IMPUESTOS
IMPUESTOS
José Luis Raya Pérez
Algunos somos conscientes de lo importantes que son los impuestos para que una sociedad funcione. Sí, esos mismos impuestos que supuestamente sirven para sostener servicios públicos. Lo entendemos. Lo asumimos. Incluso lo pagamos: detalle sin importancia. Claro que esto puede provocar cierto malestar en algunos ciudadanos, sobre todo en esos molestos contribuyentes que pagan y pagan y, con suerte, reciben a cambio algo parecido a una zancadilla administrativa.
No es extraño que algunos nos preguntemos cómo demonios siguen abiertos determinados negocios. Los pequeños empresarios y autónomos, esa especie casi en peligro de extinción, son los que sufren este festival de despropósitos, especialmente cuando la situación pasa de castaño oscuro y entra directamente en el terreno de lo surrealista.
Hay municipios como Fuengirola y Estepona que prosperan día a día porque, al parecer, sus gestores han descubierto un concepto revolucionario: gestionar. En cambio, existen otros, dentro y fuera de la provincia, cuyo nombre evitaremos por pura elegancia, que prefieren dedicarse a sablear a sus pequeños autónomos con impuestos dignos de una novela de piratas.
Hay una ciudad, por ejemplo, que ha decidido aplicar una tasa especial de basura industrial a los pisos turísticos. Sí, a esos que son legales y tienen todo el papeleo en regla (una rareza administrativa, lo sé). Resulta curioso porque los turistas, en contra de lo que algunos parecen imaginar, no pasan el día cocinando en el apartamento: están fuera. Comen fuera. Viven fuera. Los residuos que generan son prácticamente nulos, desde luego muchos menos que los de una familia media.
Pero eso no ha impedido que el impuesto se aplique, además, de forma retroactiva. Un detalle encantador. Un pequeño toque de elegancia fiscal que completa la experiencia.
Y mientras tanto ya sabemos cómo están los alquileres: fuera de órbita. Si a eso se le suman trabas para conseguir licencias, el resultado es simple: los propietarios trabajan básicamente para sobrevivir. Como ese amigo que tiene un negocio precioso de venta de muebles antiguos en la provincia de Cádiz. Cuando por fin cumple el último requisito administrativo (porque siempre hay un último requisito), el ayuntamiento decide que aún falta algo imprescindible: un muro contra incendios en el sótano.
El dueño del local, naturalmente, se niega a construirlo. El propietario del inmueble tampoco está por la labor. Y la broma, por supuesto, le cuesta más de tres mil euros.
“¿Qué será lo siguiente?”, se pregunta angustiado.
La escena recuerda inevitablemente al célebre “Vuelva usted mañana” de Mariano José de Larra, pero actualizado: ahora no es solo burocracia; es burocracia con caja registradora.
Este desvarío tampoco es exclusivo del ámbito local. A nivel nacional el panorama es igualmente inspirador: infraestructuras que se caen a pedazos, colas interminables en los hospitales y ratios asfixiantes para médicos y profesores. Todo ello mientras los impuestos siguen subiendo con admirable constancia.
Cuando los ciudadanos comprueban que pagan más, reciben menos y que, además, quienes sostienen la economía [autónomos, pequeños empresarios, trabajadores] parecen ser tratados como una molestia administrativa, el descontento crece. Exactamente en la misma proporción.
Y luego, claro, nos llevaremos las manos a la cabeza cuando veamos que ciertos partidos -digamos, poco entusiastas de la democracia- empiezan a subir vertiginosamente.
Pero quizá no sea tan misterioso. La gente está cansada. Muy cansada. Y cuando alguien llega a la conclusión de que peor ya es imposible, cualquier cambio empieza a parecer una idea brillante. Yo ya he caído en un pozo de total escepticismo. Este país, gobierne quien gobierne, no tiene remedio: corrupción e ineptitud son precisamente la cara y la cruz de todos los chapuzas que nos han ido gobernando. Quizás la culpa la tengamos nosotros, porque los votamos o porque les permitimos todo o casi todo, a los unos y a los otros. Pero quizás nadie sea culpable, seguramente nuestros gobernantes tan solo sean el reflejo de nosotros mismos.



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