El problema
Manipulaciones
José Luis Raya
Tengo la insana, pero saludable, costumbre de
informarme por todas partes: escucho la SER y Onda Cero, veo La Sexta, La 1 y
Antena 3, y leo El País, El Mundo y ABC. No para que ninguno me diga qué
pensar, sino para descubrir cómo intenta cada uno que piense. Ahí empieza el
problema: la información se ha convertido en una guerra de trincheras. Sobre
Ceuta podemos discutir si aquello fue una avalancha, una invasión, una crisis
migratoria o una guerra híbrida. La semántica me interesa menos que la
realidad: miles de personas entraron desde Marruecos en un tiempo
extraordinariamente breve, provocando una situación difícil para una ciudad
limitada en población. Los ceutíes tienen derechos, y reconocerlos no convierte
a nadie en xenófobo. Una frontera existe, una ciudad tiene límites y Marruecos
no puede trasladar a España sus problemas mediante la presión migratoria. El
problema no nació en España, aunque España tenga que gestionarlo.
Lo mismo ocurre con la vivienda. Mari Carmen se ha
convertido en bandera política de una izquierda que ha encontrado en su
desahucio una imagen de la injusticia social. Su historia conmueve. Pero
precisamente por eso convendría no convertir a una mujer en munición
partidista. Un desahucio puede ser legal y, al mismo tiempo, parecernos
moralmente injusto. Las dos cosas caben en una misma cabeza. También podemos
preguntarnos si quinientos euros eran suficientes, qué derechos tenía cada
parte y qué responsabilidad corresponde a las administraciones. Y conviene
recordar algo incómodo: Cataluña registra más lanzamientos que Madrid; en el
primer trimestre de 2025 fueron 1.542 frente a 614 por procedimientos de la
LAU. En Barcelona, además, se han producido casos de personas que se suicidaron
tras un desahucio. ¿Por qué unas tragedias ocupan titulares y otras desaparecen
del relato político? Ahí empieza la manipulación.
Ni la izquierda posee el monopolio de la sensibilidad
ni la derecha el de la honradez. Unos pueden instrumentalizar el sufrimiento;
otros pueden envolverse en la legalidad mientras detrás aparece el dinero. Yo
no quiero casarme con nadie. Quiero escuchar a todos, desconfiar de todos y
pensar por mi cuenta. Si encuentro una idea sensata en la izquierda, la acepto;
si la encuentro en la derecha, también. Y si ambas se equivocan, lo digo.
Porque la independencia no consiste en carecer de ideología, sino en impedir
que otros nos la fabriquen. Manipular al ciudadano es fácil; respetar su
inteligencia, bastante más difícil.
istóricos para justificar sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla; nosotros hacemos algo parecido con Gibraltar, aunque las circunstancias históricas y jurídicas sean distintas. Pero una frontera no se defiende escribiendo ensayos sobre historia, sino teniendo una política exterior clara, una estrategia diplomática firme y voluntad de hacerla respetar. También inquietan las reivindicaciones marroquíes sobre espacios marítimos próximos a Canarias mientras España parece atrapada en su eterna discusión entre quienes ven amenazas y quienes no ven ninguna hasta que la tienen dentro de casa. Y aquí aparece el problema: no que España sea humanitaria, sino que confunda humanidad con impotencia; no que acoja, sino que parezca incapaz de establecer límites; no que dialogue con Marruecos, sino que dé la impresión de que siempre necesita explicar por qué no puede decir que no. Un Estado serio puede ser generoso y defender sus fronteras. Puede combatir el racismo sin negar los problemas de la inmigración. Lo que no puede hacer es esconderse detrás de las palabras mientras otros convierten nuestras debilidades en oportunidades. Porque cuando los problemas se niegan, no desaparecen: se los dejamos en bandeja a la extrema derecha. Y entonces llegan ellos, sonríen y dicen: «Os lo advertimos». El problema es que, a veces, les estamos haciendo el discurso. España no es un país serio.



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