PISA nos pisa
PISA nos pisa
Pepe Raya
Cada tres años la OCDE realiza el informe PISA y, cada tres años, asistimos al mismo ritual: se publican los resultados, se encienden las alarmas, unos buscan culpables y otros buscan explicaciones. A mí me interesa mucho menos buscar culpables que observar lo que esos resultados nos están diciendo desde hace tiempo. Sin embargo, tampoco creo que debamos esconder la realidad detrás de estadísticas, eufemismos o discursos políticamente correctos. La comprensión lectora y las matemáticas son el auténtico talón de Aquiles de nuestros estudiantes. Y cuando digo comprensión lectora no me refiero simplemente a que sepan leer, sino a que sean capaces de entender un texto, captar su significado, relacionar ideas, interpretar lo que se les está diciendo y extraer sus propias conclusiones. Leer sin comprender sirve de muy poco. Las matemáticas, por su parte, exigen razonamiento, concentración y una cierta disciplina mental. Precisamente por eso ambas materias son tan importantes y, al mismo tiempo, tan reveladoras. Los resultados deberían hacernos mirar hacia atrás y preguntarnos qué está ocurriendo en las etapas educativas anteriores. La antigua EGB queda, de alguna manera, puesta en evidencia, y la Universidad debería mirar hacia el futuro con cierta preocupación, porque los estudiantes que van a llegar a sus aulas dentro de unos años serán los que hoy están teniendo dificultades para comprender un texto o resolver una operación matemática. Y aquí aparece otro problema que conozco bien porque he estado muchos años dentro de un aula: los recursos son, en demasiadas ocasiones, justos. Las aulas actuales son cada vez más diversas y esa diversidad, que puede ser enriquecedora, también trae consigo dificultades de integración, diferentes niveles, problemas lingüísticos y, en ocasiones, choques culturales. No se puede pretender que un solo profesor resuelva todos esos problemas mientras imparte su materia a veinticinco o treinta alumnos. Se necesitan muchos más profesionales de apoyo, especialistas y personas que puedan atender esa diversidad. Pero hay otra pata de esta mesa que tampoco podemos ignorar: la familia. Hay familias que colaboran magníficamente con el centro y con el profesor, pero también hay muchas que no colaboran, se desentienden o, peor todavía, incordian. Pocas veces se sitúan al lado del profesor cuando este intenta corregir una conducta. Recuerdo perfectamente cómo ha cambiado esa relación. Antes, cuando un profesor reprendía a un alumno, lo normal era que los padres preguntaran qué había hecho su hijo. Ahora, en demasiadas ocasiones, preguntan qué ha hecho el profesor. Y eso tiene consecuencias. Los alumnos saben que determinadas actuaciones pueden generar inmediatamente una reclamación familiar. La autoridad del profesor se ha ido debilitando y educar sin autoridad resulta complicado. No hablo de autoritarismo; hablo de autoridad, de la necesaria autoridad que debe tener quien está educando.
Y los alumnos, naturalmente, también tienen su parte de responsabilidad. Se ha instalado una especie de cultura en la que se habla continuamente de los derechos del menor y bastante menos de sus obligaciones. Amparados en una legislación que considero ultraprotectora, algunos alumnos han aprendido perfectamente a reclamar sus derechos, pero no tanto a cumplir con sus deberes. Y un alumno tiene derechos, por supuesto, pero también tiene obligaciones: estudiar, respetar, escuchar, cumplir unas normas y hacer un esfuerzo. Sin embargo, cada vez encuentro más dificultades para inculcar precisamente esas palabras: disciplina, rigor, responsabilidad y esfuerzo. Lo que más me preocupa es que muchos han perdido completamente el interés por aprender. ¿Para qué van a esforzarse en buscar una respuesta, leer un libro o estudiar un tema si Google les ofrece inmediatamente cualquier información y la inteligencia artificial puede incluso elaborarles el trabajo? Hemos conseguido que obtener una respuesta sea mucho más fácil que hacerse una pregunta. Y eso es peligroso. La pantalla, además, juega con ventaja. Una imagen es mucho más atractiva que un texto porque no requiere el mismo esfuerzo intelectual. Un vídeo de YouTube o un contenido de TikTok proporciona estímulos inmediatos, mientras que un libro exige sentarse, concentrarse, avanzar página tras página y mantener la atención. Y nuestros jóvenes están permanentemente sometidos a esa lluvia de estímulos. Pero no son los únicos. Los padres y las madres también estamos enganchados al móvil. Es como un virus que se ha extendido por toda la sociedad. Basta con observar una playa: mire usted quién está leyendo un libro y quién está mirando el teléfono. La escena resulta bastante elocuente. Hemos llegado a un punto en el que abrir un libro y leer tranquilamente parece casi una excentricidad. Estamos creando una sociedad de vagos e ignorantes, aunque sé perfectamente que esta afirmación sonará políticamente incorrecta. Pero que algo sea políticamente incorrecto no significa necesariamente que sea falso. Naturalmente, no todos los jóvenes son vagos ni ignorantes. Precisamente por eso creo que aquellos que trabajen, estudien y se esfuercen, aunque sea mínimamente, tendrán cada vez más posibilidades de triunfar. Cuando la mayoría busca la diversión fácil, inmediata y muchas veces soez, el simple hecho de ser disciplinado se convierte en una ventaja. No hace falta elaborar grandes teorías: basta mirar determinados programas de televisión y observar qué modelos de conducta se ofrecen como entretenimiento. "La isla de las tentaciones" es un buen ejemplo de lo que digo. No pretendo que todos los jóvenes sean así, ni mucho menos, pero sí me preocupa que ese tipo de espectáculo tenga tanta capacidad de atracción mientras un libro parece exigir un esfuerzo insoportable. Y quizá el problema no sea únicamente de los jóvenes. Los hemos educado nosotros, los adultos. Somos nosotros quienes les hemos puesto el móvil en las manos y quienes muchas veces tampoco somos capaces de levantar la vista de nuestra propia pantalla.
Por eso vuelvo a mi experiencia como profesor, porque no hablo solamente de teorías. En mi centro, cuando yo ejercía, transmitíamos a los alumnos el amor por la lectura y por los libros. No necesitábamos convertirlo en una asignatura más ni llenar la jornada de complicados proyectos. Bastaban quince o veinte minutos diarios de lectura en clase. Quince o veinte minutos. Y aquello era suficiente para crear una auténtica legión de lectores. Eso sí: las lecturas estaban seleccionadas. No creo en eso de poner cualquier libro delante de cualquier alumno y esperar que, por arte de magia, se convierta en lector. Cada etapa de la vida necesita un libro diferente. Hay lecturas para la infancia, lecturas para la adolescencia y lecturas para cuando uno ha adquirido una determinada madurez. Hay que encontrar el libro capaz de despertar la curiosidad de cada alumno, de hacerle entrar en una historia y descubrir que allí dentro hay algo más que palabras impresas. Porque cuando un alumno descubre que leer es un placer, no lo olvida. Puede pasar una temporada sin abrir un libro, puede distraerse con el móvil, puede dejarse llevar por las modas, pero ha descubierto algo que permanece. Y eso es precisamente lo que estamos perdiendo: la capacidad de disfrutar con algo que exige un poco de esfuerzo. PISA debería servirnos para reflexionar sobre todo esto y no simplemente para repartir culpas. Yo no necesito que ningún informe me diga que algo está fallando: lo he visto durante años dentro de un aula. He visto alumnos con dificultades para comprender un texto, he visto cómo el móvil iba ocupando el lugar del libro, he visto cómo se debilitaba la autoridad del profesor y cómo algunas familias, en lugar de ayudar, complicaban todavía más las cosas. También he visto lo contrario: alumnos que, cuando encuentran un profesor que les exige, una familia que les acompaña y un libro adecuado, son capaces de descubrir que aprender puede ser apasionante. Por eso no creo que todo esté perdido. Pero sí creo que nos estamos equivocando si seguimos confundiendo protección con permisividad, información con conocimiento y entretenimiento con cultura. PISA nos pisa porque quizá hemos olvidado algo elemental: para aprender hay que leer, para comprender hay que pensar y para conseguir casi cualquier cosa en la vida hay que hacer un esfuerzo. Y eso, por mucho que queramos evitarlo, no lo puede hacer Google, ni TikTok, ni la inteligencia artificial por nosotros.
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