años, las frustraciones habituales de la vida adulta: deseos no consumados, problemas familiares enquistados, rupturas sentimentales, pérdidas económicas, insatisfacción conyugal, disputas vecinales, negocios que se estrellan o, por qué no decirlo, una actividad sexual escasa o inexistente. El cóctel está servido. Y luego nos sorprende que alguien estalle. Todas estas interferencias, acumuladas sin mantenimiento ni revisión, terminan provocando un desorden cognitivo-afectivo capaz de llevarse por delante a ...

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