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El espejo de Nostradamus


I. El aniversario
- Cariño, he de contarte algo, es muy serio, pero por favor no te alteres, llevo meditándolo mucho tiempo y no he encontrado el momento oportuno. Yo siempre te he amado, de eso nunca tengas  duda alguna pero ya no te siento como antes, quiero decir que mis sentimientos han cambiado, que no me sobrecojo cuando me tocas, es más, huyo del momento en que vamos a hacer el amor, ya lo habrás notado, pongo montones de excusas: el cansancio, las preocupaciones, la enfermedad de mi padre…pero no se trata de eso, sino que ya no te amo, es duro decirlo y quiero que valores el esfuerzo que estoy haciendo para decirte todo esto cara a cara. Ya no me atraes como antes, no te deseo, así de simple, pero te quiero, eso lo tengo mucho más claro, pero no puedo seguir engañándote más, ni engañándome a mí mismo. Miro a otras mujeres y me recreo en sus cuerpos, todas me parecen lujuriosas y apetecibles  y alguna que otra vez he tenido algún desliz, incluso me he acostado con amigas tuyas que se me han insinuado pero te puedo asegurar que sólo ha sido un momento fugaz. Por favor, no me pidas que entre en detalles. Esto te lo cuento para que tomes conciencia de que lo nuestro ya hace aguas y que es inútil seguir con nuestro matrimonio, y no pongamos a los dos niños como excusa para continuar con esta relación, ellos deben quedar al margen, y lo que nunca podremos cambiar es que nosotros somos sus padres, sí te pido que no me seas demasiado abusona con la pensión, mi sueldo no llega a las doscientas mil pesetas  y tendría que pagarme un alquiler, debemos tratar el tema de la casa y el coche, pero eso lo hacemos más adelante, de forma pacífica y civilizada. Llevo muchas, pero que muchas noches de insomnio y esto para mí ya es un sin-vivir y ha llegado el momento de mirarte a la cara y enfrentarme a la cruda realidad. Algunas veces pienso lo felices que podríamos ser pero eso ya es imposible. No puedo sentir lo que no siento. No quisiera lastimarte ni tampoco quiero perder a mis hijos, escucha mis palabras y no las tomes a la ligera porque entonces...

-Pepe, cielo, el desayuno, que se te enfría el café, yo no sé qué farfullas hablando solo, cada vez estás peor de la cabeza.

       Esa noche había tenido la misma pesadilla de siempre, él  huía desesperadamente de alguien o de algo que quería capturarlo y aniquilarlo, por momentos notaba que no avanzaba, el sueño ya tomaba tintes de pesadilla, después se veía cojeando, le quedaba poco tiempo para llegar a su destino, caía al suelo, se arrastraba, y al mirar hacia atrás se despertaba bruscamente porque iba a ser atropellado, esa pesadilla se le repetía desde que era un crío, un psicólogo le explicó que son sueños muy elementales, que todo el mudo tiene y que se debe a  alguna frustración personal o a las ansias de ser libre... Esa mañana, como siempre, Pepe mantenía un vivaz monólogo ante el espejo, él era su propio interlocutor, días y noches ensayaba básicamente el mismo discursito, aunque a veces introducía notables modificaciones, hasta que Carmen, su mujer, lo interrumpía con algún aviso, o la llorera de alguno de los críos, o el dichoso teléfono que hay días que no suena y otros que no para. Bajó las escaleras del magnífico dúplex de VPO, despacio y un tanto cabizbajo. Soportó el correspondiente y consabido chaparrón por su tardanza, mientras ella  peleaba con los niños para que se tomaran rápido el desayuno. Ella solía gritar a menudo, “es mi tono de voz”, se justificaba continuamente y gritaba y gritaba. Gritaba hablando con su madre, con sus hermanos, con sus hijos y con su marido, llegó el momento en que Pepe, en numerosas ocasiones, se adaptaba al timbre y al tono impuesto tan despóticamente y terminaba vociferando y bramando. Aquella casa se convertía a veces en una verdadera jauría. Todos chillando, dando gritos y los chiquillos berreando y llorando, y la música de los Rolling Stones – Pepe era un auténtico fan- a toda pastilla en el equipo de música: lo verdaderamente increíble era que nadie enloqueciera por el ruido ensordecedor que imperaba en aquella casa de locos. Los niños, Jessica y Jonathan- casi unos bebés- mantenían la compostura cuando la tormenta de gritos había pasado. Tormenta y calma se combinaban armónicamente las dieciséis horas de vigilia. A ver quién era el guapo que los invitaba a pasar una semanita en verano, llegaron a perder a su mejor amigo porque éste, en cierta ocasión, se opuso a recibirlos una temporada en agosto, que ya había cubierto el “cupo”- les dijo- de cobijo durante casi una década. Ellos, indignadísimos, cortaron esa amistad de cuajo. En medio de tanta turbulencia y tantos decibelios se encontraba Pepe. Seguramente el bullicio que reinaba hora tras hora a su alrededor le sirviera para disipar esa permanente congoja que le tenía el corazón aplastado por el permanente desamor. Sin embargo, lo más penoso de esta historia es que llegó a casarse sin amor. Afecto, cariño y mucha pasión y ardor, quizá eso podría aproximarse a la idea que él tuviera de amor ya que no podía comparar emociones y sensaciones pues Carmen fue su primera y única mujer y  esto no sólo se refiere a amor espiritual sino también carnal. Suele darse este tipo de espécimen en los pueblos del interior de Andalucía, en la  más rural y agraria. Carmen nació en el norte de España y durante las vacaciones bajaba al sur a visitar a sus abuelos y demás familiares, por aquel tiempo conoció a Pepe. Fue un contacto demasiado tópico como para entrar en minucias. Sábado-noche, discoteca, una copita y “para de contar”. Fue ella la que le entró a Pepe, ya que éste era tan tímido con las mujeres que se aproximaba, incluso, a lo enfermizo.
Conforme se acercaba el día de la boda, Pepe se iba cubriendo de dudas y de paranoias. Sin embargo de acuerdo con su carácter pusilánime y taciturno no puso ningún inconveniente, sólo deseaba que el bodorrio pasara lo antes posible, era algo que no casaba bien con su carácter. Concluyó- en los albores de su matrimonio- con que su mujer se portara en la cama como una buena hembra y que cumpliera a diario, con eso y poco más podría ser muy feliz. No obstante él apreciaba considerablemente mantener un buen nivel de vida, como lo tenía en su pueblo, las tierras y los olivos le permitían ciertos lujos. Por ello no se encontraba satisfecho con el hecho de que Carmen no trabajara, ella opositaba eternamente y realizaba mil y un cursillos pero lo que conseguía era entre ocho y diez horas diarias de trabajo y poco más de sesenta mil pesetas al mes , treinta mil pesetas en cierta ocasión- en una hamburguesería- , por lo que en algo más de ocho años había desempeñado muchos empleos que rechazaba al cabo de unos meses o semanas. Pepe nunca protestaba, sin embargo una mueca de desaliento y fastidio esbozaba cada vez que ella entraba por la puerta exclamando, a gritos, que ese trabajo era un asco y sus jefes unos explotadores. En su momento, los olivares fueron vendidos y lo que le quedó tan sólo le cubrió el pago íntegro de la hipoteca, con lo cual podrían disfrutar de su sueldo completamente, que para un matrimonio en principio, y al principio, sin hijos,  no estaba nada mal en un pueblo, sin embargo tenían que prescindir de muchos lujos.

Pepe la besó en la mejilla y le entregó un estuche sin envolver. “Es nuestro aniversario, ¿lo recuerdas?” Carmen lo abrió con una radiante sonrisa que se le ensombreció al ver el “Viceroy”. “El que a ti te gustaba era mucho más caro, ya pregunté, éste es muy parecido.-Repuso su marido-Ella se lo colocó en la muñeca e hizo un gesto de conformidad, después agregó que el suyo se lo entregaría durante la cena. El supuesto enojo de ella venía dado por el hecho de que él se compraba todo lo caro, comparativamente hablando, y a ella le dejaba lo barato, pero sabía perfectamente que no podía protestar lo más mínimo ya que no trabajaba y no aportaba nada a la ajustada  economía de la casa.         

Nuevamente olvidó todo lo que había ensayado ante el espejo y pensó: “mañana... de mañana no pasa”. En su mente paladeaba ese mañana que nunca llegaba y que lo consumía día tras día, año tras año. Durante la cena Pepe recibió unos preciosos gemelos para la chaqueta. Él se lo agradeció con un beso en la mejilla...”Pero si ella sabe que casi nunca me pongo chaqueta...ni tan siquiera el traje marrón que a ella tanto le gusta” – masculló en sus pensamientos-.
Pepe sorbía la sopa de aleta de tiburón, cuya receta Carmen había obtenido a duras penas del chino de la calle de al lado, la fricción de labios, lengua y líquido le descomponía a Carmen el rostro, los niños ya habían sido acostado y el televisor permanecía apagado, curiosamente. Su esposa se levantó enérgicamente de la mesa y le arrancó la cuchara de la boca y se llevó el bol que aún contenía sopa. Pepe la miró desconcertado, no se atrevió a protestar. Ella, mucho más calmada, regresó con el salmón al horno y al servirlo al perplejo marido comentó:
-                                                                                               Hubiera preferido una cena romántica en algún restaurante de la costa, junto al mar. En realidad con una simple cena me hubiera conformado. Me paso todo el día cuidando la casa, lavando, planchando, trabajando como una zopenca para que no tengas ni un pequeño detalle en nuestro aniversario, si no vamos a salir de pobres.
-                                                                                               He intentado reservar pero te aseguro que todo está ocupado – repuso Pepe sin convencimiento.
-                                                                                               ¿Reservado un martes? ¿ En octubre? - Ahora gritó Carmen, como era su costumbre-
-                                                                                               Vas a despertar a los niños, tranquilízate. Llamé a “ La trucha dorada” pero hoy había una cena para una empresa y todo estaba reservado – aclaró Pepe-
-                                                                                               Hay en la costa cientos de restaurantes...¿ y sólo has llamado a ese? 
-                                                                                               Ese es tu favorito, siempre lo has dicho- apostilló el hombre de la casa-
-                                                                                               Yo lo que he dicho de ese restaurante es que es el mejor de los baratos, no que me gustara, ni que sea mi favorito – Carmen bramó-
Pepe se entretenía en quitarle las espinas al salmón con parsimonia, ajeno, aparentemente, a la reprimenda de su esposa.
-                                                                                               Un Viceroy de regalo que no costará más de dos mil pesetas, una sopa y una rodaja de salmón. Ni se te ocurra decirme “feliz aniversario”. Estoy hasta el mismísimo coño de este trato tan vejatorio. ¿ y sabes lo que he comprado de postre? ...pues me llegaba para un ridículo flan de huevo, ahora mismo te lo traigo – Concluyó Carmen con un hilillo de voz que asustaba incluso mucho más que cuando habitualmente grita como una posesa-
Pepe imaginaba que podría resultar francamente muy fácil separarse de ella. Todo caería por su propio peso. Pero al llegar al bello dormitorio provenzal ella se derrumbaba y abrazaba a Pepe, pero la muy condenada no pedía nunca perdón por todo ese numerito que montaba. Al paciente marido, en esos instantes, sus sentimientos se le alborotaban y por segundos ya no sabía qué quería, se lamentaba por su aciago destino y al tiempo le acariciaba el pelo aceptando lo que le había tocado vivir, cuando ella se dormía volvía el marido paciente a elucubrar y maquinar discursos separatorios o separatistas, buscaba el cisma en su mente pero no lo plasmaba, había transcurrido demasiado tiempo y simplemente por pura comodidad y conformidad se decía a sí mismo que podría continuar “hasta que la muerte los separe”, y pensaba que debería de morirse ella primero para poder disfrutar de una vida libre y tranquila. Cuando ella se quedaba dormida, ya que sus ronquidos la delataban, Pepe comenzaba una suerte de masturbación silenciosa y penosa, que concluía con un levísimo gemido, inaudible, se limpiaba con un trozo de papel higiénico y volvía a recomponer discursos o a inventar anécdotas que luego ensayaba nuevamente frente al espejo del cuarto de baño, porque posiblemente tendría que utilizarlas cuando llegara el Gran Día, ese día en el que Pepe soñaba con su libertad, la libertad que nunca tuvo en su juventud y que ahora, en su madurez, echaba tanto de menos. Pese a todo, Pepe la besó en la mejilla y susurró “feliz aniversario”.






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