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Meter la pata

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  Meter la pata José Luis Raya Meter la pata es una de las pocas actividades verdaderamente democráticas: no entiende de ideologías, títulos universitarios, cuentas corrientes ni coeficientes intelectuales. La practican con idéntico entusiasmo el premio Nobel y el vecino del quinto, el adolescente impulsivo y el anciano que presume de haberlas visto todas. Errar es humano; perseverar en el error ya requiere una cierta vocación. Siempre me han inquietado esas personas que aseguran no haberse equivocado jamás. Desconfío de quien presume de una biografía sin tachones. O tiene muy mala memoria o ha convertido la soberbia en una disciplina olímpica. La perfección suele ser un magnífico disfraz del orgullo. Hay meteduras de pata que apenas duran lo que un sonrojo y otras que dejan cicatrices: no es lo mismo enviar un mensaje al destinatario equivocado que cometer una negligencia médica, confundir una fecha que traicionar una confianza. Pero incluso los errores más pequeños pueden dese...

Haters y cobardes

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  Hace unos días, haciendo zapping en televisión, me encontré con un programa de Jesús Calleja. En aquel momento se encontraba en China junto a dos jóvenes influencers, tomando un café en una ciudad gigantesca, llena de tecnología y avances futuristas. Durante la conversación, las dos chicas hablaron de la cara menos amable de su profesión. Se lamentaban del odio que reciben diariamente a través de las redes sociales y describían cómo cada mañana deben enfrentarse a una avalancha de insultos, descalificaciones, burlas e incluso amenazas. Lo más llamativo era la naturalidad con la que asumían aquella situación, como si ese sufrimiento formara parte inevitable del precio que deben pagar por la fama y por los elevados ingresos que obtienen gracias a ella. Daban la impresión de vivir atrapadas en una contradicción difícil de resolver: disfrutar de una enorme visibilidad y de una situación económica privilegiada mientras soportan una presión psicológica constante. Comentaban también que...

Hombres casados con mujeres

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  Catacumbas y armarios José Luis Raya ( La opinión) Tenía ganas de hincarle el diente a “ La ballena” , donde Brendan Fraser está inmenso por partida doble. La dramática historia me ha recordado que tengo entre manos un proyecto con mucho que ver con la película y con la obra teatral de Samuel D. Hunter. Nos cuenta la tragedia de un homosexual que se casa, tiene una hija y abandona a su familia porque termina enamorándose de un hombre. Su vida, ajada y triturada por la culpa y la ansiedad, encuentra en la comida el único refugio posible. Su obesidad mórbida es la antesala de una muerte que casi desea para dejar de sufrir. Es una devastadora historia de redención. Bien podría ser el prólogo de mi próxima novela biográfica. Del mismo modo que en La turbulenta vida de Sandra Almodóvar reconstruí una existencia entrevistando a quienes la conocieron, ahora quiero hacer exactamente lo mismo con aquellos hombres homosexuales que un día cometieron el error, o quizá el acierto, según ...

El oasis y la caverna

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  El oasis y la caverna José Luis Raya Vivir en el agradable oasis gay-friendly de la Costa del Sol y Torremolinos nos ha ablandado las neuronas hasta el punto de hacernos olvidar que, fuera de nuestra cómoda burbuja andaluza, la homofobia sigue paseándose con total impunidad por el planeta. Una intolerancia de manual que hoy cotiza al alza tanto en los mítines de la extrema derecha autóctona como en las mochilas de ciertos migrantes cuyas culturas, curiosamente, aún no se han enterado de que dos personas del mismo sexo pueden amarse sin que el universo colapse. ¡Qué sorpresa! Mientras cuatro rincones avanzados del mapa insisten en celebrar la diversidad cada mes de junio, el resto del mundo prefiere deleitarnos con un tierno y fascinante cortocircuito geopolítico. Es una delicia ver a nuestros "patriotas" de pulserita aplaudir extasiados la censura en la Rusia comunista, los ahorcamientos en el Irán islamista o las cadenas perpetuas por el "delito de amar" en ...

Trajes y joyas

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  Hace unos días recibí la llamada de un buen amigo. Como suele ocurrir cuando conversamos, el diálogo derivó pronto hacia la política. Fue un intercambio cordial y sereno, en el que ambos expusimos nuestros respectivos puntos de vista sin interrupciones, sin descalificaciones y con el respeto mutuo que debería presidir cualquier conversación entre personas que se aprecian. Sin embargo, al concluir, me quedó una sensación familiar: la de no haber sido verdaderamente escuchado. Tengo la impresión de que, con demasiada frecuencia, las personas no conversan para comprender, sino para reafirmar sus propias convicciones. Escuchan mientras preparan su siguiente argumento y, en consecuencia, las aportaciones ajenas apenas encuentran espacio para ser consideradas. Durante aquella conversación no alcanzamos ningún punto de encuentro. Mi interlocutor centraba su atención exclusivamente en sus propias reflexiones y conclusiones, sin conceder relevancia a los matices que yo trataba de introduc...

La soledad

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  La soledad José Luis Raya Al llegar a una edad avanzada, cuando los años han ido sedimentando experiencias, pérdidas, alegrías y decepciones, muchas personas descubren una verdad tan sencilla como reveladora: todos estamos subidos en el mismo barco. Las diferencias que en otro tiempo parecían fundamentales comienzan a perder relieve frente a la evidencia de nuestra fragilidad compartida y de la incertidumbre que acompaña a toda existencia. La madurez, y más aún la senectud, suelen otorgar una perspectiva que rara vez se posee en la juventud, cuando el orgullo, las convicciones inamovibles o las heridas recientes condicionan nuestra manera de ver a los demás. Con el paso del tiempo se comprende que muchos enfrentamientos nacieron de malentendidos, circunstancias imprevistas o desencuentros que ninguno de los implicados había buscado realmente. También se aprende que la vida es demasiado breve y demasiado imprevisible para desperdiciarla alimentando resentimientos cuya importan...

La deriva del mundo

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  La deriva del mundo José Luis Raya Me pregunto, quizá con cierta ingenuidad, qué tiene que ocurrir para que el presidente de un gobierno democrático contribuya a despejar las dudas que pesan sobre su gestión y su honorabilidad. Echar balones fuera y refugiarse en el habitual “y tú más” difícilmente ayuda a salir indemne de una situación tan enrevesada. Lo que en un principio algunos consideraron simples patrañas o exageraciones se ha ido transformando, con el paso del tiempo, en una sucesión de hechos difíciles de ignorar. Y uno ya no sabe qué más tendría que suceder. En muchas democracias avanzadas, especialmente en los países nórdicos, la dimisión se ha normalizado como una muestra de responsabilidad política ante la más mínima negligencia. Aferrarse al poder como a un clavo ardiendo puede resultar contraproducente. Primero, por la imagen de deterioro institucional que proyecta; segundo, porque acaba erosionando al propio partido. Lo digo con pesar, ya que siempre lo he vot...