El ser querido
EL SER QUERIDO
Pepe Raya
La película de Rodrigo Sorogoyen me ha parecido sencillamente magistral, una de esas películas que, cuando terminan, continúan de alguna manera dentro de uno, dando vueltas, buscando explicaciones y obligándonos a regresar mentalmente a determinadas miradas, silencios o conversaciones. Las interpretaciones son memorables, magníficas, contenidas y al mismo tiempo de una enorme intensidad, porque aquí los actores no necesitan levantar la voz para expresar lo que sienten: basta una mirada, una pausa demasiado larga, un gesto casi imperceptible o una frase aparentemente inocente para que debajo de ella aparezca todo un mundo de emociones. Sorogoyen me ha sorprendido tanto o más que con "As bestas", que ya me había parecido una película extraordinaria, y lo ha hecho enfrentándose además a una empresa especialmente complicada: hacer cine sobre el propio cine. El cine dentro del cine es un territorio peligroso, porque fácilmente puede convertirse en un ejercicio de narcisismo, en una película que habla demasiado de sí misma y acaba olvidándose del espectador; aquí, sin embargo, Sorogoyen utiliza ese juego como una herramienta para hablar de algo mucho más profundo: las relaciones humanas, la incomunicación, el afecto, el resentimiento, la culpa y, sobre todo, la difícil y dolorosa relación entre un padre y una hija. Los primeros planos son antológicos. Hay rostros que hablan, ojos que contradicen las palabras y silencios que cuentan mucho más que los diálogos. Y los diálogos son, precisamente, una de las grandes virtudes de la película: extraordinarios, inteligentes, llenos de dobles sentidos, indirectas, reproches camuflados y verdades que nadie se atreve a pronunciar directamente. Lo que se dice importa, naturalmente, pero importa tanto o más lo que no se dice, lo que se intuye, lo que queda suspendido en el aire y obliga al espectador a completar la escena. Sorogoyen confía en nuestra inteligencia y no nos entrega las emociones perfectamente empaquetadas, como hacen tantas películas que parecen tener miedo de que el espectador no entienda nada. Aquí hay que mirar, escuchar y, sobre todo, interpretar. También resulta evidente la huella de Lars von Trier y del cine Dogma danés: la cámara cercana, cierta aspereza visual, la sensación de realidad inmediata, la ausencia de determinados artificios y una manera de colocar a los personajes ante nosotros casi sin protección. Diría que esa influencia está presente en buena parte de la película, quizá en un cincuenta o sesenta por ciento de su textura cinematográfica. No obstante, hay algo que no termino de entender: determinados planos en blanco y negro me han parecido arbitrarios y, en ocasiones, más próximos a una decisión estética que a una verdadera necesidad narrativa. Es quizá el elemento que menos me convence y el único que, en determinados momentos, me ha hecho preguntarme qué aporta exactamente esa elección. Pero es una objeción menor ante una película de una enorme riqueza. Porque "El ser querido" está construida también sobre símbolos: el cine, evidentemente, pero también el paisaje, el desierto, el mar que aparece al fondo, los espacios abiertos que, paradójicamente, transmiten una sensación de encierro y soledad. Nada parece estar colocado completamente al azar. Hay detalles que conviene observar con atención porque detrás de ellos hay significados que la película no subraya ni explica. Y precisamente por eso funcionan. El cine se convierte en espejo; los personajes representan, interpretan y se interpretan a sí mismos, quizá sin saber muy bien dónde termina la ficción y dónde empieza la verdad. Pero por encima de todo está la relación entre el padre y la hija, que me ha parecido de una enorme complejidad emocional. Y ahí está, para mí, el verdadero corazón de la película. Porque la ausencia de un padre puede ser dolorosa, pero hay una ausencia todavía más cruel: la ausencia de un padre que está presente. Tener delante a alguien que debería estar emocionalmente contigo y descubrir que, en realidad, se encuentra a kilómetros de distancia puede producir una herida mucho más difícil de cerrar. No es la ausencia física, que al menos tiene una explicación; es la ausencia afectiva, esa especie de vacío que ocupa el mismo espacio que debería ocupar el cariño. Y Sorogoyen consigue convertir esa herida íntima en materia cinematográfica sin caer en el sentimentalismo fácil. Por eso El ser querido me parece una película notable, casi sobresaliente, compleja, incómoda y profundamente humana. Una película que habla del cine para terminar hablando de nosotros; que utiliza el paisaje para hablar de la soledad; que utiliza las miradas para hablar de aquello que no somos capaces de decir y que convierte la relación entre un padre y una hija en una reflexión dolorosa sobre el amor, la distancia y las heridas que dejan los afectos mal administrados. Al salir del cine pensé que, quizá, la verdadera ausencia no consiste en que alguien se marche, sino en que permanezca a nuestro lado sin estar realmente con nosotros. Y esa ausencia, probablemente, sea una de las más difíciles de perdonar.
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