Meter la pata
Meter la pata
José Luis Raya
Meter la pata es una de las pocas
actividades verdaderamente democráticas: no entiende de ideologías, títulos
universitarios, cuentas corrientes ni coeficientes intelectuales. La practican
con idéntico entusiasmo el premio Nobel y el vecino del quinto, el adolescente
impulsivo y el anciano que presume de haberlas visto todas. Errar es humano;
perseverar en el error ya requiere una cierta vocación. Siempre me han
inquietado esas personas que aseguran no haberse equivocado jamás. Desconfío de
quien presume de una biografía sin tachones. O tiene muy mala memoria o ha
convertido la soberbia en una disciplina olímpica. La perfección suele ser un
magnífico disfraz del orgullo. Hay meteduras de pata que apenas duran lo que un
sonrojo y otras que dejan cicatrices: no es lo mismo enviar un mensaje al
destinatario equivocado que cometer una negligencia médica, confundir una fecha
que traicionar una confianza. Pero incluso los errores más pequeños pueden
desencadenar tormentas inesperadas: una palabra fuera de lugar, un consejo que
nadie pidió, una broma inoportuna, invadir el territorio emocional de otro o
esa costumbre tan extendida de opinar sobre la vida ajena como si viniera con
libro de instrucciones. El comedimiento, esa vieja virtud tan poco cotizada,
evita más conflictos que la elocuencia. Pensar antes de hablar, escuchar antes
de responder y saber callar cuando el silencio resulta más elegante son hábitos
que nunca pasan de moda. Aunque, siendo honestos, todos acabamos pisando algún
charco. Lo importante no es el tropiezo, sino la forma de levantarse. Pedir
disculpas no empequeñece a nadie; al contrario, engrandece. Hace falta más coraje
para pronunciar un sincero “me equivoqué” que para construir una coartada
perfecta. Sin embargo, abundan quienes prefieren instalarse en el confortable
pedestal de la infalibilidad, convencidos de que rectificar les resta
autoridad, cuando en realidad solo les roba credibilidad. También existen las
meteduras de pata por omisión: la indiferencia, el silencio calculado, la
llamada que nunca llega o el afecto que damos por supuesto hasta que deja de
existir. A veces, duele más lo que no hicimos que aquello que hicimos mal. Con
los años he aprendido que todos, absolutamente todos, acabamos metiendo la pata;
la diferencia es que unos piden perdón, aprenden y siguen adelante, mientras
otros continúan caminando con el pie dentro del mismo cubo, convencidos de que
el ruido, naturalmente, lo hacen los demás.

Magnífica reflexión, Pepe, cuántas "patas" metemos, queriendo y sin querer, y qué poquitos lo reconocemos...
ResponderEliminarGracias por tus escritos y me sumo a la pléyade de seguidores de tus relatos.
No quiero pasar por anónimo, soy tu amigo Tato García.
ResponderEliminarQuerido Tato, muchas gracias por opinar; efectivamente, reconocer nuestras metedura de pata es un acto de honestidad. Errar y rectificar por desgracia no siempre van de la mano. Un abrazo.
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