Poner límites





PONER LÍMITES 


Pepe Raya

He experimentado en muchas ocasiones que cuando uno pone límites a los demás, la reacción suele ser de molestia, cuando no de auténtica indignación. Pero resulta todavía más desconcertante comprobar que quienes más se incomodan ante nuestros límites son, precisamente, aquellos que acostumbran a establecer los suyos con absoluta naturalidad. Personas que marcan distancias, que ocultan buena parte de sus vidas privadas, que son extremadamente celosas de su intimidad, que administran sus relaciones a conveniencia y que hacen planes sin considerar siquiera la posibilidad de contar con uno. Y todo ello parece perfectamente legítimo mientras sean ellos quienes lo decidan. Sin embargo, basta con que uno adopte una actitud semejante para que aparezcan los reproches, las susceptibilidades y esa incómoda sensación de haber cometido una imperdonable descortesía. Resulta absolutamente desalentador descubrir que determinados vínculos parecen funcionar bajo una especie de contrato unilateral en el que unos se reservan todos los derechos y los demás deben conformarse con las obligaciones. Hay quienes consideran que nuestra disponibilidad es una prerrogativa suya, que nuestra compañía está garantizada y que nuestra ausencia constituye una especie de deslealtad. Como si uno tuviera que permanecer siempre accesible, dispuesto a escuchar, a acompañar, a compartir y a participar, mientras los demás se permiten desaparecer, guardar silencio o decidir por su cuenta sin necesidad de dar explicaciones. No deja de ser curioso que quienes más reivindican su libertad individual sean, en ocasiones, los menos dispuestos a aceptar la libertad ajena. Y es que poner límites no significa necesariamente querer menos, despreciar a alguien o establecer una distancia afectiva. Significa, sencillamente, reconocer que uno también tiene derecho a su espacio, a sus silencios, a sus decisiones y a una vida que no necesita estar permanentemente a disposición de los demás. Quizá el problema no sea tanto la existencia de esos límites como la costumbre de haber disfrutado durante demasiado tiempo de una disponibilidad que nunca se cuestionó. Porque cuando uno deja de estar siempre ahí, cuando decide no participar, cuando guarda para sí determinadas cosas o cuando organiza su vida sin consultar a nadie, entonces parece que se rompe un equilibrio que, en realidad, nunca fue equitativo. Y uno termina comprendiendo que algunas personas no se molestan porque las hayamos apartado de nuestra vida, sino porque hemos dejado de ocupar el lugar que ellas habían decidido asignarnos. La reciprocidad, también en la intimidad, debería ser una de las formas más elementales del respeto.



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