El oasis y la caverna

 






El oasis y la caverna

José Luis Raya

Vivir en el agradable oasis gay-friendly de la Costa del Sol y Torremolinos nos ha ablandado las neuronas hasta el punto de hacernos olvidar que, fuera de nuestra cómoda burbuja andaluza, la homofobia sigue paseándose con total impunidad por el planeta. Una intolerancia de manual que hoy cotiza al alza tanto en los mítines de la extrema derecha autóctona como en las mochilas de ciertos migrantes cuyas culturas, curiosamente, aún no se han enterado de que dos personas del mismo sexo pueden amarse sin que el universo colapse. ¡Qué sorpresa! Mientras cuatro rincones avanzados del mapa insisten en celebrar la diversidad cada mes de junio, el resto del mundo prefiere deleitarnos con un tierno y fascinante cortocircuito geopolítico. Es una delicia ver a nuestros "patriotas" de pulserita aplaudir extasiados la censura en la Rusia comunista, los ahorcamientos en el Irán islamista o las cadenas perpetuas por el "delito de amar" en las muy cristianas Uganda y Tanzania. Al final, los extremos siempre terminan besándose en el subsuelo moral.

Esta maravillosa fauna reaccionaria incluye desde nostálgicos medievales que aún sueñan con terapias de electroshocks, hasta ejércitos de trolls amargados que invierten su valioso tiempo en infectar los foros LGTBIQ+. Lo hacen a veces con el rostro al descubierto y la ignorancia por bandera; otras, parapetados tras perfiles falsos sin foto. Todo este despliegue de testosterona barata y obsesión enfermiza por la vida ajena suele oler, blanco y en botella, a homosexualidad dolorosamente reprimida y a un pánico atroz a salir de su propio armario. Tampoco conviene olvidar a esos genios unineuronales que, año tras año, lloriquean reclamando un "Día del Orgullo Hetero" para compensar su alarmante falta de atención.

Así que no, queridos heteros incómodos que suspiráis con fastidio cada vez que se despliega una bandera de colores: las carrozas y las efemérides siguen siendo estrictamente necesarias porque el mundo no avanza en piloto automático. Dejen de mirarse el ombligo. Incluso en este ejemplar y moderno país nuestro, todavía hay padres que echan a sus hijos a la calle por el terrible pecado de no encajar en sus moldes. Vayan comprando paracetamol para la jaqueca veraniega, porque les queda mucho arcoíris por tragar y a nosotros, afortunadamente, mucha cuerda para rato.

 *futura columna El País 







Comentarios

  1. Querido primo.
    Yo también vivo en ese oasis del que hablas, pero sospecho que no vemos el mismo paisaje.
    En el mío hay personas de derechas, de izquierdas, homosexuales, heterosexuales, creyentes y ateos. Y la inmensa mayoría convive con absoluta normalidad. También conozco progresistas que no aceptan la orientación sexual de un hijo y personas conservadoras que jamás han tenido el menor problema con ella. Por eso creo que la intolerancia no tiene ideología: tiene personas.

    Tampoco me convence hablar de "mochilas de migrantes" ni todos los inmigrantes son iguales, ni todos los progresistas son seres de luz; así que si queremos ser precisos, hablemos de determinadas corrientes del islam que consideran la homosexualidad incompatible con la ley divina condenando a muerte a quien tenga esa orientación. Y estaras conmigo en que ese discurso no es una excepción anecdótica: está presente en todos países de mayoría musulmana y en muchas mezquitas de aqui, de nuestro oasis.

    La homofobia existe y debe denunciarse siempre. Pero combatir los prejuicios construyendo otros nuevos solo cambia el destinatario del estereotipo, nunca la realidad en la que se sustenta.

    Y llegado a este punto, primo, quizá nuestros oasis no sean tan distintos, y tal vez lo único que los diferencia sea el cristal con el que decidimos mirar a quienes viven en ellos o entre nosotros.

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    1. Muchas gracias por opinar.
      Las cosas siempre se ven muy desde la barrera
      Muchos besos y abrazos

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  2. Según mi modesto entender, ambos tenéis razón pero a quien hay que temer o contra el que hay que luchar es contra el intolerante, sea de la ideología, etnia o religión que sea. Yo lo que percibo, es más polarización (tan de moda ella), cada vez hay más tolerantes entre la gente de derecha, pero también más intolerantes entre la gente joven, coincidiendo casualmente con el apoyo que estos jóvenes dan a la ultraderecha. Miedo me da.

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    1. En mi oasis se ve más la juventud islamista q la de ultraderechas...

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