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LA EJECUCIÓN


Nos encontrábamos todas las reclusas en fila india. Muy, muy apretaditas caminábamos por un estrecho túnel, íbamos avanzando con lentitud, los pies descalzos fueron amarrados con grilletes, eso creo, la oscuridad era total, los pasitos se hacían pues a la par. Durante una temporada estuvimos encerradas prácticamente sin movernos y ahora nos trasladan a esta especie de túnel metálico, yo siempre tengo a las mismas reclusas delante y detrás, no varían, parece que hemos de mantener este estricto orden. A lo lejos se oye un grito. Todas permanecemos unidas sin inmutarnos. Conforme avanzo el grito se escucha mucho mejor. Ni siento siquiera el aliento de mi compañera que sigue pegada tras de mí, seguramente petrificada por el horror. Esto es muy extraño, a medida que se avanza  el quejido que se percibe va acompañado de un inexplicable fogonazo, o por lo menos así lo he apreciado. Las tinieblas que nos envolvían se van disipando, sin embargo ese destello de luz, que en principio debería ser alentador, me estremece sobremanera. Esa luz no es sinónimo de vida sino de muerte, eso se me antoja, a dónde si no van a llevarnos. Me pregunto qué delito hemos cometido para mantenernos encerradas, inmovilizadas durante tanto tiempo.
El movimiento se detiene, ya no avanzamos, se me escapa un suspiro de alivio. Me quedo dormida, siempre apoyada en mis compañeras. Transcurridas doce o trece horas empieza la actividad. Incluso en sueños contamos los segundos que nos quedan. Se inician los fogonazos de luz y los gritos acompasadamente. Cada vez resulta más impactante, pues los lamentos, esos gritos de dolor son absolutamente metálicos. Grito-luz. Grito-luz. Grito-luz. Marcho cada vez más y más deprisa. Entonces me toca a mí. Veo la luz, me doblan las piernas y chillo. En realidad no sé qué sucede antes. Sólo sé que ya he salido del túnel y estoy agarrando firmemente unos cuantos papeles en alguna oficina. Nadie me podrá negar que es  una triste existencia la de una grapa.      

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