Taras
Queridos pensadores, estoy convencido de que todos hemos tratado con una fauna humana variopinta; por fortuna, la tan invocada diversidad también incluye a ciertos ejemplares cuya principal aportación al cosmos es incordiar. Son, por decirlo con elegancia, espectros alimentados por la atención ajena, devotos de la manipulación y del narcisismo, pequeños cortesanos del “yo”. He conocido criaturas que un día te saludaban con efusión ceremoniosa y al siguiente te relegaban con el desdén que se reserva a una boñiga de vaca. Mi ingenuidad, pecado que la experiencia se encarga de corregir con dureza, consistía en preguntarme a qué obedecían tales mudanzas y, peor aún, en atreverme a preguntar. Grave atrevimiento, porque cuando ciertos caracteres son enfrentados a su propio artificio, reaccionan como si la lucidez ajena fuese una agresión. Se armó una buena zapatiesta porque quise saber; nada más subversivo, al parecer, que la curiosidad ejercida sobre un narcisismo susceptible. Quizá rocé una intimidad de cartón piedra o señalé una inmadurez cuidadosamente maquillada. Pedí perdón con celo penitencial y acabé sintiéndome culpable por una pregunta simple; admirable alquimia moral: ofenden y además te persuaden de que el exceso ha sido tuyo. Mi admiración, naturalmente, se desplomó. Hay también otros especímenes, habitantes de los arrabales de la cortesía, incapaces siquiera de un “hola”, pese a haber sido acogidos en mi casa; y uno, en su candor de escritor o psicólogo pipiolo, se pregunta qué hizo mal, hasta descubrir que no todo desdén es un misterio profundo: a veces es solo una pobreza espiritual muy bien disimulada. Durante años creí que debía comprenderlo todo, reparar todo, incluso disculparme por agravios imaginarios; hoy sospecho que semejante empeño no era virtud, sino una forma exquisita de desgaste. Por eso me he ido retirando, no del mundo, sino de su incomodidad, de su estulticia vociferante, de ese teatro de susceptibilidades y pequeñas mezquindades donde tantos representan tragedias de opereta. He optado por una suerte de exilio interior, por frecuentar solo a quienes merecen el esfuerzo y dejar que cada cual cargue con sus taras, patrimonio íntimo y a menudo celosamente cultivado. Porque abundan quienes descargan sus frustraciones sobre los más frágiles y llaman carácter a lo que no es sino resentimiento mal educado. Y uno acaba comprendiendo, con una ironía ya serena, que ciertos seres no son enigmáticos ni profundos: simplemente se toman a sí mismos demasiado en serio.




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