Pasividad




 EL PROBLEMA

Pepe Raya

El problema no es solamente la extrema derecha alemana, que resulta temible y crece alimentándose de los miedos y los fracasos de una Europa desconcertada, sino el terreno que nosotros mismos le abonamos con una mezcla de ingenuidad, buenismo, cobardía política y debates semánticos. Europa lleva años aplicando una política migratoria que pretende ser humanitaria y generosa, pero que puede parecer descontrolada. Marruecos presiona sobre Ceuta y Melilla, utiliza la frontera y los flujos migratorios como instrumentos de presión política y sabe perfectamente que enfrente tiene a un país capaz de pasarse semanas discutiendo si aquello fue una invasión, una avalancha, una entrada irregular o una «movilidad humana» especialmente dinámica. Qué tranquilidad: quizá no sepamos proteger la frontera, pero al menos tendremos catalogado el sustantivo. Lo verdaderamente dramático es que detrás de cada cifra hay seres humanos, y detrás de cada naufragio hay muertos; personas que han perdido la vida intentando alcanzar Europa mientras nosotros seguimos celebrando debates morales sobre las palabras. Y mientras Europa debate, Marruecos actúa. La historia, por supuesto, siempre está disponible para quien quiera utilizarla: ellos invocan la geografía y determinados argumentos históricos para justificar sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla; nosotros hacemos algo parecido con Gibraltar, aunque las circunstancias históricas y jurídicas sean distintas. Pero una frontera no se defiende escribiendo ensayos sobre historia, sino teniendo una política exterior clara, una estrategia diplomática firme y voluntad de hacerla respetar. También inquietan las reivindicaciones marroquíes sobre espacios marítimos próximos a Canarias mientras España parece atrapada en su eterna discusión entre quienes ven amenazas y quienes no ven ninguna hasta que la tienen dentro de casa. Y aquí aparece el problema: no que España sea humanitaria, sino que confunda humanidad con impotencia; no que acoja, sino que parezca incapaz de establecer límites; no que dialogue con Marruecos, sino que dé la impresión de que siempre necesita explicar por qué no puede decir que no. Un Estado serio puede ser generoso y defender sus fronteras. Puede combatir el racismo sin negar los problemas de la inmigración. Lo que no puede hacer es esconderse detrás de las palabras mientras otros convierten nuestras debilidades en oportunidades. Porque cuando los problemas se niegan, no desaparecen: se los dejamos en bandeja a la extrema derecha. Y entonces llegan ellos, sonríen y dicen: «Os lo advertimos». El problema es que, a veces, les estamos haciendo el discurso. España no es un país serio.

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