Gente rara
Gente rara
José Luis Raya
A lo largo de la vida va uno topándose con gente rara y, como un servidor profesa cierta debilidad por lo extravagante, lo original y cuanto se aparta del común rebaño, se arroja a la piscina aun cuando sospeche que el agua escasea y, si menester fuere, nada contra la corriente. Bien pudiera decirse que estos singulares especímenes son materia prima de novela: personajes que la vida, más pródiga en disparates que la literatura, pone al alcance de mi curiosidad. De ahí que me acerque, observe, pregunte, indague y me entrometa acaso más de lo prudente, hasta que la curiosidad, que es virtud cuando se ejerce con mesura y vicio cuando se practica sin ella, acaba cobrando su tributo: distancias, bloqueos, silencios, saludos retirados y alguna amenaza de esas que vienen disfrazadas de inocencia, pero traen colmillos. Es la gente rara, o tóxica, que tanto monta, de la que el prójimo huye como de la peste y a la que conviene señalarle las lindes con cal viva, no sea que invada el terreno, exprima la paciencia, exija lo que no corresponde, acose lo que no le pertenece y, una vez agotada la utilidad del cristiano, lo abandone como a colilla de taberna. Son aquellos que un día te comen a besos y al siguiente te digieren con la indiferencia; los que te convidan a sus intimidades para después no acordarse ni de tu sombra; los que convierten sus naufragios sentimentales en consulta gratuita y a uno, sin oposición ni juramento, en psicólogo de guardia. Los que te dan la espalda sin causa, pero encuentran mil razones para sentirse ofendidos si osas preguntar por la causa. Los que retiran el saludo porque no recibieron un «like», o porque el «me gusta» fue sustituido por unas risas, crimen digital cuya pena parece ser el destierro. Los que solicitan las llaves de tu casa para veranear y, después de haber recibido una negativa, convierten la amistad en enemistad con una facilidad que ya quisiera la pólvora. En mi caso, además, durante tres veranos consecutivos estuvieron viniendo a mi casa durante un mes entero, acompañados de tres niños de cuatro, cinco y ocho años, llegando incluso a horas intempestivas, como si aquella casa, además de ser mía, viniera incluida en el régimen de alojamiento vacacional. Y mientras hubo generosidad, confianza y puertas abiertas, todo pareció funcionar de maravilla; bastó, sin embargo, con decir que no a una nueva petición para que aquella amistad descubriera de pronto que tenía una fecha de caducidad. De aquella historia surgió «El espejo de Nostradamus», porque a veces la literatura no nace de la imaginación, sino de la necesidad de poner orden en el desconcierto y convertir en relato aquello que, vivido directamente, resulta demasiado absurdo para parecer verdad.
Y uno, que tiene la mala costumbre de examinarse antes de juzgar al prójimo, acaba preguntándose si el raro no seré yo. Tal es el poder de ciertos narcisistas: no necesitan tener razón, les basta con fabricar tu culpa. Son maestros en convertir su agravio en sentencia y tu inocencia en disculpa. Así, entre envidias, deseos frustrados, susceptibilidades, malentendidos y otras alquimias del resentimiento, más de una vez he servido de saco donde otros descargaron sus golpes, para terminar yo buscando psicólogos y terapias con que remendar las costuras del alma. Hay quien sigue ofendido por algo sucedido hace más de veinte años, como si el calendario hubiera quedado detenido en aquella vieja escena y todos estuviéramos obligados a seguir representando el mismo papel. Otros te bloquean porque no coincides políticamente con sus planteamientos sobre la vida, como si para conservar una amistad fuese imprescindible compartir programa electoral, ideología y hasta la misma interpretación de la existencia. También están quienes, después de diecinueve favores, te condenan por no conceder el vigésimo, como si la amistad fuese un crédito sin vencimiento y la generosidad una obligación contractual. Resulta curioso comprobar cómo algunos llevan una contabilidad minuciosa de lo que reciben y padecen una amnesia absoluta respecto de lo que dan. Y están, finalmente, los que ni siquiera te saludan sin que uno sepa por qué. Te cruzas con ellos, haces el gesto instintivo de saludar y recibes como respuesta una mirada que atraviesa tu figura y continúa su camino. Entonces empieza el examen de conciencia: repasas conversaciones, reuniones, bromas, comentarios y hasta fotografías antiguas para intentar descubrir qué delito desconocido has cometido. Nada. Absolutamente nada. Pero ahí permanece el silencio, firme, solemne, inexplicable. Quizá lo más peligroso haya sido durante años mi empeño en comprender a todo el mundo, incluso a quienes no tenían el menor interés en comprenderme a mí. Confundí demasiadas veces la comprensión con el consentimiento, la empatía con la disponibilidad y la bondad con la obligación de aguantarlo todo. Ayudar no significa convertirse en salvavidas permanente; querer a alguien no obliga a soportar sus abusos; y ser generoso no significa entregar las llaves de tu casa, de tu tiempo y de tu intimidad para que otros dispongan de ellas a conveniencia.
Por eso, quizá haya llegado el momento de reconocer que también uno tiene derecho a cerrar puertas, a poner límites y a retirarse sin necesidad de presentar un expediente de alegaciones. No todas las personas merecen una segunda oportunidad y, desde luego, no todas merecen tener copia de las llaves de tu casa ni acceso ilimitado a tu vida. La experiencia me ha enseñado, a veces con una delicadeza bastante parecida a un martillazo, que protegerse no es ser egoísta, sino aprender a distinguir entre quien llama a tu puerta porque te aprecia y quien lo hace porque necesita algo de ti. Con los años he descubierto que hay relaciones que acompañan y otras que pesan, personas que suman y otras que convierten cualquier gesto de generosidad en una deuda perpetua. También he comprendido que no hace falta ganar todas las batallas ni obtener explicaciones de quienes decidieron marcharse. A veces el silencio del otro es precisamente la explicación que necesitábamos. Así que por aquí sigo, con mi campo, mi perro y mi soledad. Lejos del mundanal ruido que todo lo enturbia, de las susceptibilidades ajenas, de los bloqueos digitales, de las viejas ofensas conservadas en formol y de esa absurda necesidad de gustarle a todo el mundo. Yo también me he convertido en gente rara. Y quizá no esté tan mal. Después de tantos años tratando de entender a los demás, tal vez haya llegado el momento de entenderme a mí mismo y aceptar que necesito protegerme. No por resentimiento, sino por higiene. No por desprecio, sino por supervivencia. Y, sobre todo, sin pedir disculpas por haber aprendido, demasiado tarde quizá, que la paz de uno también merece un lugar en la casa que tanto tiempo estuvo abierta para los demás.
That man stopped speaking to me because, quite simply, I was the one who decided to end the sexual relationship we had been keeping secret. I didn’t feel comfortable meeting his partner while, at the same time, continuing what was happening between us behind her back. I didn’t want to become an accomplice to a lie or feel that I might be contributing to the possible breakup of their relationship. So I walked away, without reproaches or explanations. I simply understood that it was time to put an end to something that no longer felt right to me.
Twenty years have passed and, strangely enough, that story still lingers. He stopped saying hello, and that silence perhaps became the real ending to our story. Sometimes I wonder what might have happened if I had continued, but I believe I did what I felt was right at the time. Some relationships end without ever truly disappearing; they remain suspended somewhere in our memory. Twenty years later, I still believe I did the only thing I could do without betraying myself. The rest, including his silence, is no longer mine to carry.


Tu no eres raro, eres particular
ResponderEliminaresto te dria que ser biblia y ponerle de titulo.....manual para la supervivencia a los amiguis
ResponderEliminarTienes que hacértelo mirar…quizás como ser oprimido puedas recibir una paguita
ResponderEliminarPor favor, de forma anónima o no, publiquen cosas sensatas y no estupideces.
EliminarTú si que eres oprimido, por llamarte de forma elegante, y la paguita solo se la dan al pelusero como tú
ResponderEliminarEstos son los "háztelo mirar": anónimos frustrados e ignorantes. Se toma la molestia de leer el artículo para criticar al autor. Son así. Y encima, no entienden el texto. Ellos no se miran lo suyo. La ignorancia siempre es absurda y los dejan en evidencia.
EliminarMe parece que tienes mucha razón.
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