Gente rara
Gente rara
José Luis Raya
A lo largo de la vida va uno
topándose con gente rara y, como un servidor profesa cierta debilidad por lo
extravagante, lo original y cuanto se aparta del común rebaño, se arroja a la
piscina aun cuando sospeche que el agua escasea y, si menester fuere, nada
contra la corriente. Bien pudiera decirse que estos singulares especímenes son
materia prima de novela: personajes que la vida, más pródiga en disparates que
la literatura, pone al alcance de mi curiosidad. De ahí que me acerque,
observe, pregunte, indague y me entrometa acaso más de lo prudente, hasta que
la curiosidad, que es virtud cuando se ejerce con mesura y vicio cuando se
practica sin ella, acaba cobrando su tributo: distancias, bloqueos, silencios,
saludos retirados y alguna amenaza de esas que vienen disfrazadas de inocencia,
pero traen colmillos. Es la gente rara, o tóxica, que tanto monta, de la que el
prójimo huye como de la peste y a la que conviene señalarle las lindes con cal
viva, no sea que invada el terreno, exprima la paciencia, exija lo que no
corresponde, acose lo que no le pertenece y, una vez agotada la utilidad del
cristiano, lo abandone como a colilla de taberna. Son aquellos que un día te
comen a besos y al siguiente te digieren con la indiferencia; los que te
convidan a sus intimidades para después no acordarse ni de tu sombra; los que
convierten sus naufragios sentimentales en consulta gratuita y a uno, sin
oposición ni juramento, en psicólogo de guardia. Los que te dan la espalda sin
causa, pero encuentran mil razones para sentirse ofendidos si osas preguntar
por la causa. Los que retiran el saludo porque no recibieron un «like», o
porque el «me gusta» fue sustituido por unas risas, crimen digital cuya pena
parece ser el destierro. Los que solicitan las llaves de tu casa para veranear
y, tras la cuarta negativa, convierten la amistad en enemistad con una
facilidad que ya quisiera la pólvora. Los que, después de diecinueve favores,
te condenan por no conceder el vigésimo, como si la amistad fuese un crédito
sin vencimiento. Y uno, que tiene la mala costumbre de examinarse antes de
juzgar al prójimo, acaba preguntándose si el raro no seré yo. Tal es el poder
de ciertos narcisistas: no necesitan tener razón, les basta con fabricar tu
culpa. Son maestros en convertir su agravio en sentencia y tu inocencia en
disculpa. Así, entre envidias, deseos frustrados, suspicacias y otras alquimias
del resentimiento, más de una vez he servido de saco donde otros descargaron
sus golpes, para terminar yo buscando psicólogos y terapias con que remendar
las costuras del alma. Quizá me lo tenga merecido. No por ser raro, sino por
esa vieja y peligrosa costumbre de confundir la comprensión con el
consentimiento y la bondad con la obligación de aguantarlo todo. Y por aquí sigo,
con mi campo, mi perro y mi soledad. Lejos del mundanal ruido que todo lo
enturbia. Yo también me he convertido en gente rara. Necesito protegerme.

Tu no eres raro, eres particular
ResponderEliminaresto te dria que ser biblia y ponerle de titulo.....manual para la supervivencia a los amiguis
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