Hacer favores
Hacer favores
José Luis Raya
Hay personas a las que uno ayuda
porque sí. No porque espere una estatua, una placa conmemorativa o, ya puestos,
una calle con su nombre, sino porque existe una inclinación casi absurda a
echar una mano cuando se ve a alguien intentando abrirse camino. En mi caso,
esa debilidad ha tenido una especial predilección por artistas y escritores,
criaturas acostumbradas a luchar contra la indiferencia del mundo y, a veces,
contra la propia indiferencia de quienes los rodean. Un artículo, una
entrevista, una recomendación, una gestión, una presencia, una palabra de
apoyo. Pequeños favores, se piensa, que quizá ayuden a alguien a avanzar un
poco. Qué ingenuidad tan enternecedora. Porque el favor, cuando se repite,
corre el riesgo de dejar de ser considerado un regalo y convertirse en un
derecho adquirido. Y entonces llega el día en que uno no puede acudir a una
exposición, a una presentación o a cualquier otro acto. No porque desprecie al
artista, no porque haya decidido declararle la guerra cultural, sino porque
está en otro lugar o, sencillamente, porque la salud le impide desplazarse. Y
ahí aparece la sorpresa, seguida del reproche. Después de todos los apoyos, de
todos los artículos, de todas las entrevistas y de todas las atenciones,
resulta que la ausencia puntual pesa más que la presencia constante. La memoria
humana, esa prodigiosa herramienta selectiva, tiene la extraordinaria capacidad
de olvidar cien favores y recordar con precisión quirúrgica el único que no se
recibió. Así, el agradecimiento puede transformarse en exigencia con una
facilidad asombrosa. El favor deja de ser un gesto voluntario y se convierte en
una obligación periódica, como pagar impuestos o renovar una suscripción. Y uno
empieza a comprender que quizá no estaba ayudando a una persona, sino
alimentando una expectativa. El problema no es ayudar. El problema es que
algunos confunden la generosidad ajena con un servicio permanente. Quien ayer
solicitaba un artículo hoy reclama una cobertura; quien pedía una entrevista
mañana parece considerar que tiene derecho a ella. Y si un día no puedes, no
importa cuánto hayas hecho antes: el expediente de la gratitud queda
misteriosamente borrado. Por eso aumenta la desconfianza y también el
alejamiento. No por falta de solidaridad, sino por exceso de experiencia. Hay
favores que no unen: acostumbran. Y cuando la costumbre se rompe, algunos no
sienten gratitud por lo recibido, sino indignación por lo que, según ellos,
todavía se les debe.
«Siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar.» Cita exacta.


No conozco al personaje de tu relato y no me importa, ni te voy a preguntar por él ni por su obra. Pero soy de esos que has conocido recientemente y te aseguro que echo de menos no verte más y darte otro abrazo y otro beso, sin lengua. Se te cae la cara de bueno y tú corazón no te cabe en la caja. Yo no soy artista, ni pinto, ni esculpo, ni fotografío con arte, ni canto ni bailo pero soy buena gente, soy de corazón y mi corazón necesita la alegría de verte. Un abrazo.
ResponderEliminarBuenas noches Jc, menos mal que aún hay personas como tú. Un sincero y fuerte abrazo 🤗
EliminarMuy bien descrito, un abrazo
ResponderEliminarCómo te entiendo. No has podido describir mejor esa situación en la que, la vergüenza ajena, te va cayendo frente abajo como la solana abre los poros al sudor. Y, de repente, te vuelves el malo de la película, el traidor.
ResponderEliminarEn esas estamos, querido Pablo.
EliminarPuta y apaleada por resumir coloquialmente la historia.
Un abrazo.
Buenas tardes amigo, me gusta mucho lo que escribes eres genial un abrazo 🤗 🤗
EliminarGenial querido amigo me hace un bien tus comentarios, gracias. saludos.
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