Trajes y joyas
Hace unos días recibí la llamada de
un buen amigo. Como suele ocurrir cuando conversamos, el diálogo derivó pronto
hacia la política. Fue un intercambio cordial y sereno, en el que ambos
expusimos nuestros respectivos puntos de vista sin interrupciones, sin
descalificaciones y con el respeto mutuo que debería presidir cualquier
conversación entre personas que se aprecian. Sin embargo, al concluir, me quedó
una sensación familiar: la de no haber sido verdaderamente escuchado. Tengo la
impresión de que, con demasiada frecuencia, las personas no conversan para
comprender, sino para reafirmar sus propias convicciones. Escuchan mientras
preparan su siguiente argumento y, en consecuencia, las aportaciones ajenas
apenas encuentran espacio para ser consideradas. Durante aquella conversación
no alcanzamos ningún punto de encuentro. Mi interlocutor centraba su atención
exclusivamente en sus propias reflexiones y conclusiones, sin conceder
relevancia a los matices que yo trataba de introducir. No obstante, debo
reconocer que quizá yo mismo incurra, en ocasiones, en aquello que critico. Por
ello, prefiero exponer estas ideas y dejar al juicio y al raciocinio de cada
lector la valoración de las mismas. Mi reflexión giraba en torno a una cuestión
que considero fundamental: la ausencia, en nuestro país, de una auténtica
cultura de la responsabilidad política. No hemos heredado una tradición sólida
de honestidad pública ni de dimisión ante los errores o las conductas
impropias. Mientras que en algunos países nórdicos o en Japón la exigencia
ética hacia los responsables públicos alcanza cotas muy elevadas, en España la
renuncia a un cargo parece una excepción extraordinaria. Recuerdo el enorme
revuelo que provocó en su día el llamado caso de los trajes de Francisco Camps,
quien finalmente fue absuelto. Si la memoria no me falla, se llegó a acreditar
que aquellas prendas, valoradas en una cantidad relativamente modesta, habían
sido abonadas por él mismo. En contraste, hoy asistimos a la indignación que
suscitan otros episodios relacionados con bienes de lujo cuyo valor resulta
inalcanzable para la inmensa mayoría de los ciudadanos. No se trata de recurrir
al estéril argumento del “y tú más”, que nada resuelve, sino de aplicar un
criterio coherente y proporcional a todos los casos, con independencia de la
ideología de quien los protagonice. Quienes ejercemos una crítica severa hacia
determinadas actuaciones de la izquierda política somos con frecuencia
etiquetados automáticamente como personas de derechas. Hemos llegado a un punto
en el que incluso la objetividad parece haberse ideologizado.
Algo similar sucede con la Justicia.
Hemos normalizado la costumbre de clasificar a los jueces como progresistas o
conservadores, una práctica que erosiona la confianza en las instituciones y
transforma la percepción de la justicia en una suerte de mercado de intereses
enfrentados. Las resoluciones judiciales deben respetarse, del mismo modo que
la presunción de inocencia debe preservarse como uno de los pilares esenciales
del Estado de derecho.
Si a estos principios añadimos una
verdadera cultura de la dimisión y, cuando corresponda, la convocatoria de
elecciones para devolver la palabra a los ciudadanos, estaríamos construyendo
un sólido trípode democrático. Sobre esa base, el respeto a la pluralidad y a
la diversidad de opiniones se convierte en el ingrediente indispensable para la
convivencia. Solo así podrán consolidarse de forma natural el bienestar
colectivo, la confianza en las instituciones y la justicia que todos, sin
excepción, anhelamos.



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