La soledad

 


La soledad

José Luis Raya

Al llegar a una edad avanzada, cuando los años han ido sedimentando experiencias, pérdidas, alegrías y decepciones, muchas personas descubren una verdad tan sencilla como reveladora: todos estamos subidos en el mismo barco. Las diferencias que en otro tiempo parecían fundamentales comienzan a perder relieve frente a la evidencia de nuestra fragilidad compartida y de la incertidumbre que acompaña a toda existencia. La madurez, y más aún la senectud, suelen otorgar una perspectiva que rara vez se posee en la juventud, cuando el orgullo, las convicciones inamovibles o las heridas recientes condicionan nuestra manera de ver a los demás. Con el paso del tiempo se comprende que muchos enfrentamientos nacieron de malentendidos, circunstancias imprevistas o desencuentros que ninguno de los implicados había buscado realmente. También se aprende que la vida es demasiado breve y demasiado imprevisible para desperdiciarla alimentando resentimientos cuya importancia se desvanece cuando se observan desde la distancia que otorgan los años. Es entonces cuando la soledad adquiere un significado particular, no solo como ausencia de compañía, sino como ese espacio de reflexión en el que uno revisa su trayectoria y toma conciencia de las personas que quedaron atrás, de las palabras que nunca se pronunciaron y de los afectos que, por orgullo o incomprensión, fueron quedando relegados al silencio.

En esa reflexión serena suele abrirse paso un deseo de redención que nada tiene de grandilocuente y mucho de profundamente humano. Surge la necesidad de reconciliarse con los demás, pero también con uno mismo, aceptando errores, limitaciones y decisiones que ya no pueden cambiarse. La sensatez que a menudo acompaña a la madurez enseña que perdonar no significa justificarlo todo, del mismo modo que pedir perdón no implica renunciar a la propia dignidad; significa, más bien, reconocer que todos somos vulnerables, imperfectos y merecedores de comprensión. La soledad, cuando no se convierte en amargura, ayuda a distinguir lo esencial de lo accesorio y a valorar los vínculos por encima de las discrepancias. Quizá por eso muchas personas mayores llegan a contemplar los antiguos conflictos con una mezcla de indulgencia y melancolía, conscientes de que la razón absoluta rara vez existe y de que los afectos perdidos pesan más que cualquier victoria moral. Al final, la experiencia enseña que lo verdaderamente valioso no es haber tenido razón, sino haber sabido conservar la capacidad de comprender, de acercarse al otro y de tender la mano mientras todavía queda tiempo para hacerlo.

 

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