Verdades incómodas
Verdades
incómodas
Pepe
Raya
Hace tiempo abrí un blog para
defender la independencia intelectual y el pensamiento crítico, aunque nadie
consigue desprenderse por completo de sus propios filtros: la educación
recibida, las costumbres heredadas y el subconsciente. No existe la objetividad
absoluta, pero sí la voluntad de aproximarse a ella. Hace poco lo rebauticé
como «Verdades incómodas». Los viejos del lugar decían que la verdad tiene un
solo camino; hoy cada cual parece haber construido el suyo y pretenden cobrar
tributos a quien vaya por otro. El blog ha superado las doscientas mil visitas,
una cifra nada desdeñable en una época en la que abundan los bailes, los playbacks
y los sermones ideológicos, pero escasea la disposición a cuestionar las propias
certezas. Triunfan el «y tú más» y la extraordinaria habilidad para detectar
los errores ajenos mientras se justifican los propios. También abrí en Facebook
una página titulada «Pensamiento crítico» y he comprobado una paradoja: algunos
defienden la libertad de pensamiento siempre que las conclusiones coincidan con
las suyas. Las discrepancias se aceptan en teoría; en la práctica, a veces se
responden con descalificaciones o mensajes intimidatorios. Cambian las formas,
pero el dogmatismo goza de excelente salud. Esta es la cuestión central: el pensamiento
crítico no consiste en llevar la contraria al adversario, sino en aplicar el
mismo criterio a todos, incluidos aquellos con quienes compartimos ideas.
¿Por qué elegir entre condenar la matanza de Hamás del 7 de octubre de 2023 y
denunciar la respuesta desproporcionada del Gobierno israelí? ¿Por qué no
cuestionar, sin obediencias partidistas, las políticas de vivienda, la presión
fiscal, la inversión en infraestructuras o el deterioro de los servicios públicos?
¿Por qué el debate sobre religión, diversidad y derechos deriva tantas veces en
agravios y dobles raseros? Preguntar no equivale a acusar, ni cuestionar una
posición implica abrazar la contraria. Sin embargo, hemos convertido el debate
público en un examen de lealtad: antes de escuchar un argumento, averiguamos
quién lo pronuncia y a qué bando pertenece. Así resulta más cómodo repetir
consignas que pensar. No pretendo tener razón en todo, sino conservar el
derecho a dudar, rectificar y señalar contradicciones sin pedir permiso a
ninguna sigla. Si cuestionamos las ideas ajenas y absolvemos las propias, no
practicamos el pensamiento crítico: practicamos el partidismo con ínfulas
intelectuales. Quizá la verdadera independencia consista en atreverse a cuestionar
a los nuestros. Aunque, a juzgar por nuestra pasión por las trincheras, pensar
por cuenta propia sigue siendo una afición arriesgada.
Desafección
Pepe Raya
Yo no he venido a este mundo para ser un
fantoche con carnet, un pelele obediente ni un defensor a ultranza de ninguna
sigla. Yo voté a la izquierda porque creía en la justicia social, en la
igualdad, en los servicios públicos y en una política capaz de defender al
ciudadano sin convertirlo en rehén electoral. Hoy sigo creyendo en esos
principios, pero ya no reconozco en ellos a la izquierda que gobierna. Y ahí
está mi decepción. Demasiadas promesas incumplidas, demasiados errores sin
responsables, demasiadas explicaciones vacías y demasiadas ocasiones en las que
nadie parece dispuesto a pronunciar las dos palabras más sencillas y más
difíciles de la política: nos equivocamos. Y además, cero dimisiones. Cuando la
responsabilidad siempre pertenece a otro, cuando la crítica se convierte en
enemistad y cuando las siglas terminan importando más que las ideas, algo se ha
roto. También se ha roto, en mi opinión, la frontera entre la política y el
espectáculo. Personas vulnerables convertidas artificialmente en símbolos,
tragedias humanas utilizadas como munición partidista y una ciudadanía obligada
a contemplar cómo cada desgracia se transforma en una batalla electoral. La
política debería resolver problemas, no fabricar enemigos. Y una democracia
sana debería permitir que un ciudadano de izquierdas critique a su propio
partido sin ser acusado de hacerle el juego a la derecha. Ahí está la otra gran
trampa: el miedo. “O nosotros o la ultraderecha”. “O nosotros o el desastre”.
Qué argumento tan cómodo para quien pretende convertir el miedo en disciplina
electoral. Mi voto no pertenece a ningún partido y mis principios tampoco. Yo
no he cambiado necesariamente de ideas; quizá sean quienes dicen representarlas
los que han cambiado demasiado. Nunca he sido un admirador de la derecha, pero
si una izquierda sectaria, dogmática y alejada de la realidad me empuja hacia
el centro, no será porque yo haya dejado de creer en la izquierda, sino porque
esa izquierda ha dejado de parecerse a aquello en lo que yo creía. No quiero
que me asusten con la derecha para impedirme criticar a la izquierda. No quiero
elegir entre dos miedos. Quiero elegir con libertad, memoria y conciencia. Y si
algún día tengo que escoger entre mis principios y unas siglas, escogeré mis principios.
Mi voto no es un cheque en blanco. Si la izquierda ha dejado de escuchar a
quienes durante décadas la sostuvieron, tendrá que asumir las consecuencias.

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