Intolerancias
Hay quienes sienten la vocación irrefrenable de ejercer de santos inquisidores, convencidos de que el mundo necesita urgentemente ser salvado…por ellos. Se erigen en guardianes de la decencia moral y ética ajena: de la suya, por supuesto. Y, de paso, blindan su ideología como si fuera dogma revelado. Pululan por los extremos con la devoción de un misionero y, en un alarde de caridad mal entendida, intentan reconducir a las ovejas descarriadas que no balan al compás correcto. El terreno moderado, ese espacio incómodo donde se contrastan ideas y se aceptan matices, les resulta impracticable. Quienes transitamos por ahí solemos recibir algún exabrupto gratuito, cortesía de su miopía militante: gafas graduadas por la intolerancia, el desprecio y la pereza intelectual. Incapaces de percibir la diversidad o la gama de grises, reducen la vida a un tablero binario: blanco o negro. Sin degradados. Sin dudas. Sin matices.
Aquel afable compañero (afable hasta que dejabas de asentir) se abalanzaba sobre mí en cualquier rincón de internet donde alguien osara pensar en voz alta. A veces rozaba lo paranormal: aparecía incluso en conversaciones privadas, irrumpiendo con la delicadeza de un elefante doctrinario, mientras uno intentaba dialogar, matizar y enriquecerse desde otros puntos de vista. Lo que, ingenuamente, algunos seguimos llamando conversación. Pataleaba si no me alineaba con su credo, hasta el punto de enfadarse y retirarme el saludo, como si fuera un castigo ejemplar. La primera vez cedí; la segunda, no. Defender tu manera de pensar, forjada con lecturas, estudios, vivencias y un mínimo de coherencia, es una forma bastante decente de preservar tu dignidad. El distanciamiento regresó, aunque a estas alturas uno ya no espera terceras oportunidades: la edad enseña a no insistir donde solo hay cerrazón.
Lo siento mucho, pero no puedo compartir su admiración por Trump
El segundo bofetón vino desde el ámbito familiar, cortesía de otra polarización feroz. El contacto se fue diluyendo igualmente, sin felicitaciones de ningún tipo, ni el más mínimo interés por tu vida o salud; aunque ahí seguía, agazapado con la hoz y el martillo, listo para degollar cualquier matiz. Ambos han coincidido en ignorarme durante meses o años, pero, como si custodiaran el destino de la humanidad o la varita oficial de la verdad, no dudaban en zarandearme por mis posicionamientos, siempre moderados y respetuosos. La extrema derecha y la extrema izquierda comparten una habilidad devastadora: destruir lo que se ha construido. Unos desde la intolerancia; los otros, exactamente desde lo mismo.
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