ODISEO (DIARIO SUR)
ODISEO
José Luis Raya
Hay que agradecer que un director de cine tan genial y
particular como Christopher Nolan se haya decidido a recuperar las raíces de
nuestra cultura para lanzarlas al mundo bajo su peculiar prisma. Era de esperar
que un cineasta de su personalidad nos narrara la épica de La Odisea
desde su propio universo: con esos primeros planos hipnóticos, esos diálogos
susurrantes y una banda sonora rompedora que parece llegar desde otro planeta.
Como nunca me gusta quedarme en la superficie, volví a ver Ulysses, la
película de Mario Camerini protagonizada por un colosal Kirk Douglas. Me
costaba aceptar que Nolan se hubiese inspirado tanto en este clásico
imperdible, pero puedo corroborarlo. Sin duda, continúa siendo una de las
versiones más fieles de la epopeya homérica. Y conviene aclarar algo para los
neófitos: Odiseo es el nombre griego, mientras que Ulises es la forma que hemos
adoptado en nuestra tradición cultural. En realidad, hablamos del mismo
personaje. Entre mis libros olvidados recuperé también el excelso poema de
Konstantinos Kavafis, Viaje a Ítaca, cuyos versos nos recuerdan que el
destino de nuestro viaje es, en realidad, lo de menos. Lo verdaderamente
importante son las vicisitudes del trayecto, los descubrimientos y las
experiencias que nos transforman. Hay que disfrutar del viaje. El destino es
secundario. Ítaca, además de ser una pequeña isla real situada en el mar Jónico
y el reino de Odiseo, es la isla amada y soñada, el símbolo de nuestras raíces,
nuestros pueblos y ese arraigo que quizá deberíamos reivindicar con mayor
orgullo.
Sin embargo, mi visión de La Odisea no se queda
únicamente en ese hermoso símbolo del viaje. Lo que más me conmueve es la
bellísima historia de amor y lealtad que subyace en cada verso. Penélope ama
profundamente a Odiseo y espera durante veinte años su regreso. Es también el
símbolo de la esperanza. Al recordarla, no pude evitar pensar en Joan Manuel
Serrat y en su desgarradora canción sobre aquella otra Penélope moderna que,
después de esperar durante años, ya no reconoce al hombre que regresa. Es una
de las grandes canciones del siglo pasado y una magnífica representación de la
amargura del paso del tiempo, de la vejez y de todo aquello que la espera puede
destruir. Por un momento pensé que Nolan podría optar por un final semejante.
Al fin y al cabo, las grandes historias de amor de nuestra cultura suelen estar
marcadas por la tragedia: Romeo y Julieta, Calixto y Melibea… Y aquí aparece
también la otra cara de La Odisea, la que refleja los valores y las
desigualdades de las sociedades que la han heredado. Durante la Edad Media y el
Renacimiento, los caballeros debían superar todo tipo de obstáculos para
alcanzar a su dama, mientras ella debía esperar y ser fiel. No me digan ustedes
que La Odisea no ha hundido sus tentáculos en nuestra cultura: la mujer
esperaba y el hombre combatía. Él debía demostrar su valor para merecerla.
Pero la historia es bastante más compleja. Penélope no
es una figura pasiva: su inteligencia, su astucia y su resistencia resultan
fundamentales. Odiseo no regresaría a Ítaca sin la ayuda de Atenea y de otros
aliados, pero tampoco recuperaría su reino sin la inteligencia y la lealtad de
Penélope. Eso sí, la moral de la epopeya presenta contradicciones que hoy no
podemos ignorar. A Odiseo se le permiten ciertos deslices con Circe o con
Calipso. Él sí puede. Ella espera. Él viaja, combate y ama por el camino. Ella
permanece en casa. El macho es el macho. También sucede algo parecido en muchas
especies de la naturaleza, aunque el ser humano ha construido una cultura capaz
de cuestionar sus propios mitos. Lo que sí debemos hacer es conservar nuestras raíces
culturales y difundirlas entre los más jóvenes. No todo va a ser reguetón.
También hay que hablarles de Homero, de Kavafis, de Serrat, de Kirk Douglas y
de Christopher Nolan. Hay que contarles que antes de los superhéroes ya
existían héroes capaces de enfrentarse a cíclopes, monstruos marinos y dioses
caprichosos. Que antes de las grandes sagas cinematográficas ya existía La
Odisea. Y que, en el fondo, seguimos contando la misma historia: la de
alguien que se marcha, lucha, se pierde y trata de regresar a casa. Porque
todos tenemos una Ítaca y, quizá, lo importante no sea llegar a ella, sino todo
lo que nos sucede mientras intentamos volver. Como en el viaje a Ítaca, quizá lo importante nunca
fue llegar, sino todo lo aprendido mientras nos alejábamos. Y al volver,
comprendemos que la verdadera patria no era solo el lugar que nos esperaba,
sino todo aquello que llevábamos dentro. Guadix, mi pequeña Ítaca: el puerto al
que regreso para recordar quién soy y quién fui.


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