Mi querida España

 




Mi querida España

José Luis Raya Pérez

España no es un país serio. Lo sé, suena duro, pero más duro es contemplar el espectáculo diario y fingir que no pasa nada. Somos un pueblo extraordinario para celebrar victorias y absolutamente prodigioso para ignorar derrotas. Nos lanzamos a las calles para festejar un campeonato, agitamos banderas, cantamos hasta la madrugada y nos convencemos de que todo va bien porque once personas han conseguido una hazaña deportiva. Y, mientras tanto, el país sigue deslizándose lentamente por una pendiente de corrupción, incompetencia y resignación que ya ni siquiera provoca sorpresa. Hemos llegado al punto en el que los corruptos imparten lecciones de ética, los oportunistas se disfrazan de servidores públicos y los responsables de cada desastre comparecen ante las cámaras para explicar que nadie podía preverlo. Claro, porque los incendios se producen en agosto por pura casualidad y las inundaciones son un fenómeno tan inesperado como la llegada del invierno. Entretanto, algunos ayuntamientos conceden licencias imposibles, los expertos cobran por diagnosticar problemas que jamás resuelven y los chapuceros facturan con la precisión de un reloj suizo y trabajan con el rigor de un prestidigitador de feria. Los emprendedores cierran sus negocios asfixiados por impuestos, los autónomos viven en un estado de ansiedad perpetua y muchos trabajadores han comprendido que entregar diez o doce horas de su vida a cambio de una recompensa miserable es un negocio ruinoso. Y, por encima de todos ellos, nuestros admirables dirigentes, elegidos por nosotros mismos, nos ofrecen cada día el mismo espectáculo: pactos imposibles, promesas incumplidas, discursos grandilocuentes y una capacidad asombrosa para convertir la mediocridad en virtud. Las crisis migratorias, la inseguridad, la fractura social y la decadencia institucional se convierten en simples herramientas de propaganda, mientras la realidad sigue avanzando con la testarudez de un tren sin frenos. Y aquí seguimos, convencidos de que borrar las fronteras propias mientras otros se esfuerzan en ensanchar las suyas constituye una brillante estrategia de futuro. Todo se tolera, todo se justifica y todo acaba pareciendo normal, incluso aquello que hace apenas unos años nos habría resultado intolerable. Quizá por eso la vergüenza ya no sea una emoción, sino una costumbre. Y quizá por eso cada vez más ciudadanos miran a su alrededor y se preguntan, con una mezcla de ironía, tristeza y hastío, si no habrá llegado el momento de pedir que detengan el tren para bajarse antes del descarrilamiento.


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 **** ¿Por qué hay que seguirle el juego a Mohamed VI? ¿Por qué tantos miran hacia otro lado mientras su pueblo continúa sufriendo? Esas criaturas que aparecen solas, ¿no tienen padres o madres buscándolas con el alma rota? ¿Quién responde por las vidas que se pierden en el mar, por las familias destrozadas y por tanto dolor convertido en una rutina informativa? En mi opinión, el principal responsable de esta tragedia humanitaria es Mohamed VI, cuya actuación considero mucho más determinante de lo que suele reconocerse en el debate público. Mientras unos señalan a Pedro Sánchez, otros a Donald Trump o a Benjamín Netanyahu, se pasa por alto el papel del propio monarca marroquí y se termina descargando sobre otros toda la responsabilidad de lo que ocurre. Echo de menos un debate menos sectario y más honesto, donde las víctimas importen más que los relatos, la propaganda y los intereses políticos. Estoy hasta los mismísimos cojones de la demagogia, de los eslóganes vacíos y de quienes prefieren repetir consignas antes que hacerse preguntas. La compasión no debería tener bandera ni ideología, y exigir responsabilidades a quienes correspondan no tendría que ser un acto de valentía, sino de simple decencia. 🤢


Y aquí todas calladas como putas, sin señalar al presunto genocida, el que siempre se va de rositas. Sin manifestaciones no contra Marruecos ni a favor de la españolaidad de las ciudades autónomas, sino contra este malaje que se va a cargar su país y el nuestro. 

Harto de esta izquierda! Germen de la futura extrema derecha!!






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Durante muchos años voté al PSOE con la tranquilidad de quien cree estar apoyando un proyecto de justicia social, igualdad de oportunidades y respeto a las instituciones. Nunca me he considerado una persona de derechas y mucho menos de extrema derecha. Precisamente por eso escribo estas líneas. No desde el resentimiento, sino desde la decepción. Me niego a aceptar que toda crítica al Gobierno de Pedro Sánchez deba ser etiquetada automáticamente como reaccionaria. Esa es, quizá, una de las grandes tragedias del sanchismo: haber sustituido el debate por la descalificación. Desde que el presidente habló de levantar un "muro", tengo la sensación de que ese muro no separa a la derecha de la izquierda, sino a los españoles entre buenos y malos, entre fieles y sospechosos. Yo, que sigo sintiéndome socialdemócrata, he acabado siendo considerado un "facha" por el simple hecho de discrepar. No he cambiado de principios; han cambiado las reglas del juego. Un gobierno democrático no debería pedir adhesión incondicional, sino aceptar el escrutinio permanente de los ciudadanos. Y cuando ese escrutinio se responde con propaganda, victimismo o polarización, algo empieza a romperse.

Las razones de mi desencanto no se basan en una impresión pasajera, sino en una sucesión de hechos que, acumulados, dibujan un paisaje preocupante. El Ministerio de Transportes quedó profundamente marcado por el caso Koldo y por las investigaciones que afectaron a José Luis Ábalos, mientras los usuarios sufrían continuos problemas ferroviarios. El Ministerio de Igualdad protagonizó uno de los mayores errores legislativos de nuestra democracia con la ley del "solo sí es sí", cuya aplicación obligó al propio Gobierno a rectificar tras la revisión de numerosas condenas. Interior sigue arrastrando la sombra de la tragedia de Melilla y las polémicas sobre la gestión de la inmigración irregular, mientras muchos españoles recuerdan la entrada masiva de migrantes en Ceuta como una imagen de fragilidad del Estado. El Ministerio para la Transición Ecológica ha recibido críticas por la gestión del agua, la política energética, la prevención de incendios forestales y la respuesta institucional a episodios tan dramáticos como la DANA, donde muchos ciudadanos consideraron que las administraciones reaccionaron tarde o de forma insuficiente. Hacienda tampoco ha escapado a la controversia, con una deuda pública muy elevada, una creciente presión fiscal percibida por amplios sectores de la población y una enorme dificultad para gobernar con estabilidad presupuestaria. A todo ello se añaden el apagón eléctrico que todavía sigue siendo objeto de debate público, las tensiones constantes con el Poder Judicial, la ley de amnistía, la dependencia parlamentaria de partidos independentistas y una percepción, compartida por una parte de la sociedad, de que España ha perdido peso político e influencia internacional. Pero si hay una palabra que resume el deterioro sufrido por el sanchismo esa es corrupción. El caso Koldo, las investigaciones que alcanzaron a José Luis Ábalos y Santos Cerdán y las consecuencias políticas derivadas de esos procedimientos han supuesto un golpe moral para muchos antiguos votantes socialistas. El propio Pedro Sánchez compareció para pedir perdón por haber depositado su confianza en algunos de sus colaboradores más estrechos y anunció un plan de medidas contra la corrupción. Aquel gesto fue, en sí mismo, el reconocimiento de que el problema no era menor. Siempre escuché decir que el socialismo consistía en compartir. Yo también lo creía: compartir oportunidades, riqueza y derechos. Hoy me pregunto si ese ideal no ha quedado sepultado bajo la necesidad permanente de compartir cuotas de poder para seguir gobernando.

No escribo estas líneas para convencer a nadie de que vote al Partido Popular, a Vox o a cualquier otra formación política. Cada ciudadano debe decidir libremente. Mi preocupación es otra. Creo que el sanchismo ha terminado haciendo un enorme daño al propio socialismo español porque ha confundido la lealtad con el silencio y la crítica con la traición. No sostengo que el crecimiento de la derecha o de la extrema derecha tenga una única explicación; la realidad nunca es tan simple. Pero sí creo que una parte importante del descontento nace de la acumulación de errores, de la ausencia de responsabilidades políticas y de una forma de gobernar que parece más orientada a resistir que a rectificar. Cuando nadie dimite, cuando casi nunca se reconoce un error y cuando quien discrepa pasa a ser tratado como un enemigo, la democracia pierde calidad. Yo sigo creyendo en los valores del socialismo democrático que conocí. Precisamente por eso no puedo mirar hacia otro lado. No me ha llevado la derecha. No me ha seducido la extrema derecha. Me ha expulsado una manera de entender el poder que ya no reconozco como propia. Y sospecho que, en silencio, somos muchos más de los que algunos imaginan.





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