El grupo
El
grupo
José Luis
Raya
Primero fue un acto reflejo, casi involuntario: deseé crear un grupo de amigos o gente cuyo denominador común fuese el pensamiento crítico y la autocrítica. Saber escuchar y dialogar con respeto debería ser la base de un debate o tertulia. Terminar discutiendo y gritar para llevar la razón, como si ese fuese el único objetivo de nuestras interacciones sociales, es algo absolutamente incivilizado. Así pues, borré la propuesta por quimérica; sin embargo, he visto que fue creada como por arte de magia, como si el destino hubiera decidido ajeno al libre albedrío. Lo último que desearía es que nos enzarzáramos en interminables debates políticos. Ya he padecido el distanciamiento de amigos excepcionales, igual no lo eran tanto. Me encantaría que contempláramos la posibilidad de que podamos estar equivocados y que dejemos a un lado nuestra ideología si lo que deseamos es conocer la verdad; aunque en muchos casos sea relativa, pero al menos una aproximación a la verdad misma o si acaso a su tenue reflejo en las aguas claras de las fuentes de Castalia.
Matizar no significa cambiar de opinión, con toda la carga peyorativa que ello conlleva: algo así como cambiar de chaqueta; pero, si ello sucediere, que no sea por interés o egoísmo personal, sino por convicción. La pléyade de pensadores que considera que el principio de la filosofía y del pensamiento crítico es la duda resulta abismal: Sócrates y Descartes podrían ser los abanderados. La única certeza de la que partimos es que podemos dudar de todo menos de lo indudable. Todos podemos –incluso debería ser obligatorio- pasar por diferentes fases reflexivas. Recuerdo cuando los empiristas me subyugaron y me sumergí en el más hierático agnosticismo. Santo Tomás necesitaba palpar. Muy tarde comprendí que nuestros cinco sentidos son siempre limitados. Los perros están a años luz de nuestra vista, olfato u oído. Es por lo que la duda debería ser el principio básico de nuestra argumentación o razonamiento. Cuando dialogamos para aprender nos encontramos en un nivel superior, pero si lo hacemos para desaprender, nuestro nivel puede resultar estratosférico. En la mochila llevamos cargados un conglomerado de prejuicios que nos impide ver el bosque. La evolución de los tiempos nos empuja a desaprender para volver a aprender, de lo contrario no hubiéramos pasado de la rueda o el fuego. Aferrarnos a conceptos, ideas o leyes del pasado nos impele a que sigamos consumiendo productos caducados.
Inmadurez
José Luis Raya
La mayoría de las personas suele ser curiosa y tiende a preguntarse por las causas de esto o aquello. Hay ciertas cuestiones técnicas, biológicas o científicas que, por su empírica estructura, son contundentes; sin embargo, existen otras causas que se escapan a los algoritmos de su casuística y nos adentramos en el cenagoso terreno de lo especulativo. La argumentación lógica, coherente y ordenada es lo que puede aproximarse a una determinada deducción matemática. Recordemos que la lógica forma parte de la filosofía.
Así pues, qué es lo que desencadena que determinados individuos muestren ciertas actitudes que son difíciles de entender si perseguimos una lógica biológica y psicológica a la par, es decir, ¿por qué ciertas personas, maduras intelectualmente, se comportan como si fuesen adolescentes? Un mensaje que no se responde, por falta de tiempo o descuido, desencadena una suerte de pataleta en cincuentones o sesentones propia de chicos de quince años. La vecina que te retira el saludo porque cae agua en su balcón cuando riegas las macetas. El que toca el claxon porque inviertes demasiado tiempo en aparcar y no puede pasar. El que se irrita en la fila del supermercado porque la cajera conversa con los clientes. El que grita porque no está de acuerdo con tus ideas. Podríamos enumerar una sucesión de casos en los que se espera cierta contención y paciencia, propias de la madurez. Ante determinadas escenas, me veo a mí mismo en una suerte de prolongación del bachillerato y me entran ganas de intervenir y poner cierto orden. Como cuando se le hacía bullying al gafitas, al feote o al gordito en la escuela. Pues a lo que voy: resulta desalentador comprobar cómo vas topándote con gente madura-inmadura o sin principios, los que siguen coleando desde la más tierna adolescencia. He visto cómo hay personas que se desviven en atenciones con unos y ningunean a otros, según su aspecto o posición; los que dejan de hablar a este o aquel sin motivos importantes: una nimiedad en un individuo en otro es considerada una aberración. Juzgar con diferente rasero a las personas es un claro síntoma de inmadurez. Ningunear a unos y adular a otros nos retrotrae a los caprichosos códigos de nuestra pubertad. Nuestra infancia, aquella edad púber y nuestros traumas o frustraciones son elementos claves para entender a estos pobres individuos.





Es una pena que se rompan "amistades" por no coincidir en ideología, e incluso coincidiendo, por no coincidir en matices. Pero c'est la vie y eso es lo que hay. Ca uno es ca uno y tiene sus caunás, pero aún así, disiento, no podemos no justificar las guerras si no nos toleramos incluso dentro del propio núcleo familiar o de amistades.
ResponderEliminarY lo gracioso es que en redes pongan en sus perfiles que se abstengan de solicitar amistad los de izquierdas o los de derechas olos que la tengan muy pequeña... mestevé, gensanta!
Mientras vivimos no somos fósiles. Tras la muerte puede que tampoco.
ResponderEliminarLos arrebatos puntuales deben ser comprendidos; nuestra vida concita muchas variables; a veces, implosionan por acumulación. Lo lamentable, con vergüenza ajena incluida, estriba en la reiteración de la inmadurez social.