Depre

 DEPRESIÓN





José Luis Raya



La depresión no es tristeza, aunque la tristeza forme parte de ella. Tampoco es pereza, falta de carácter, debilidad o una simple reacción exagerada ante los problemas de la vida. Es una enfermedad compleja que puede alterar el sueño, el apetito, la energía, la concentración, la motivación, el deseo, la autoestima y hasta la manera en que una persona interpreta su propia existencia.

Durante años se habló de depresión endógena y exógena para diferenciar los casos en los que predominaban los factores biológicos de aquellos relacionados con circunstancias externas. Hoy sabemos que la realidad es mucho más compleja. La depresión suele surgir de la interacción entre biología, genética, personalidad, historia vital y circunstancias presentes. Existe una vulnerabilidad genética que puede aumentar el riesgo, pero tenerla no significa estar condenado a padecer una depresión. Los genes pueden preparar el terreno; las experiencias y el entorno pueden contribuir a desencadenarla o, por el contrario, actuar como factores protectores.

Y después está la infancia. Los traumas infantiles, el abandono, la falta de afecto, la inseguridad, los conflictos familiares o la sobreexigencia pueden dejar huellas que no desaparecen necesariamente al llegar a la edad adulta. El adulto puede seguir reaccionando, en determinadas situaciones, con mecanismos emocionales aprendidos muchos años atatrás. Pero tampoco podemos atribuirlo todo al pasado. La vida adulta tiene su propia capacidad para desgastarnos. Problemas económicos, conflictos familiares, rupturas, enfermedades, soledad, responsabilidades excesivas, decepciones y relaciones dañinas pueden convertirse en una acumulación de cargas que termina pesando demasiado. Y aparece una cuestión incómoda: no siempre sabemos afrontar lo que nos sucede. Algunas personas, además, tienen una sensibilidad extraordinaria y viven con enorme intensidad lo que ocurre a su alrededor. Esa sensibilidad puede ser una virtud, pero sin límites puede convertirse en una trampa.Hay quienes no saben decir «no». Quieren ayudar a todos, evitar conflictos, no decepcionar a nadie y ser queridos por todo el mundo. Complacer se convierte poco a poco en una obligación. Asumen problemas ajenos, aceptan exigencias que les perjudican y terminan relegando sus propias necesidades. Después llega el agotamiento y se preguntan qué les ocurre. Les ocurre, quizá, que llevan demasiado tiempo viviendo sin fronteras.


Aprender a decir «no» no es egoísmo. Es salud. Poner límites no significa querer menos a los demás; significa comprender que también tenemos derecho a proteger nuestro tiempo, nuestra energía y nuestra tranquilidad. La madurez debería enseñarnos algo todavía más importante: separar lo esencial de lo accesorio. No todo problema merece una batalla. No toda persona merece nuestra energía. Cuando somos incapaces de establecer esa jerarquía, la mente puede convertir cualquier asunto en una emergencia permanente.

Aquí aparece otro enemigo silencioso: la rumiación. Dar vueltas a lo ocurrido, reconstruir conversaciones, imaginar qué habría pasado si hubiéramos actuado de otra manera, anticipar desgracias o intentar encontrar una certeza absoluta donde no puede existir. Pensar no siempre significa solucionar.

La muerte de una persona querida, una enfermedad grave, una ruptura inesperada o el fracaso de un proyecto vital pueden quebrar a cualquiera. Hace falta tiempo, apoyo y, cuando sea necesario, ayuda profesional.

En los hombres que llegan a la madurez conviene prestar atención, además, a una cuestión de la que se habla mucho menos de lo que debería: la situación hormonal. Los niveles de testosterona tienden a disminuir con la edad y, en determinados hombres, un déficit clínicamente significativo puede relacionarse con pérdida de energía, disminución del deseo sexual, menor vitalidad o alteraciones del estado de ánimo. Esto no significa que la testosterona explique la depresión masculina ni que deba utilizarse como respuesta fácil ante cualquier cansancio o tristeza. Significa que, cuando existen síntomas compatibles, una valoración médica y una analítica pueden ser razonables para completar el diagnóstico y no dejar fuera un factor potencialmente relevante.

Y llegamos a otro concepto fundamental: tratamiento personalizado. No existen dos depresiones idénticas porque no existen dos personas idénticas. La medicación puede ser decisiva para algunos pacientes, pero debe elegirse y ajustarse individualmente, teniendo en cuenta síntomas, antecedentes, respuesta y posibles efectos secundarios. La psicoterapia puede ayudar a modificar patrones de pensamiento, trabajar los traumas, combatir la rumiación, mejorar la gestión emocional y aprender a establecer límites.


Por eso conviene abandonar la vieja idea de que quien está deprimido simplemente tiene que «poner de su parte». La voluntad puede ayudar, pero no sustituye al tratamiento.

La recuperación no consiste únicamente en dejar de llorar o sentirse menos triste. Consiste en recuperar energía, interés, deseo, capacidad de decisión y perspectiva. En aprender que no tenemos que salvar a todo el mundo, que podemos decir «no», que no estamos obligados a gustar a todos y que algunos problemas merecen nuestra atención mientras otros merecen, sencillamente, que los dejemos pasar.

Quizá la verdadera salida de la depresión no sea volver exactamente a la persona que éramos antes. Tal vez sea construir una versión de nosotros mismos que conozca mejor sus límites, comprenda mejor sus heridas y sepa distinguir aquello que merece ser cuidado de aquello que debe ser soltado. Porque recuperarse no significa que desaparezcan todos los problemas. Significa algo más profundo: que los problemas dejan de ocupar el lugar de toda la vida. Y cuando la mente vuelve a disponer de espacio para el deseo, la esperanza y el futuro, uno descubre que quizá la vida no había desaparecido. Solo estaba esperando a que pudiéramos volver a verla.

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