jueves, 13 de agosto de 2026

Gente rara

 


Gente rara

José Luis Raya

 

A lo largo de la vida va uno topándose con gente rara y, como un servidor profesa cierta debilidad por lo extravagante, lo original y cuanto se aparta del común rebaño, se arroja a la piscina aun cuando sospeche que el agua escasea y, si menester fuere, nada contra la corriente. Bien pudiera decirse que estos singulares especímenes son materia prima de novela: personajes que la vida, más pródiga en disparates que la literatura, pone al alcance de mi curiosidad. De ahí que me acerque, observe, pregunte, indague y me entrometa acaso más de lo prudente, hasta que la curiosidad, que es virtud cuando se ejerce con mesura y vicio cuando se practica sin ella, acaba cobrando su tributo: distancias, bloqueos, silencios, saludos retirados y alguna amenaza de esas que vienen disfrazadas de inocencia, pero traen colmillos. Es la gente rara, o tóxica, que tanto monta, de la que el prójimo huye como de la peste y a la que conviene señalarle las lindes con cal viva, no sea que invada el terreno, exprima la paciencia, exija lo que no corresponde, acose lo que no le pertenece y, una vez agotada la utilidad del cristiano, lo abandone como a colilla de taberna. Son aquellos que un día te comen a besos y al siguiente te digieren con la indiferencia; los que te convidan a sus intimidades para después no acordarse ni de tu sombra; los que convierten sus naufragios sentimentales en consulta gratuita y a uno, sin oposición ni juramento, en psicólogo de guardia. Los que te dan la espalda sin causa, pero encuentran mil razones para sentirse ofendidos si osas preguntar por la causa. Los que retiran el saludo porque no recibieron un «like», o porque el «me gusta» fue sustituido por unas risas, crimen digital cuya pena parece ser el destierro. Los que solicitan las llaves de tu casa para veranear y, tras la cuarta negativa, convierten la amistad en enemistad con una facilidad que ya quisiera la pólvora [ en realidad estuvieron viniendo tres veranos seguidos durante un mes con tres niños de cuatro,  cinco y ocho años; incluso llegaban a horas intempestivas]: de ahí surgió  "El espejo de Nostradamus". Los que, después de diecinueve favores, te condenan por no conceder el vigésimo, como si la amistad fuese un crédito sin vencimiento. Y uno, que tiene la mala costumbre de examinarse antes de juzgar al prójimo, acaba preguntándose si el raro no seré yo. Tal es el poder de ciertos narcisistas: no necesitan tener razón, les basta con fabricar tu culpa. Son maestros en convertir su agravio en sentencia y tu inocencia en disculpa. Así, entre envidias, deseos frustrados, suspicacias y otras alquimias del resentimiento, más de una vez he servido de saco donde otros descargaron sus golpes, para terminar yo buscando psicólogos y terapias con que remendar las costuras del alma. Quizá me lo tenga merecido. No por ser raro, sino por esa vieja y peligrosa costumbre de confundir la comprensión con el consentimiento y la bondad con la obligación de aguantarlo todo. Y por aquí sigo, con mi campo, mi perro y mi soledad. Lejos del mundanal ruido que todo lo enturbia. Yo también me he convertido en gente rara. Necesito protegerme.

viernes, 7 de agosto de 2026

Señoras y señores...

 

El mayor espectáculo del mundo


José Luis Raya

Al final, las redes sociales se han convertido en el mayor espectáculo del mundo, y lo más extraordinario es que nadie reconoce haber comprado la entrada. Uno abre el teléfono para consultar cualquier tontería y, sin comerlo ni beberlo, se encuentra con el último parte médico de una persona a la que apenas saluda dos veces al año, con la crónica detallada del abandono sufrido por una antigua compañera de trabajo, con la descripción exacta de la ansiedad de un primo segundo o con la fotografía de alguien tumbado en la cama de un hospital, con el ceño fruncido y una pulsera en la muñeca, acompañada del inevitable mensaje: «Necesito toda vuestra energía». Y entonces se produce el milagro. Todos nos convertimos a la vez en familiares, psicólogos, sacerdotes, epidemiólogos, oncólogos, jueces, detectives y expertos en traiciones sentimentales. Preguntamos qué ha sucedido, enviamos corazones, prometemos oraciones y, mientras tanto, nos acomodamos en el sofá con la misma disposición con la que uno se sienta ante una serie de intriga. Porque, admitámoslo, siempre esperamos el siguiente capítulo. Queremos saber qué ha dicho el médico, quién ha sido el canalla, cuál es el pronóstico, quién ha fallado y quién merece el castigo. Y si la información llega incompleta, mucho mejor, porque no hay nada que estimule más la imaginación que una desgracia administrada en cómodas entregas. Lo verdaderamente admirable es la naturalidad con la que se ha aceptado la idea de que la intimidad es una especie de bien comunal y de que el dolor, para ser auténtico, debe exhibirse, fotografiarse y difundirse. Da la impresión de que un tumor no es del todo un tumor hasta que aparece en la pantalla y de que una pena de amor no alcanza su plenitud hasta que un centenar de desconocidos la bendicen con un corazón, una carita triste o un «mucho ánimo». Y, por supuesto, allí estamos todos, fingiendo una dignidad que se desvanece en cuanto aparece una nueva publicación, con el cuenco de palomitas en la mano y la secreta esperanza de que el desenlace no llegue demasiado pronto, porque el ser humano es compasivo, sin duda, pero también es curioso, y pocas cosas le atraen tanto como la posibilidad de asistir, desde la comodidad de su sillón, a la representación de las desgracias ajenas, siempre que las propias no formen parte del programa.

 

viernes, 31 de julio de 2026

Mi querida España

 




Mi querida España

José Luis Raya Pérez

España no es un país serio. Lo sé, suena duro, pero más duro es contemplar el espectáculo diario y fingir que no pasa nada. Somos un pueblo extraordinario para celebrar victorias y absolutamente prodigioso para ignorar derrotas. Nos lanzamos a las calles para festejar un campeonato, agitamos banderas, cantamos hasta la madrugada y nos convencemos de que todo va bien porque once personas han conseguido una hazaña deportiva. Y, mientras tanto, el país sigue deslizándose lentamente por una pendiente de corrupción, incompetencia y resignación que ya ni siquiera provoca sorpresa. Hemos llegado al punto en el que los corruptos imparten lecciones de ética, los oportunistas se disfrazan de servidores públicos y los responsables de cada desastre comparecen ante las cámaras para explicar que nadie podía preverlo. Claro, porque los incendios se producen en agosto por pura casualidad y las inundaciones son un fenómeno tan inesperado como la llegada del invierno. Entretanto, algunos ayuntamientos conceden licencias imposibles, los expertos cobran por diagnosticar problemas que jamás resuelven y los chapuceros facturan con la precisión de un reloj suizo y trabajan con el rigor de un prestidigitador de feria. Los emprendedores cierran sus negocios asfixiados por impuestos, los autónomos viven en un estado de ansiedad perpetua y muchos trabajadores han comprendido que entregar diez o doce horas de su vida a cambio de una recompensa miserable es un negocio ruinoso. Y, por encima de todos ellos, nuestros admirables dirigentes, elegidos por nosotros mismos, nos ofrecen cada día el mismo espectáculo: pactos imposibles, promesas incumplidas, discursos grandilocuentes y una capacidad asombrosa para convertir la mediocridad en virtud. Las crisis migratorias, la inseguridad, la fractura social y la decadencia institucional se convierten en simples herramientas de propaganda, mientras la realidad sigue avanzando con la testarudez de un tren sin frenos. Y aquí seguimos, convencidos de que borrar las fronteras propias mientras otros se esfuerzan en ensanchar las suyas constituye una brillante estrategia de futuro. Todo se tolera, todo se justifica y todo acaba pareciendo normal, incluso aquello que hace apenas unos años nos habría resultado intolerable. Quizá por eso la vergüenza ya no sea una emoción, sino una costumbre. Y quizá por eso cada vez más ciudadanos miran a su alrededor y se preguntan, con una mezcla de ironía, tristeza y hastío, si no habrá llegado el momento de pedir que detengan el tren para bajarse antes del descarrilamiento.


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 **** ¿Por qué hay que seguirle el juego a Mohamed VI? ¿Por qué tantos miran hacia otro lado mientras su pueblo continúa sufriendo? Esas criaturas que aparecen solas, ¿no tienen padres o madres buscándolas con el alma rota? ¿Quién responde por las vidas que se pierden en el mar, por las familias destrozadas y por tanto dolor convertido en una rutina informativa? En mi opinión, el principal responsable de esta tragedia humanitaria es Mohamed VI, cuya actuación considero mucho más determinante de lo que suele reconocerse en el debate público. Mientras unos señalan a Pedro Sánchez, otros a Donald Trump o a Benjamín Netanyahu, se pasa por alto el papel del propio monarca marroquí y se termina descargando sobre otros toda la responsabilidad de lo que ocurre. Echo de menos un debate menos sectario y más honesto, donde las víctimas importen más que los relatos, la propaganda y los intereses políticos. Estoy hasta los mismísimos cojones de la demagogia, de los eslóganes vacíos y de quienes prefieren repetir consignas antes que hacerse preguntas. La compasión no debería tener bandera ni ideología, y exigir responsabilidades a quienes correspondan no tendría que ser un acto de valentía, sino de simple decencia. 🤢


Y aquí todas calladas como putas, sin señalar al presunto genocida, el que siempre se va de rositas. Sin manifestaciones no contra Marruecos ni a favor de la españolaidad de las ciudades autónomas, sino contra este malaje que se va a cargar su país y el nuestro. 

Harto de esta izquierda! Germen de la futura extrema derecha!!






domingo, 26 de julio de 2026

ODISEO (DIARIO SUR)



 

ODISEO

José Luis Raya

Hay que agradecer que un director de cine tan genial y particular como Christopher Nolan se haya decidido a recuperar las raíces de nuestra cultura para lanzarlas al mundo bajo su peculiar prisma. Era de esperar que un cineasta de su personalidad nos narrara la épica de La Odisea desde su propio universo: con esos primeros planos hipnóticos, esos diálogos susurrantes y una banda sonora rompedora que parece llegar desde otro planeta. Como nunca me gusta quedarme en la superficie, volví a ver Ulysses, la película de Mario Camerini protagonizada por un colosal Kirk Douglas. Me costaba aceptar que Nolan se hubiese inspirado tanto en este clásico imperdible, pero puedo corroborarlo. Sin duda, continúa siendo una de las versiones más fieles de la epopeya homérica. Y conviene aclarar algo para los neófitos: Odiseo es el nombre griego, mientras que Ulises es la forma que hemos adoptado en nuestra tradición cultural. En realidad, hablamos del mismo personaje. Entre mis libros olvidados recuperé también el excelso poema de Konstantinos Kavafis, Viaje a Ítaca, cuyos versos nos recuerdan que el destino de nuestro viaje es, en realidad, lo de menos. Lo verdaderamente importante son las vicisitudes del trayecto, los descubrimientos y las experiencias que nos transforman. Hay que disfrutar del viaje. El destino es secundario. Ítaca, además de ser una pequeña isla real situada en el mar Jónico y el reino de Odiseo, es la isla amada y soñada, el símbolo de nuestras raíces, nuestros pueblos y ese arraigo que quizá deberíamos reivindicar con mayor orgullo.

Sin embargo, mi visión de La Odisea no se queda únicamente en ese hermoso símbolo del viaje. Lo que más me conmueve es la bellísima historia de amor y lealtad que subyace en cada verso. Penélope ama profundamente a Odiseo y espera durante veinte años su regreso. Es también el símbolo de la esperanza. Al recordarla, no pude evitar pensar en Joan Manuel Serrat y en su desgarradora canción sobre aquella otra Penélope moderna que, después de esperar durante años, ya no reconoce al hombre que regresa. Es una de las grandes canciones del siglo pasado y una magnífica representación de la amargura del paso del tiempo, de la vejez y de todo aquello que la espera puede destruir. Por un momento pensé que Nolan podría optar por un final semejante. Al fin y al cabo, las grandes historias de amor de nuestra cultura suelen estar marcadas por la tragedia: Romeo y Julieta, Calixto y Melibea… Y aquí aparece también la otra cara de La Odisea, la que refleja los valores y las desigualdades de las sociedades que la han heredado. Durante la Edad Media y el Renacimiento, los caballeros debían superar todo tipo de obstáculos para alcanzar a su dama, mientras ella debía esperar y ser fiel. No me digan ustedes que La Odisea no ha hundido sus tentáculos en nuestra cultura: la mujer esperaba y el hombre combatía. Él debía demostrar su valor para merecerla.

Pero la historia es bastante más compleja. Penélope no es una figura pasiva: su inteligencia, su astucia y su resistencia resultan fundamentales. Odiseo no regresaría a Ítaca sin la ayuda de Atenea y de otros aliados, pero tampoco recuperaría su reino sin la inteligencia y la lealtad de Penélope. Eso sí, la moral de la epopeya presenta contradicciones que hoy no podemos ignorar. A Odiseo se le permiten ciertos deslices con Circe o con Calipso. Él sí puede. Ella espera. Él viaja, combate y ama por el camino. Ella permanece en casa. El macho es el macho. También sucede algo parecido en muchas especies de la naturaleza, aunque el ser humano ha construido una cultura capaz de cuestionar sus propios mitos. Lo que sí debemos hacer es conservar nuestras raíces culturales y difundirlas entre los más jóvenes. No todo va a ser reguetón. También hay que hablarles de Homero, de Kavafis, de Serrat, de Kirk Douglas y de Christopher Nolan. Hay que contarles que antes de los superhéroes ya existían héroes capaces de enfrentarse a cíclopes, monstruos marinos y dioses caprichosos. Que antes de las grandes sagas cinematográficas ya existía La Odisea. Y que, en el fondo, seguimos contando la misma historia: la de alguien que se marcha, lucha, se pierde y trata de regresar a casa. Porque todos tenemos una Ítaca y, quizá, lo importante no sea llegar a ella, sino todo lo que nos sucede mientras intentamos volver. Como en el viaje a Ítaca, quizá lo importante nunca fue llegar, sino todo lo aprendido mientras nos alejábamos. Y al volver, comprendemos que la verdadera patria no era solo el lugar que nos esperaba, sino todo aquello que llevábamos dentro. Guadix, mi pequeña Ítaca: el puerto al que regreso para recordar quién soy y quién fui.

 








miércoles, 22 de julio de 2026

VERGOGNA

 


VERGOGNA
José Luis Raya

Una vez más, el fútbol nos ofrece esa extraordinaria capacidad humana para transformar una derrota en una teoría de la conspiración, una decisión arbitral en un crimen de Estado y un partido de noventa minutos en una cuestión de honor nacional. La evidencia, como siempre, se somete a una cirugía estética hasta que la suma de dos más dos dé cinco. El partido fue bronco, agresivo y, desde luego, un magnífico ejemplo de civismo deportivo para los niños de todo el mundo: faltas, empujones, entradas, jugadores españoles volando por los aires y una violencia generalizada que solo necesitaba una motosierra para completar el escenario. El arbitraje fue parcial: cuando pierde el equipo propio, rara vez se contempla la posibilidad de que el rival haya jugado mejor. Los dos goles anulados, por supuesto, habrían subido al marcador en esa dimensión paralela donde las decisiones arbitrales coinciden exactamente con nuestros deseos. Mientras tanto, el equipo español mantuvo el control del partido y acabó levantando la copa. La reacción del conjunto argentino fue de una sobriedad conmovedora: darle la espalda al rival. La escena alcanzó cotas de surrealismo cuando Messi pidió una tarjeta para Cucurella porque este, al parecer, se interesó por su estado. Una pregunta se convierte en provocación. Y, como broche final, la trifulca continuó después del pitido definitivo, con un jugador argentino agarrando por el cuello a un jugador español y propinándole una paliza. Un epílogo particularmente refinado para una competición deportiva. Dicen que la FIFA va a tomar cartas en el asunto. Esperemos que no sean cartas marcadas. Ese patriotismo visceral y ciego convierte a un jugador en una nación, a un árbitro en un enemigo y a una derrota en una humillación colectiva. La falta de educación, el cinismo y la metonimia, es decir, esa costumbre de tomar la parte por el todo: un incidente representa a un equipo, un equipo representa a un país y, finalmente, un país entero queda condenado por el comportamiento de unos pocos. Personalmente, nunca he sufrido por la derrota de mi equipo cuando considero que ha sido merecida. Felicito al rival. Eso se llama deportividad. También elegancia. Existe una plataforma, Change.org, que recoge firmas para repetir el partido: rizando el rizo. Espero sinceramente que mis amigos y amigas argentinos no participen de este juego sucio. También espero que nos preocupemos mucho más por el bienestar social general y que el fútbol no sea tan importante como para regir completamente nuestras vidas.

 



martes, 14 de julio de 2026

Discrepancias

 




Discrepancias

José Luis Raya

Hay una paradoja que se hace más evidente con los años: mientras la vida se va ajando y el horizonte se acorta, nuestras rencillas parecen empeñadas en prolongarse indefinidamente. El calendario nos recuerda con una discreción que el tiempo es un bien escaso; sin embargo, seguimos administrándolo como si dispusiéramos de una reserva inagotable. Posponemos el perdón, aplazamos una llamada, dejamos que el silencio eche raíces y damos por hecho que siempre habrá un mañana para recomponer lo que hoy hemos roto. Basta mirar alrededor para comprobarlo: hermanos que dejaron de hablarse por una herencia o por unos metros de lindes; vecinos incapaces de cruzarse un saludo por una valla, una rama que invade el jardín o una plaza de aparcamiento; amigos separados por una discrepancia política; compañeros de trabajo que aún alimentan un resentimiento nacido por un malentendido o una palabra desafortunada o de un agravio que nadie presenció. Lo más desconcertante es que casi nunca se trata de grandes traiciones, sino de pequeñas heridas que la soberbia convierte en cicatrices incurables. El orgullo tiene esa habilidad perversa de hacernos creer que ceder es perder, cuando casi siempre significa ganar serenidad. Nos aferramos a tener razón con la misma fuerza con la que dejamos escapar la posibilidad de reconciliarnos. Quizá el mayor autoengaño del ser humano consista en creer que la muerte siempre pertenece a los demás. Asistimos a funerales, lamentamos la fragilidad de la existencia y, al día siguiente, volvemos a vivir como si el tiempo nos debiera una prórroga. Hablamos del futuro con una seguridad que nadie nos ha concedido y dejamos los gestos importantes para un mañana que tal vez nunca llegue. Pero la vida no acostumbra a avisar. Un día descubrimos que aquel vecino con el que llevábamos años sin saludarnos ya no abrirá más la puerta de su casa o que ese hermano con el que pensábamos reconciliarnos «cuando llegara el momento» ya no está. Entonces comprendemos, demasiado tarde, que la razón tenía un valor ridículo frente a la ausencia. Tal vez, la verdadera sabiduría consista en aceptar que la vida es mucho más breve de lo que nuestra vanidad está dispuesta a reconocer y que, al final, nadie será recordado por haber ganado una disputa sobre unos metros de terreno, un saludo omitido o una diferencia política, sino por haber sabido tender la mano antes de que el tiempo, silencioso e inexorable, decidiera retirarla para siempre.

 




La vida política

 


La vida política

José Luis Raya

La vida política ha experimentado una metamorfosis tan llamativa como poco edificante. Lo que antaño se concebía como un espacio destinado a conciliar intereses y buscar soluciones razonables se ha ido transformando en una sustancia viscosa e impermeable al sentido común. La política ya no parece orientada a resolver problemas, sino a administrarlos, ampliarlos y, si las circunstancias lo permiten, multiplicarlos. Ni siquiera Estados Unidos, durante décadas presentado como paradigma de estabilidad institucional, ha escapado a esta deriva. Allí, donde los presidentes despertaban una mezcla de respeto, admiración y patriotismo, la sociedad se ha fragmentado en facciones que se observan con una impecable desconfianza. España y buena parte de Europa no han querido quedarse atrás en esta carrera hacia la polarización, como si el desacuerdo permanente hubiera dejado de ser una consecuencia para convertirse en un objetivo. Lo más sorprendente es que ya no existe consenso ni siquiera sobre cuestiones elementales. La discusión pública ha dejado de ser una herramienta para acercarse a la verdad y se ha convertido en una competición donde lo importante no es comprender, sino vencer. Escuchar al otro parece una extravagancia intelectual; reconocer una duda, una herejía; admitir un error: un suicidio. El célebre “divide y vencerás” goza hoy de una salud envidiable y se aplica con un entusiasmo admirable. Amigos de toda la vida dejan de hablarse, hermanos convierten la sobremesa en un campo de batalla y vecinos que compartieron años de cordialidad descubren de repente que pertenecen a universos morales incompatibles. Lo más irónico es que, cuando uno analiza muchas de estas disputas con cierta frialdad, descubre que las discrepancias suelen residir en matices relativamente menores. Pero los matices, esos detalles aparentemente secundarios, poseen una capacidad extraordinaria para inflamar los ánimos cuando el orgullo entra en escena. Y cuando los argumentos empiezan a escasear, aparecen los viejos recursos de siempre: el “y tú más”, la excepción elevada a categoría universal, la caricatura del adversario y el eslogan repetido hasta adquirir la apariencia de una verdad absoluta. Todo ello defendido con una seguridad admirable, pues pocas convicciones resultan tan robustas como aquellas que nunca han tenido que enfrentarse al incómodo ejercicio de la autocrítica. La paradoja final es difícil de ignorar: vivimos en una época más abierta, más conectada y mejor informada que cualquier generación anterior, y sin embargo cada día parece costarnos más distinguir entre debatir una idea y declarar una guerra.

 

Gente rara

  Gente rara José Luis Raya   A lo largo de la vida va uno topándose con gente rara y, como un servidor profesa cierta debilidad por l...