Mi última oportunidad

 


Cuando ya estás harto de rebajarte

 

He tenido varios amigos a quienes, presuntamente, les he fallado. Curiosa conclusión cuando uno se limita a preguntar qué está pasando, por qué los desplantes, los silencios, las pequeñas traiciones o ese desprecio dosificado que parece administrarse con exquisita precisión. Pero claro, responder tiene sus riesgos: el que te ofende se siente ofendido, el que te ningunea se considera atacado y el que te hace daño termina reclamando explicaciones por tu reacción. El arte de darle la vuelta a la tortilla alcanza en algunas personas niveles admirables, casi de premio nacional al victimismo. He conocido a tres que lo dominan con una soltura envidiable. Y lo peor no es su habilidad para presentarse como víctimas, sino que uno, después de haberlas apreciado de verdad, termina revisando sus propias palabras, cuestionándose sus actos y sintiéndose culpable por haber preguntado qué demonios estaba pasando. Al parecer, la amistad consiste en aguantar estoicamente, comprenderlo todo y no incomodar jamás a quien te está haciendo daño. Qué concepto tan práctico de la lealtad, sobre todo para quien recibe sin dar y exige sin ofrecer. Con el tiempo descubres que no todos te aprecian en la misma medida, aunque algunos sean extraordinariamente hábiles fingiendo lo contrario mientras les resulta conveniente.

Y entonces toca parar. Sin aspavientos, sin discursos de despedida y sin dejar esa rendija abierta por la que pueda colarse un nuevo desplante disfrazado de reconciliación. No hay mayor sarcasmo que retirar la devoción a quien llegó a creerse con derecho a ella, ni respuesta más elocuente que dejar de preguntar a quien nunca tuvo verdadera intención de responder. Me quedo con el dolor, que no es poco, con la decepción de haber querido a quien no me quería de la misma manera y con la rabia de haber dudado de mí mismo mientras intentaba encontrar una explicación razonable a comportamientos bastante poco razonables. No espero arrepentimientos tardíos ni revelaciones milagrosas; cada cual puede seguir instalado en su versión de los hechos, tan impecable ella, tan convenientemente desprovista de responsabilidades. Yo ya he tenido bastante. Esta vez no habrá otro intento, ni otro perdón, ni otro tímido porqué. Que cada cual se quede con su soberbia, sus razones y sus miserias. El silencio, cuando llega después de haberlo explicado todo, ya no es cobardía ni despecho: es el cansancio de quien ha comprendido que no tiene que seguir demostrando su inocencia ante quien necesita convertirlo en culpable. Y, sobre todo, es la dignidad de cerrar la puerta con el corazón dolido, pero sin intención de volver a llamar. Al final, de eso se trata: de no quedarse con las miserias ajenas después de haber tenido que soportarlas durante tanto tiempo.

Comentarios

  1. Querido anónimo, echo de menos tus atrevidos comentarios anónimos. Si lo deseas podemos debatirlos como dos personas adultas y maduras en Baloo o quizás prefieras Bulevar. A mí me da igual.

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