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Discrepancias

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  Discrepancias José Luis Raya Hay una paradoja que se hace más evidente con los años: mientras la vida se va ajando y el horizonte se acorta, nuestras rencillas parecen empeñadas en prolongarse indefinidamente. El calendario nos recuerda con una discreción que el tiempo es un bien escaso; sin embargo, seguimos administrándolo como si dispusiéramos de una reserva inagotable. Posponemos el perdón, aplazamos una llamada, dejamos que el silencio eche raíces y damos por hecho que siempre habrá un mañana para recomponer lo que hoy hemos roto. Basta mirar alrededor para comprobarlo: hermanos que dejaron de hablarse por una herencia o por unos metros de lindes; vecinos incapaces de cruzarse un saludo por una valla, una rama que invade el jardín o una plaza de aparcamiento; amigos separados por una discrepancia política; compañeros de trabajo que aún alimentan un resentimiento nacido por un malentendido o una palabra desafortunada o de un agravio que nadie presenció. Lo más desconcerta...

La vida política

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  La vida política José Luis Raya La vida política ha experimentado una metamorfosis tan llamativa como poco edificante. Lo que antaño se concebía como un espacio destinado a conciliar intereses y buscar soluciones razonables se ha ido transformando en una sustancia viscosa e impermeable al sentido común. La política ya no parece orientada a resolver problemas, sino a administrarlos, ampliarlos y, si las circunstancias lo permiten, multiplicarlos. Ni siquiera Estados Unidos, durante décadas presentado como paradigma de estabilidad institucional, ha escapado a esta deriva. Allí, donde los presidentes despertaban una mezcla de respeto, admiración y patriotismo, la sociedad se ha fragmentado en facciones que se observan con una impecable desconfianza. España y buena parte de Europa no han querido quedarse atrás en esta carrera hacia la polarización, como si el desacuerdo permanente hubiera dejado de ser una consecuencia para convertirse en un objetivo. Lo más sorprendente es que y...

Meter la pata

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  Meter la pata José Luis Raya Meter la pata es una de las pocas actividades verdaderamente democráticas: no entiende de ideologías, títulos universitarios, cuentas corrientes ni coeficientes intelectuales. La practican con idéntico entusiasmo el premio Nobel y el vecino del quinto, el adolescente impulsivo y el anciano que presume de haberlas visto todas. Errar es humano; perseverar en el error ya requiere una cierta vocación. Siempre me han inquietado esas personas que aseguran no haberse equivocado jamás. Desconfío de quien presume de una biografía sin tachones. O tiene muy mala memoria o ha convertido la soberbia en una disciplina olímpica. La perfección suele ser un magnífico disfraz del orgullo. Hay meteduras de pata que apenas duran lo que un sonrojo y otras que dejan cicatrices: no es lo mismo enviar un mensaje al destinatario equivocado que cometer una negligencia médica, confundir una fecha que traicionar una confianza. Pero incluso los errores más pequeños pueden dese...

Haters y cobardes

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  Hace unos días, haciendo zapping en televisión, me encontré con un programa de Jesús Calleja. En aquel momento se encontraba en China junto a dos jóvenes influencers, tomando un café en una ciudad gigantesca, llena de tecnología y avances futuristas. Durante la conversación, las dos chicas hablaron de la cara menos amable de su profesión. Se lamentaban del odio que reciben diariamente a través de las redes sociales y describían cómo cada mañana deben enfrentarse a una avalancha de insultos, descalificaciones, burlas e incluso amenazas. Lo más llamativo era la naturalidad con la que asumían aquella situación, como si ese sufrimiento formara parte inevitable del precio que deben pagar por la fama y por los elevados ingresos que obtienen gracias a ella. Daban la impresión de vivir atrapadas en una contradicción difícil de resolver: disfrutar de una enorme visibilidad y de una situación económica privilegiada mientras soportan una presión psicológica constante. Comentaban también que...

Hombres casados con mujeres

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  Catacumbas y armarios José Luis Raya ( La opinión) Tenía ganas de hincarle el diente a “ La ballena” , donde Brendan Fraser está inmenso por partida doble. La dramática historia me ha recordado que tengo entre manos un proyecto con mucho que ver con la película y con la obra teatral de Samuel D. Hunter. Nos cuenta la tragedia de un homosexual que se casa, tiene una hija y abandona a su familia porque termina enamorándose de un hombre. Su vida, ajada y triturada por la culpa y la ansiedad, encuentra en la comida el único refugio posible. Su obesidad mórbida es la antesala de una muerte que casi desea para dejar de sufrir. Es una devastadora historia de redención. Bien podría ser el prólogo de mi próxima novela biográfica. Del mismo modo que en La turbulenta vida de Sandra Almodóvar reconstruí una existencia entrevistando a quienes la conocieron, ahora quiero hacer exactamente lo mismo con aquellos hombres homosexuales que un día cometieron el error, o quizá el acierto, según ...

El oasis y la caverna

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  El oasis y la caverna José Luis Raya Vivir en el agradable oasis gay-friendly de la Costa del Sol y Torremolinos nos ha ablandado las neuronas hasta el punto de hacernos olvidar que, fuera de nuestra cómoda burbuja andaluza, la homofobia sigue paseándose con total impunidad por el planeta. Una intolerancia de manual que hoy cotiza al alza tanto en los mítines de la extrema derecha autóctona como en las mochilas de ciertos migrantes cuyas culturas, curiosamente, aún no se han enterado de que dos personas del mismo sexo pueden amarse sin que el universo colapse. ¡Qué sorpresa! Mientras cuatro rincones avanzados del mapa insisten en celebrar la diversidad cada mes de junio, el resto del mundo prefiere deleitarnos con un tierno y fascinante cortocircuito geopolítico. Es una delicia ver a nuestros "patriotas" de pulserita aplaudir extasiados la censura en la Rusia comunista, los ahorcamientos en el Irán islamista o las cadenas perpetuas por el "delito de amar" en ...

Trajes y joyas

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  Hace unos días recibí la llamada de un buen amigo. Como suele ocurrir cuando conversamos, el diálogo derivó pronto hacia la política. Fue un intercambio cordial y sereno, en el que ambos expusimos nuestros respectivos puntos de vista sin interrupciones, sin descalificaciones y con el respeto mutuo que debería presidir cualquier conversación entre personas que se aprecian. Sin embargo, al concluir, me quedó una sensación familiar: la de no haber sido verdaderamente escuchado. Tengo la impresión de que, con demasiada frecuencia, las personas no conversan para comprender, sino para reafirmar sus propias convicciones. Escuchan mientras preparan su siguiente argumento y, en consecuencia, las aportaciones ajenas apenas encuentran espacio para ser consideradas. Durante aquella conversación no alcanzamos ningún punto de encuentro. Mi interlocutor centraba su atención exclusivamente en sus propias reflexiones y conclusiones, sin conceder relevancia a los matices que yo trataba de introduc...