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La vida política

 


La vida política

José Luis Raya

La vida política ha experimentado una metamorfosis tan llamativa como poco edificante. Lo que antaño se concebía como un espacio destinado a conciliar intereses y buscar soluciones razonables se ha ido transformando en una sustancia viscosa e impermeable al sentido común. La política ya no parece orientada a resolver problemas, sino a administrarlos, ampliarlos y, si las circunstancias lo permiten, multiplicarlos. Ni siquiera Estados Unidos, durante décadas presentado como paradigma de estabilidad institucional, ha escapado a esta deriva. Allí, donde los presidentes despertaban una mezcla de respeto, admiración y patriotismo, la sociedad se ha fragmentado en facciones que se observan con una impecable desconfianza. España y buena parte de Europa no han querido quedarse atrás en esta carrera hacia la polarización, como si el desacuerdo permanente hubiera dejado de ser una consecuencia para convertirse en un objetivo. Lo más sorprendente es que ya no existe consenso ni siquiera sobre cuestiones elementales. La discusión pública ha dejado de ser una herramienta para acercarse a la verdad y se ha convertido en una competición donde lo importante no es comprender, sino vencer. Escuchar al otro parece una extravagancia intelectual; reconocer una duda, una herejía; admitir un error: un suicidio. El célebre “divide y vencerás” goza hoy de una salud envidiable y se aplica con un entusiasmo admirable. Amigos de toda la vida dejan de hablarse, hermanos convierten la sobremesa en un campo de batalla y vecinos que compartieron años de cordialidad descubren de repente que pertenecen a universos morales incompatibles. Lo más irónico es que, cuando uno analiza muchas de estas disputas con cierta frialdad, descubre que las discrepancias suelen residir en matices relativamente menores. Pero los matices, esos detalles aparentemente secundarios, poseen una capacidad extraordinaria para inflamar los ánimos cuando el orgullo entra en escena. Y cuando los argumentos empiezan a escasear, aparecen los viejos recursos de siempre: el “y tú más”, la excepción elevada a categoría universal, la caricatura del adversario y el eslogan repetido hasta adquirir la apariencia de una verdad absoluta. Todo ello defendido con una seguridad admirable, pues pocas convicciones resultan tan robustas como aquellas que nunca han tenido que enfrentarse al incómodo ejercicio de la autocrítica. La paradoja final es difícil de ignorar: vivimos en una época más abierta, más conectada y mejor informada que cualquier generación anterior, y sin embargo cada día parece costarnos más distinguir entre debatir una idea y declarar una guerra.

 

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