Sobre acantilados y otras depresiones
Sobre acantilados y otras depresiones
José Luis Raya
El acantilado desciende con vértigo hacia lo desconocido, hacia el mar profundo: inasible piélago. Por el camino se perfilan rocas cortantes que rasgan la piel hasta hacerla sangrar como cuchillas. Cuando desciendes, sabes que te espera la liberación de ese mundo que tortura y que el agua te limpiará hasta la última gota vital. Quizás te retuerzas de dolor mientras tu cuerpo se fractura en mil pedazos, pero sabes que llegará la recompensa en segundos y que por fin se aliviará el dolor eterno. Y las olas te arrastrarán hacia lo desconocido, donde no se siente ni se padece.
Me sacudió la noticia de Pere, un hombre de 54 años que padece depresión crónica desde hace veinte años y suplica la eutanasia, pero en estos casos “invisibles” la ley vuelve a frenarse. Incluso sus hijos y esposa desean que Pere ponga fin a su tormento. La depresión es esa gran desconocida, ignorada porque no se ve. Quien no la ha padecido no sabe de qué se trata. Incluso hacen nefandos chistes. Salir y distraerse puede ser el antídoto. Pero no ocurre: es una descomposición química que te tritura hasta hacerte sangrar el alma. Viajar o distraerte puede ser un aliciente, pero te acompaña esa angustiante mochila, imposible de quitar. Mucha gente la sufre en silencio, pero no se disimula. Dicen que estás raro, que qué te pasa. Solo eso. Y haces un esfuerzo por sonreír, pero no basta: cuando parece que estás liberado, vuelve la depresión: “Eh, tú, no te relajes, sigo aquí”. Tantos inventos existen y no hay una máquina que mida el ánimo. Es difícil convencer a tu jefe o a la administración de que no puedes tirar ni de tu alma. Y cuando faltas al trabajo, los más dañinos ignorantes opinan. Hay traumas que hunden sus raíces en la infancia o se nutren de sucesos traumáticos que ni el más avezado psicólogo logra mitigar. El dolor duerme durante una temporada, pero hay veces que lo despierta alguna nimiedad o un cúmulo de sinsabores que se enredan como una corona de espinas. El que lo probó lo sabe, diría Lope de Vega sobre del amor.
Es necesario que el mundo y los gobiernos acepten que hay depresiones que no solo impiden trabajar, sino vivir. Faltan leyes que regulen esta situación o el acantilado será la única salida.



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