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EL MACHO


Me he despertado muy fatigado, eran las cuatro y media de la madrugada, los somníferos no hacen ya el más mínimo efecto. A las 6 de la mañana he de levantarme, coger el camión, ir a almacén y escuchar atentamente las indicaciones del patrón, me entrega una hoja de ruta con los pueblos y lugares donde he de entregar la mercancía. Cada mañana la misma historia. Mi mujer duerme muy relajada. Mis dos niños parecen dos muñecos en sus camas recién compradas. Aún no ha amanecido. La calle, silenciosa y deshabitada.

A las diez o las once de la mañana el bullicio por las aceras es más intenso, es cuando entonces empiezo a actuar: bajo la ventanilla de la cabina y grito algún piropo, para que todo el mundo me oiga, a alguna moza de culo respingón y de buenas tetas. Unas veces suena un poco cursi y meloso, otras demasiado convencional – esta palabreja la aprendí hace poco -, quiero decir que está muy visto. Procuro esforzarme en que sean algo vulgares, soeces- otra -, pero que no ofendan  a la señora o señorita. Los “halagos” ofensivos los reservo para el día que los necesite verdaderamente: deberán ser, más que ofensivos, salvajes y animales. No voy a poner ningún ejemplo concreto, los dejo a la imaginación del que lea todo esto, si hay alguien que le interese esta vida mía, tan rutinaria y tan amarga, y tan ambigua –otra palabra- (no voy a descubrir quién me está culturizando, no lo voy a descubrir, no me atrevo) Yo sí me quiero descubrir: quiero mostrar de una vez, por todas, mi herida, que no para de sangrar.

Hay un descanso habitual al mediodía y nos reunimos algunos camioneros – casi siempre somos los mismos, porque trabajamos con las mismas rutas rutinarias desde años atrás- en determinadas ventas especializadas en menús económicos: lentejas, cocido, filete con patatas y huevos fritos, y de postre fruta del tiempo. Incluyen el café y la bebida. Pero antes de empezar a comer intercambiamos impresiones, mientras nos bebemos, de una sentada, tercios y tercios de cervezas bien frías. Y empezamos a reír y a fumar y a beber. Y aludimos, a grito pelado, las tías buenas que hemos visto a lo largo de la mañana. Todos disputamos para describir la que era la mejor. Usamos todos los gestos posibles para insinuar cómo eran los culos o las tetas, esas partes son realmente las que más nos interesan. La clasificación suele ser muy simple: la morenaza, la tetona, la rubia, la culona y poco más. Sólo apreciamos unos caracteres muy básicos, no necesitamos más. A veces nos detenemos un poco en la ropa que llevaban puesta. Y por fin disputamos por el piropo o la indecencia que les lanzamos desde el camión. Y reímos a carcajadas, y muchas veces las tratamos de putas. Yo me entono bastante bien, llega un momento en que todos terminan por atenderme sólo a mí, ya que a veces cuento – me invento- que la tía me devuelve el “saludo” y acabamos follando – preferiría intimando - en algún descampado. Y me piden, casi babeando, que les cuente hasta el más sucio de todos los detalles. Sobre todo insisten en saber si chupan la polla - lamen el pene -, y cómo la chupan – lamen -. Algunos se cogen el paquete y dicen: “No sigas que me estoy empalmando”, y observo cómo se agarran sus vergas tiesas, y pongo cara de asco, entonces se cortan un poco. Todos me ven como al más macho, y eso me llena de energías. Al atardecer me aproximo en el renqueante camión a algún club de carretera, siempre y cuando aprecie que hay otros camiones aparcados. He de hacerme notar. A   la señorita de alterne la invito a una copa y la beso en el cuello y le paso la lengua por el escote cuando presiento que algún compañero está mirando...

De noche regreso a casa fatigado, oliendo a humo y a bar. Mi mujer tiene la cena preparada y los niños se han acostado. Muchas veces, sin proponérmelo, a la pobre esposa, sufrida y dedicada, le acabo dando alguna irritación, lo cual, en el fondo me viene de perlas, pues se le quitan las ganas de hacer el amor. Es que llego muy estresado y nervioso, y lo más mínimo me molesta. Alguna vez la encuentro, qué ingenua, duchada y perfumada, y le echo en cara el pestazo tan horroroso que desprende su colonia barata. No quiero recordar la noche que la abofeteé – lo cierto es que estoy arrepentido- porque tiró al suelo un botellín de cerveza, quiero decir que se le escurrió de las manos, posiblemente porque yo  le estaba gritando. Bueno, todo esto pasa en muchos matrimonios.

Sueño cada día, desde el interior de mi corazón, que llegue el día quince de cada mes.  Para acudir presuroso a la cita.  Ahora, en estos tiempos de transición política, parece que existe más apertura y tolerancia con estos temas tan sucios y oscuros. Espero, en el fondo, que algún día no muy lejano se pueda expresar uno libremente y no haga tanto daño a la gente que nos quiere, a nuestras mujeres y a nuestros hijos. Sé que en el año dos mil, todavía quedan muchos años por delante, y yo ya estaré muy mayor, todo esto será mucho más normal...

No voy a mencionar su nombre, me lo hizo jurar, y además me metería en la cárcel, como hizo en la época gloriosa del Caudillo, metía a muchos en la cárcel, por docenas, a diario. Él es muy honorable, casado como Dios manda.  Creo que nadie, absolutamente nadie sospecha de él, ni de mí. Hemos creado nuestra propia estrategia, quizá de forma inconsciente, para autoprotegernos de esa marabunta que señala con el dedo, critica y se burla a nuestras espaldas, como hacemos nosotros en los bares con las mujeres. No podría soportarlo. Me mataría. Me tiraría con el camión por algún precipicio, sería la vergüenza más humillante de toda mi vida.
Antes iba de vez en cuando a la capital, y me adentraba en lo más oscuro de los parques, iba con el corazón en un puño, respirando fatigosamente y sudando. Pasaba un rato espantoso, pues el supuesto momento de placer resultaba angustiante, qué paradoja – otra aprendida- allí, enfangados, cubiertos  por la hojarasca y las ramas, picoteados por las chinches y los mosquitos. En uno de esos sitios conocí al Sr. Juez P.R.

Los dos tan temblorosos e indecisos. Fuimos a un piso que tenía desocupado, y allí, cada mes nos encontramos. Hicimos un juramento y ahora lo estoy quebrantando. Ya he contado demasiado, que Dios me perdone en su infinita clemencia por todo lo malo que he cometido en esta vida, pero es algo que no se puede evitar, te arrastra, siempre te juras a ti mismo que será la última vez. Ha de haber algún médico en el mundo, seguro que sí, que cure esta desagradable enfermedad. Mientras tanto, y para que nadie sospeche, sigo fingiendo, menospreciando, lastimando, dañando, pegando, mintiendo, ocultando, insultando.
Creo que voy a ir  por mi tercer hijo.            

Comentarios

  1. Muy bueno, Es lo primero que te leo y me parece estupoendo. Te felicito.

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