HAMNET
por José Luis Raya
Ante todo, conviene declarar desde la primera línea que la imagen y la palabra constituyen dos formas de comunicación no solo distintas, sino esencialmente opuestas. A través de la palabra imaginamos; con la imagen, en cambio, ese verbo queda suspendido, casi anulado. La imagen no invita a imaginar: impone. La palabra sugiere, la imagen fija. Dicho esto, y con el debido rigor estilístico, puede afirmarse que tanto la novela como su adaptación cinematográfica rozan la perfección emocional.
Ambas obras despegan con un sinuoso traqueteo inicial, como si avanzaran a tientas, sin saber todavía dónde depositar el peso de su gravedad narrativa. Pero el aterrizaje resulta verdaderamente soberbio. Tal vez incluso más sublime en la película, cuya adaptación alcanza una categoría magistral. La novela -ficción histórica por naturaleza- goza siempre de cierta ventaja: matizar, exponer, describir con palabras permite una explicitud que la imagen rara vez alcanza. No es cierto, por tanto, que una imagen valga más que mil palabras, salvo quizá para quien no lee. Leer entre líneas no admite equiparación posible con un hipotético “leer entre imágenes”.
Ahora bien, la magnífica escritora irlandesa Maggie O’Farrell entorpece en ocasiones el ritmo de la lectura mediante el uso reiterado, y a veces abusivo, del presente de indicativo. No queda claro si nos hallamos ante un presente histórico, habitual, gnómico o estrictamente actual; acaso un inexistente presente narrativo-descriptivo. Sea como fuere, este recurso me empujó en más de una ocasión al borde del abandono. Sin embargo, eran precisamente la potencia de las descripciones y la densidad emocional de la prosa las que lograban retener mi atención. Existen escritores que, arrastrados por cierto onanismo literario o por una caprichosa experimentación formal, acaban desentendiéndose de la vis dramática. No es, en absoluto, el caso de esta historia cuando es trasladada al cine.
En la espléndida adaptación de Chloé Zhao, la directora china demuestra una sensibilidad extraordinaria para traducir en imágenes la fuerza, la intensidad y el dolor de una madre enfrentada a la muerte de un hijo. Cada plano, cada silencio, cada gesto contenido en la soberbia interpretación de los actores transmite una emoción desnuda, sin subrayados innecesarios. En una escena clave, presente tanto en la novela como en la película, la madre reprocha al padre su ausencia durante el instante trágico y luctuoso. Los admirables minutos finales dignifican la imagen inicialmente indolente del padre, una imagen que tanto Zhao como O’Farrell se empeñan en mantener velada hasta el desenlace.
El cierre, verdaderamente maravilloso, en el que se reproduce la escena final de Hamlet, eleva definitivamente la película a la categoría de obra maestra. Quienes admiramos sin reservas al genial Theodor Dreyer no podemos sino disfrutar de esas imágenes austeras y en penumbra, donde la presencia de la muerte -evocadora de Caravaggio y del propio Dreyer- parece conjugarse para transmitir un dolor tan intenso como el de la Mujer en agonía de Metsu.
He leído y visto innumerables historias trasladadas a la pantalla, pero pocas adaptaciones alcanzan un grado de excelencia tan alto. A bote pronto, puedo recordar otras transposiciones memorables como Blade Runner, Cadena perpetua, Matar a un ruiseñor o Rebeca. Sin embargo, esta obra las supera a todas en hondura emocional y coherencia estética. No me queda sino agradecer a estas dos mujeres, Chloé Zhao y Maggie O’Farrell, la lucidez y la genialidad de haber dado forma, cada una desde su lenguaje, a una experiencia artística tan devastadora como luminosa.




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