La amistad perdida

 


La amistad perdida

José Luis Raya

 

La amistad perdida duele de una manera callada y persistente, quizá porque no suele reconocerse como duelo y, sin embargo, deja profundos vacíos que se van acumulando con los años. Están los amigos que el tiempo y el olvido van borrando en silencio, aquellos con quienes la vida simplemente se interpuso hasta convertir la cercanía en un recuerdo difuso, casi irreconocible; están los que murieron y se llevaron consigo una parte irremplazable de nuestra historia, porque con ellos desaparecen complicidades, códigos y versiones de nosotros mismos que nadie más conoce ni podrá recuperar jamás; están también los que tomaron otros caminos, no por falta de afecto sino porque las convicciones, los destinos o los cambios personales acabaron separando lo que parecía inseparable; duelen, además, los amigos perdidos por malentendidos, silencios o desencuentros donde la soberbia hizo el resto, amistades que tal vez habrían sobrevivido si alguien hubiera sabido ceder a tiempo o pronunciar una palabra que nunca llegó; y están aquellos con quienes ya no compartimos intereses, ni lenguajes, ni entusiasmos, y cuya distancia no nació del conflicto sino de la transformación inevitable que impone vivir. Cada una de esas pérdidas tiene un matiz distinto, pero todas enseñan que los amigos no son solo compañía, sino territorios emocionales donde fuimos alguien y nos reconocimos, espejos en los que aprendimos a mirarnos sin defensa. Perderlos es sentir que ciertas etapas quedan clausuradas, que algunas puertas no vuelven a abrirse y que el mapa íntimo de la vida se va quedando con zonas en blanco. Y, sin embargo, hay noches en que la memoria actúa por su cuenta, antes de dormir, cuando el ruido del día se apaga, y llega sin aviso algún recuerdo de la infancia o de la juventud en que éramos felices porque creíamos, como en el amor, que aquellos momentos serían eternos, que nada de lo vivido podía terminarse nunca. Pero hay algo que duele aún más que la ausencia: el olvido del olvido; esa forma extraña en que incluso el recuerdo de quienes se fueron empieza a desdibujarse, como si la memoria también se cansara de sostener lo que fue importante, y uno tuviera que aceptar que no solo se pierden las personas, sino también la certeza de haberlas perdido. Nos hemos cruzado por la calle. Tú has mirado hacia otro lado. En ese gesto se ha resumido todo.

 Las personas cambiamos, pero hay recuerdos que perviven incólumes. Es algo preciosísimo mantener los bellos recuerdos de las personas a las que quisimos, aunque ya no sean las mismas. Sin querer, nos vamos haciendo viejos y nos marchitamos y nos olvidamos.

...Y lo más triste es que el tiempo no vivido, ya es perdido. 

 

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