El buen trabajador
http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2015/08/16/buen-trabajador/788875.html
El buen trabajador
José Luis Raya Pérez
Desde hace un tiempo, hay
empresas que se dedican a orientar a otras empresas: optimizar recursos,
planificación, personal, ahorro energético, motivación, selección, gestión,
aplicación de técnicas, diseño de estrategias, recursos humanos, relaciones laborales…
Son las que configuran, digamos, el aparato neuronal, lo que hace que una
empresa pueda funcionar correctamente y que pueda prosperar. Se podrían añadir otras
tantas orientaciones y apoyos o sugerencias, como asesoramiento ortográfico y
gramatical podría añadir por deformación profesional. Sin embargo, lo más
llamativo es que no sean orientadas correctamente en cómo producir más y mejor
en menos tiempo. Considerando el tiempo como algo abstracto porque no se puede
ver, ni tocar, ni sentir y a la vez concreto porque se puede medir en horas,
minutos, segundos, días, semanas… Esto es algo que se pierde no sólo en las
empresas privadas, sino también en las públicas. No ya en la producción
concreta de productos u objetos, sino también en la producción de cuestiones
abstractas, como son los conocimientos y destrezas en los centros
docentes, o la mejora del estado de
salud en hospitales o centros de salud. Los admirados y envidiados países
nórdicos lo saben muy bien, tras esta dura crisis se proponen reducir la
jornada laboral a seis horas. Antaño, se vislumbraba un fin de semana que
incluía todo el viernes, pero se opusieron las grandes multinacionales, que
siempre están con las garras afiladas.
Esos filos cortantes son los que
siempre ha mostrado la dirección de nuestras empresas, desde nuestros jefes,
hasta los mismos subordinados que a su vez controlan a otros subordinados. Esas
cuchillas cortantes y afiladas sirven para educar a los súbditos en la cultura
del miedo y del sometimiento, desde siempre se ha considerado que un trabajador
rinde más si se encuentra presionado y amedrentado. Lo que me sigue extrañando
y preocupando es que aún no se hayan
dado cuenta de lo contraproducente que es seguir manteniendo este sistema de
producción o de trabajo, puesto que el empleado permanece en un permanente
estado de tensión que le impide trabajar a gusto y esto repercute no sólo en su
vida laboral, sino en su vida privada, obviamente su estado mental y de salud
en general se deteriora. El trabajador o trabajadora llega su casa cansado-a y
no atiende a su familia, ni disfruta de su ocio o tiempo libre. Por lo que esto
repercute al día siguiente y al otro. El mal se va retroalimentando. Hasta que
llega el día en que uno cae enfermo porque no puede rendir más, pero no sustituyen
a este trabajador, o trabajadora, porque esto es costoso. Al mismo tiempo, se
le descuenta de su ya exigua nómina si se da de baja, y entramos así en un
bucle desesperante. Nos acercamos a un modelo de producción china e inhumana,
en lugar de mirar al norte – Suecia, Noruega- que desde luego son los que mejor
viven y habría que tomarlos como ejemplo.
Luego, nos encontramos con las
horas que hay que cumplir a rajatabla o “echar más de la cuenta”. Hay trabajadores-as
que tienen la destreza o la capacidad de realizar su trabajo en la mitad de
tiempo que otros. Lo mismo que en la escuela, hay alumnos que en una hora
estudian o aprenden lo que otros en dos o tres.
Pues bien, resulta que los jefes-as mantienen a sus empleados-as hasta
el último minuto para cumplir con ese horario tan pertinaz e improductivo. Hay
que estar allí mirándose las caras unos a otros, aunque el trabajo ya
se haya concluido. Otros-as acuden,
incluso, fuera de la misma e inagotable jornada para mostrar al mundo lo buenos
trabajadores que son, aunque tan solo hagan acto de presencia para abrir
persianas o conectar y desconectar ordenadores o fumarse un pitillo en los
aledaños del lugar de trabajo. Todo sea por contentar al jefe y que gane algún
premio tipo “trabajador del mes” o algo parecido. Suele ser gente que, o bien
viven para satisfacer al jefe, o carecen de vida familiar o no saben cómo
gestionar su ocio, ya que probablemente no lo tienen, y arrastran con esa vida
mediocre y gris a todos esos empleados que rinden satisfactoriamente y producen
tanto o más que él o ella. Y que no quieren sacrificar el tiempo con su pareja,
sus hijos, su mascota o su paseo vespertino.
Ahí tenemos a ese empleado-a que
se queda el último para apagar luces y cerrar puertas, y regresa incluso un sábado
por la tarde para hacer lo mismo. Mientras que éste es un modelo a seguir, el
resto de sus compañeros son, seguramente, unos vagos.
De esta manera se crea un estado
de insatisfacción permanente que repercute lógicamente en la producción de
cualquier producto, sea concreto o abstracto. Seguimos anclados en un modelo,
no tanto obsoleto como estúpido, que sigue valorando más la cantidad que la
calidad y al trabajador mediocre, sumiso y sin vida social, frente al creativo,
con iniciativas e inteligente, en tanto en cuanto produce
y realiza más actividades en menos tiempo ¡Somos la caña¡




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