Señoras y señores...

 

El mayor espectáculo del mundo


José Luis Raya

Al final, las redes sociales se han convertido en el mayor espectáculo del mundo, y lo más extraordinario es que nadie reconoce haber comprado la entrada. Uno abre el teléfono para consultar cualquier tontería y, sin comerlo ni beberlo, se encuentra con el último parte médico de una persona a la que apenas saluda dos veces al año, con la crónica detallada del abandono sufrido por una antigua compañera de trabajo, con la descripción exacta de la ansiedad de un primo segundo o con la fotografía de alguien tumbado en la cama de un hospital, con el ceño fruncido y una pulsera en la muñeca, acompañada del inevitable mensaje: «Necesito toda vuestra energía». Y entonces se produce el milagro. Todos nos convertimos a la vez en familiares, psicólogos, sacerdotes, epidemiólogos, oncólogos, jueces, detectives y expertos en traiciones sentimentales. Preguntamos qué ha sucedido, enviamos corazones, prometemos oraciones y, mientras tanto, nos acomodamos en el sofá con la misma disposición con la que uno se sienta ante una serie de intriga. Porque, admitámoslo, siempre esperamos el siguiente capítulo. Queremos saber qué ha dicho el médico, quién ha sido el canalla, cuál es el pronóstico, quién ha fallado y quién merece el castigo. Y si la información llega incompleta, mucho mejor, porque no hay nada que estimule más la imaginación que una desgracia administrada en cómodas entregas. Lo verdaderamente admirable es la naturalidad con la que se ha aceptado la idea de que la intimidad es una especie de bien comunal y de que el dolor, para ser auténtico, debe exhibirse, fotografiarse y difundirse. Da la impresión de que un tumor no es del todo un tumor hasta que aparece en la pantalla y de que una pena de amor no alcanza su plenitud hasta que un centenar de desconocidos la bendicen con un corazón, una carita triste o un «mucho ánimo». Y, por supuesto, allí estamos todos, fingiendo una dignidad que se desvanece en cuanto aparece una nueva publicación, con el cuenco de palomitas en la mano y la secreta esperanza de que el desenlace no llegue demasiado pronto, porque el ser humano es compasivo, sin duda, pero también es curioso, y pocas cosas le atraen tanto como la posibilidad de asistir, desde la comodidad de su sillón, a la representación de las desgracias ajenas, siempre que las propias no formen parte del programa.

 

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