La soberbia
La soberbia
Pepe Raya
Me he preguntado alguna vez de qué remota charca moral nace la soberbia, esa enfermedad del espíritu que consiste en no dar el brazo a torcer ni aunque el brazo se haya dislocado por completo; en mantenerse «en sus trece» aun cuando la razón, la evidencia y hasta el sentido común hayan abandonado la sala, avergonzados del espectáculo. Hay sujetos que, después de equivocarse, no solo se niegan a reconocerlo, sino que convierten su error en doctrina, su terquedad en virtud y su orgullo en una suerte de título nobiliario que nadie les ha concedido. Para rizar el rizo de semejante grandeza de cartón, reciben unas disculpas y permanecen impertérritos, aguardando quizá una divina genuflexión, una penitencia pública o, si se tercia, una bajada de pantalones hasta los tobillos, como si el perdón ajeno exigiera necesariamente la humillación del penitente. ¿Qué alimenta esa arrogancia inmarcesible que parece dispuesta a sobrevivir incluso al propietario de tan ilustre necedad? ¿Qué sustancia secreta mantiene erguido ese orgullo cuando ya no queda nada que defender? Tal vez el soberbio ignore que su coraza no protege: aprieta, y aquello que pretende ser armadura termina siendo cepo. Se diría que lleva dentro un ácido ferruginoso que le corroe las entrañas mientras conserva, por fuera, la misma aspereza de una verja oxidada. Basta observar sus ceremonias de desprecio: esa mirada que súbitamente descubre un punto fascinante en el infinito, esa cabeza que gira con la solemnidad de quien acaba de ser nombrado emperador de sí mismo, ese saludo que se niega como si fuese una limosna y hasta ese grotesco cruce a la otra acera para evitar encontrarse con aquel que, en su fuero interno, considera indigno de un simple «buenos días». ¡Qué majestad la de semejante miseria! Llega entonces el prodigio: el ofendido fabrica el agravio, lo alimenta, lo engorda y finalmente lo adora como a un ídolo doméstico. Se convence de que ha sido ultrajado cuando nadie lo ha ultrajado; se viste de víctima para no tener que reconocer que, quizá, el único verdugo que lo persigue lleva años viviendo dentro de su propia cabeza. Mientras tanto, el otro continúa con su vida, probablemente sin dedicarle ni tres pensamientos seguidos. Esa es la tragicomedia de la soberbia: uno se desvive por ser inolvidable para alguien que apenas recuerda que existe. Así, mientras el soberbio cree estar castigando al mundo con su silencio, lo único que consigue es condenarse a sí mismo a una penitencia perpetua, sin juez, sin sentencia y, lo que resulta más cómico, sin público.
La causa de semejantes cuitas suele permanecer intacta, escondida bajo siete capas de orgullo y alguna que otra herida que jamás tuvo el valor de confesarse. Resulta incluso admirable, si no fuera tan grotesco, comprobar que estos especímenes consiguen conservar amigos durante cierto tiempo, hasta que alguno de ellos, inevitablemente, pisa una baldosa equivocada del delicadísimo territorio de sus susceptibilidades. Entonces comienza la ceremonia: una palabra mal interpretada, un gesto inocente elevado a conspiración, una demora convertida en desprecio, una diferencia de opinión transformada en traición. Lo que en una persona razonable habría sido una conversación de cinco minutos se convierte, en la cabeza del soberbio, en un proceso inquisitorial con condena irrevocable. Sus fantasmas, miedos e inseguridades hacen el resto: crecen, engordan y se reproducen como ratas en una bodega húmeda. Lo curioso es que semejantes héroes de la dignidad rara vez disparan sus dardos contra quien podría devolverles el golpe. No suelen enfrentarse al poderoso cuando pueden ensañarse con el vulnerable. Buscan al asequible, al paciente, al que quizá no les cante las cuarenta, al que soportará unos cuantos desplantes antes de cansarse. Allí depositan su inquina y descargan sus frustraciones, ensayando una pequeña tiranía doméstica que les proporciona la ilusión de una grandeza que no poseen. Se sienten grandes porque han encontrado a alguien sobre quien proyectar su pequeñez. Mientras tanto, el verdadero destinatario de sus frustraciones, la causa primera de sus desdichas, el fracaso que no aceptan, la persona que los hirió o la circunstancia que no pudieron dominar, quizá se encuentre a cientos de kilómetros, quizá haya rehecho su vida o quizá ni siquiera pertenezca ya a este mundo. Poco importa: el soberbio necesita un culpable presente para una herida ausente. Fabrica enemigos donde había conocidos, traidores donde había amigos y afrentas donde apenas hubo un malentendido, todo ello con la solemne convicción de quien cree estar defendiendo su honor cuando, en realidad, solo está custodiando cuidadosamente su resentimiento.
Hay, sin embargo, una ironía final que al soberbio le resulta particularmente difícil de digerir: mientras cree pisotear a los demás, se está pisoteando a sí mismo. Cada desplante que ejecuta, cada saludo que niega, cada puerta que cierra con teatral estrépito no disminuye al otro; lo encierra un poco más dentro de su propia jaula. El orgullo no levanta al hombre: lo encoge, lo vuelve pequeño, minúsculo, casi microscópico, precisamente cuando más empeño pone en parecer gigantesco. Se obstina en recorrer una senda espinosa y desolada, llena de surcos, socavones y señales de peligro que convenientemente decide no leer. Cuanto más avanza, más difícil le resulta regresar, pues para volver tendría que reconocer que se equivocó, y hay soberbios capaces de atravesar un desierto antes que pronunciar un humilde «me equivoqué». Continúan caminando, solemnes, ofendidos y magníficamente solos, hasta que el sendero se vuelve intransitable y terminan ahogados en el mismo pantano que ellos se empeñaron en construir. Entonces quizá comprendan, si les queda lucidez para semejante descubrimiento, que nadie ganó aquella batalla porque nunca hubo batalla alguna; que nadie les estaba disputando el trono porque el trono solo existía en su imaginación; que aquel «buenos días» que se negaron durante años no era una humillación, sino una puerta. El verdadero vencedor no es quien consigue que el otro se arrodille, sino quien posee la inteligencia suficiente para no necesitar que nadie lo haga. La soberbia, esa pomposa enfermedad de quienes se creen demasiado grandes para disculparse, acaba ejerciendo de sepulturera de su propio dueño, dejando como epitafio la más ridícula de las derrotas: haber pasado la vida entera empeñado en demostrar que tenía razón cuando, al final, lo único que consiguió fue quedarse solo.

Comentarios
Publicar un comentario