La deriva del mundo

 




La deriva del mundo

José Luis Raya

Me pregunto, quizá con cierta ingenuidad, qué tiene que ocurrir para que el presidente de un gobierno democrático contribuya a despejar las dudas que pesan sobre su gestión y su honorabilidad. Echar balones fuera y refugiarse en el habitual “y tú más” difícilmente ayuda a salir indemne de una situación tan enrevesada. Lo que en un principio algunos consideraron simples patrañas o exageraciones se ha ido transformando, con el paso del tiempo, en una sucesión de hechos difíciles de ignorar. Y uno ya no sabe qué más tendría que suceder. En muchas democracias avanzadas, especialmente en los países nórdicos, la dimisión se ha normalizado como una muestra de responsabilidad política ante la más mínima negligencia. Aferrarse al poder como a un clavo ardiendo puede resultar contraproducente. Primero, por la imagen de deterioro institucional que proyecta; segundo, porque acaba erosionando al propio partido. Lo digo con pesar, ya que siempre lo he votado. Hoy lo veo desgastado por la acumulación de errores, escándalos, promesas incumplidas y una preocupante incapacidad para alcanzar consensos básicos. Tampoco deseo que el remedio resulte peor que la enfermedad. Ese temor, legítimo y compartido por muchos, no debería convertirse en una coartada para la inacción. Una democracia sana exige asumir riesgos y aceptar la alternancia cuando las circunstancias lo demandan. Cuando cayó el gobierno anterior mediante una moción de censura plenamente legítima, muchos lo celebramos porque era necesario poner fin a una situación insostenible. Sin embargo, ahora asistimos a dinámicas que recuerdan demasiado a aquellas que entonces se denunciaban. Por eso resulta difícil no percibir una amarga ironía al escuchar a algunos antiguos responsables políticos pontificar sobre la corrupción. Al mismo tiempo, me resisto a atrincherarme tras el muro ideológico que divide cada vez más a nuestro país, y quizá también a Europa y al mundo. Quienes defendemos la verdad, la responsabilidad y la decencia pública no deberíamos vernos obligados a elegir entre dos extremos. Ni la resignación ante los abusos ni la ausencia de normas constituyen una solución.

La indiferencia social ante determinados comportamientos y la exageración interesada de otros alimentan la polarización y fortalecen los discursos más radicales. Debemos seguir siendo solidarios con quienes buscan refugio, oportunidades o una vida mejor. Pero también es razonable exigir que quienes llegan para integrarse rechacen con la misma firmeza a quienes pretenden quebrar la convivencia y erosionar la paz que Europa ha construido durante generaciones.

 

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