Discrepancias
Discrepancias
José Luis Raya
Hay una paradoja que se hace más
evidente con los años: mientras la vida se va ajando y el horizonte se acorta,
nuestras rencillas parecen empeñadas en prolongarse indefinidamente. El
calendario nos recuerda con una discreción que el tiempo es un bien escaso; sin
embargo, seguimos administrándolo como si dispusiéramos de una reserva
inagotable. Posponemos el perdón, aplazamos una llamada, dejamos que el
silencio eche raíces y damos por hecho que siempre habrá un mañana para
recomponer lo que hoy hemos roto. Basta mirar alrededor para comprobarlo:
hermanos que dejaron de hablarse por una herencia o por unos metros de lindes;
vecinos incapaces de cruzarse un saludo por una valla, una rama que invade el
jardín o una plaza de aparcamiento; amigos separados por una discrepancia
política; compañeros de trabajo que aún alimentan un resentimiento nacido por
un malentendido o una palabra desafortunada o de un agravio que nadie presenció.
Lo más desconcertante es que casi nunca se trata de grandes traiciones, sino de
pequeñas heridas que la soberbia convierte en cicatrices incurables. El orgullo
tiene esa habilidad perversa de hacernos creer que ceder es perder, cuando casi
siempre significa ganar serenidad. Nos aferramos a tener razón con la misma
fuerza con la que dejamos escapar la posibilidad de reconciliarnos. Quizá el
mayor autoengaño del ser humano consista en creer que la muerte siempre
pertenece a los demás. Asistimos a funerales, lamentamos la fragilidad de la
existencia y, al día siguiente, volvemos a vivir como si el tiempo nos debiera
una prórroga. Hablamos del futuro con una seguridad que nadie nos ha concedido
y dejamos los gestos importantes para un mañana que tal vez nunca llegue. Pero
la vida no acostumbra a avisar. Un día descubrimos que aquel vecino con el que
llevábamos años sin saludarnos ya no abrirá más la puerta de su casa o que ese
hermano con el que pensábamos reconciliarnos «cuando llegara el momento» ya no
está. Entonces comprendemos, demasiado tarde, que la razón tenía un valor
ridículo frente a la ausencia. Tal vez, la verdadera sabiduría consista en
aceptar que la vida es mucho más breve de lo que nuestra vanidad está dispuesta
a reconocer y que, al final, nadie será recordado por haber ganado una disputa
sobre unos metros de terreno, un saludo omitido o una diferencia política, sino
por haber sabido tender la mano antes de que el tiempo, silencioso e
inexorable, decidiera retirarla para siempre.

Comentarios
Publicar un comentario