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Haters y cobardes

 


Hace unos días, haciendo zapping en televisión, me encontré con un programa de Jesús Calleja. En aquel momento se encontraba en China junto a dos jóvenes influencers, tomando un café en una ciudad gigantesca, llena de tecnología y avances futuristas. Durante la conversación, las dos chicas hablaron de la cara menos amable de su profesión. Se lamentaban del odio que reciben diariamente a través de las redes sociales y describían cómo cada mañana deben enfrentarse a una avalancha de insultos, descalificaciones, burlas e incluso amenazas. Lo más llamativo era la naturalidad con la que asumían aquella situación, como si ese sufrimiento formara parte inevitable del precio que deben pagar por la fama y por los elevados ingresos que obtienen gracias a ella. Daban la impresión de vivir atrapadas en una contradicción difícil de resolver: disfrutar de una enorme visibilidad y de una situación económica privilegiada mientras soportan una presión psicológica constante. Comentaban también que en España Hacienda se lleva una parte muy importante de sus ganancias, mientras que en Andorra la carga fiscal es mucho menor. Sin embargo, no podía evitar preguntarme si realmente merece la pena ganar tanto dinero cuando, según ellas mismas reconocían, pasan buena parte de su tiempo angustiadas y emocionalmente agotadas. A menudo, existe la creencia de que la felicidad exige algún tipo de sacrificio o tributo, pero no estoy seguro de que sea así. Es perfectamente posible que una cajera de Mercadona, con una vida mucho más discreta y anónima, disfrute de una existencia más plena y tranquila que una influencer seguida por millones de personas. Mientras las escuchaba, el presentador las observaba con evidente empatía, aunque evitó profundizar en un asunto tan delicado. Por desgracia, los llamados haters parecen haberse multiplicado con las redes sociales. Se dedican a atacar e insultar gratuitamente a cualquiera que se cruce en su camino. La ideología política, la orientación sexual, las creencias religiosas, el origen étnico, la posición social o la fama pueden convertirse en excusas para la agresión verbal. Su objetivo es sencillo: desestabilizar, incomodar y hacer daño. La mayoría actúa escondida tras perfiles falsos, protegidos por el anonimato que ofrece internet. Por eso, quizá la mejor respuesta sea ignorarlos. Lo preocupante es que muchas personas conocidas terminan sufriendo ansiedad o depresiones severas al exponerse continuamente a estos agresores anónimos, cuya única arma es el insulto y la crueldad ejercidos desde la impunidad del anonimato. Cobardes.




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