Profesionalidad
José Luis Raya
Ser atendido hoy por un profesional competente y mínimamente empático, ya sea en la sanidad pública o en la privada, empieza a convertirse en una experiencia excepcional. Durante años nos vendieron la idea de que la medicina privada era un refugio frente al deterioro de la pública: menos esperas, mejor trato, eficacia inmediata. La realidad, sin embargo, empieza a parecerse demasiado a ambos lados del mostrador. Cambian los muebles, las lámparas de diseño y el perfume de las recepciones; la desidia permanece intacta. En una de mis habituales recaídas necesité acudir a un especialista cubierto por mi seguro de MUFACE, ese privilegio supuestamente “gratuito” que, curiosamente, se sigue descontando religiosamente de la nómina. Aquella experiencia rozó lo esperpéntico: tan sólo necesitaba una breve consulta telefónica o una respuesta por correo para saber si podían añadirme un suplemento de apoyo, puesto que el medicamento recetado llevaba cuatro semanas sin producir el efecto esperado. Pero cometí un error gravísimo: llamar cinco minutos más tarde de la hora acordada, después de una conversación precipitada y bastante confusa con la secretaria. Cinco minutos bastaron para convertirme automáticamente en material desechable. Nadie atendió ya la llamada ni hubo la menor posibilidad de explicarse. La medicina moderna parece haber descubierto el método más eficaz para gestionar pacientes: hacer desaparecer al paciente. Decidí entonces acudir a otro especialista por la Plaza de las Flores. Ya conocía sus desastrosas reseñas en Google, aunque uno siempre conserva cierta ingenuidad y piensa que quizá las críticas sean exageradas o fruto de pacientes hipocondríacos con demasiado tiempo libre. Ante una pregunta elemental relacionada con su especialidad, el señor respondió con visible irritación: “¿Cómo voy yo a saber eso?”. Un especialista molesto porque le preguntan precisamente sobre aquello en lo que se supone que está especializado. Le respondí con tranquilidad: “Creía que usted era el especialista”. El silencio posterior resultó bastante más terapéutico que la consulta entera.
Lo verdaderamente preocupante es que hemos terminado aceptando como normal una alarmante falta de empatía. El paciente debe entrar casi pidiendo disculpas por molestar, agradecer cualquier gesto básico de educación y abandonar la consulta satisfecho por no haber sido tratado con abierta hostilidad. Mientras tanto, conseguir cita con un simple dermatólogo empieza a parecerse a solicitar audiencia con un ministro. Quizá haya llegado el momento de exigir algo revolucionario: profesionalidad, educación y un mínimo respeto hacia personas que acuden precisamente porque no están bien.



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