Fatiga
Lo que intento depositar aquí no pertenece exactamente al territorio de las memorias ni al de la confesión clínica; se parece más, quizá, al inventario fragmentario de ciertas grietas interiores cuya existencia he ido comprendiendo demasiado tarde, cuando ya habían colonizado buena parte de mi vida. Todo parece comenzar en 1974, aunque sospecho que las verdaderas catástrofes nunca empiezan en una fecha concreta sino mucho antes, en regiones invisibles donde la sensibilidad se forma de manera defectuosa. Yo tenía once años cuando fui enviado interno a Cheste, en Valencia, y todavía hoy siento aquel episodio como una expulsión primitiva, casi bíblica, del espacio donde uno cree que el mundo posee todavía una lógica protectora. Hay lugares que no se abandonan nunca porque continúan viviendo dentro de nosotros como habitaciones clausuradas; Cheste es para mí una de esas arquitecturas persistentes. Recuerdo los dormitorios, los pasillos, la sensación mineral de las tardes interminables y, sobre todo, una forma de angustia todavía innombrable que comenzó allí a crecer lentamente como humedad detrás de las paredes. Aquella ansiedad inicial necesitó muy pronto un rostro donde encarnarse y lo encontró en un muchacho cualquiera, un niño apenas insolente, quizá algo burlón, pero completamente inofensivo para cualquier observador externo. Sin embargo, mi mente decidió convertirlo en el centro gravitatorio de una obsesión feroz. Bastaba una mirada, una risa insignificante o incluso su ausencia para desencadenar dentro de mí una maquinaria de sufrimiento completamente desproporcionada. Lo terrible no era él, sino la capacidad que tenía mi pensamiento para continuar fabricando escenas incluso cuando no estaba presente. Era como si hubiese descubierto prematuramente que la mente humana puede convertirse en un teatro de tortura autónomo. Lo más inquietante es que aquella estructura nunca desapareció del todo; simplemente fue mudando de máscara a lo largo de los años. La obsesión iba desplazándose de una persona a otra con la precisión de un mecanismo subterráneo: compañeros de piso, alumnos, personas normales sobre las que mi conciencia proyectaba una incomodidad casi metafísica. A veces bastaba una voz determinada, una manera de moverse o una presencia demasiado expansiva para que apareciera de nuevo esa sensación insoportable de asfixia interior, como si mi sistema nervioso hubiera quedado fijado para siempre a una frecuencia equivocada. Y mientras todo eso ocurría, por fuera yo seguía viviendo, estudiando, trabajando, conversando con aparente normalidad, igual que ciertos edificios continúan erguidos aunque ya estén huecos por dentro.
La aceptación de mi homosexualidad llegó años después, entre los diecinueve y los veinte, aunque en realidad no fue una revelación dramática sino una lenta sedimentación de algo que ya estaba escrito desde mucho antes en zonas muy profundas de mí mismo. Curiosamente aquello no me produjo el conflicto que podría esperarse; mi familia terminó comprendiéndolo con relativa naturalidad y mis hermanos siempre acabaron situándose cerca de mí. Pero mientras esa parte de mi identidad iba encontrando acomodo, otras heridas comenzaban a enquistarse de forma más silenciosa. Mi padre, por entonces en paro, empezó a trabajar en una cafetería de Guadix y aún hoy me persigue la imagen de aquel hombre agotándose sin descanso, convertido en una especie de animal sacrificial condenado a sostenerlo todo con su propio cuerpo. Yo debía ayudarle y, sin embargo, cada vez que entraba en aquel lugar sentía que el aire se volvía irrespirable. La clientela, las bromas groseras, cierta masculinidad áspera y exhibicionista, las miradas que quizá ni siquiera existían realmente pero que yo percibía como juicios constantes, me producían una ansiedad insoportable. Siempre he arrastrado la culpa de no haber acompañado a mi padre como él merecía, aunque en aquel momento trabajar allí equivalía para mí a descender diariamente a una especie de anfiteatro hostil donde mi vulnerabilidad quedaba completamente expuesta. Después apareció Raimundo y con él el primer amor verdadero, esa experiencia casi narcótica en la que uno entrega la confianza con una pureza suicida. Pero el final de aquella relación fue devastador. Lo avalé para la compra de un coche y él dejó de pagar mientras durante años continuaba mintiéndome con absoluta tranquilidad. El banco me reclamaba una deuda enorme y, sin embargo, lo más destructivo no era el dinero sino la humillación íntima de descubrir que alguien amado podía sostener una mentira durante tanto tiempo mientras yo seguía aferrado a una esperanza absurda. Ahí el pensamiento obsesivo alcanzó quizá su forma definitiva. La idea regresaba constantemente, incluso en momentos de aparente calma, como un objeto punzante clavándose una y otra vez en la conciencia. Podía estar leyendo, trabajando o conversando y de pronto aquella escena reaparecía con la violencia de una campana metálica dentro del cráneo. Creo sinceramente que esa experiencia alteró algo profundo en mi estructura emocional. Empecé a medicarme, primero con Anafranil y Trankimazín, más tarde con otros tratamientos, y recuerdo aquellos años como una travesía envuelta en algodón químico, una vida vivida bajo una luz amortiguada donde el sufrimiento seguía existiendo aunque ya no tuviera bordes definidos.
Las relaciones posteriores parecieron desarrollarse siempre bajo la sombra de esa fractura inicial. Con Luis construí una vida más estable, una casa, una ilusión de permanencia que terminó derrumbándose igualmente en el año 2000, dejando tras de sí otra sensación de ruina difícil de explicar. Después llegó Antonio y allí comenzó quizá la etapa más desgastante de todas: rupturas continuas, reconciliaciones interminables, intentos de escapar seguidos inmediatamente por el miedo insoportable a la pérdida. Diez veces rompimos y volvimos en apenas tres años, como si ambos hubiéramos quedado atrapados en una especie de mecanismo circular del que ninguno sabía salir. Fue entonces cuando apareció mi primer ataque de pánico, una experiencia aterradora porque el cuerpo deja de obedecerte y uno comprende de golpe hasta qué punto la mente puede convertirse en una fuerza física capaz de destruirte desde dentro. Más tarde conocí a Jorge, mi pareja actual. Con él ocurrió algo distinto: el afecto fue creciendo lentamente, de manera menos fulgurante pero mucho más profunda, como ciertas raíces que tardan años en abrirse paso bajo tierra. Sin embargo, incluso junto a él seguían reapareciendo aquellas viejas oscilaciones interiores. Había momentos en los que una necesidad irracional de huida me invadía aunque simultáneamente supiera que perderlo sería insoportable. Nunca olvidaré aquella noche en Murcia, cuando íbamos a viajar a Malta y, después de permanecer despierto hasta el amanecer consumido por la ansiedad, fui incapaz de subir a aquel avión porque sentía que debía terminar la relación inmediatamente. Volvimos a Málaga llorando, abrazándonos en las paradas de la carretera, como dos náufragos que no comprenden qué fuerza invisible está hundiendo el barco. Y, sin embargo, dos meses después yo no podía respirar sin él y le pedí que regresara. Desde entonces seguimos juntos. Hoy sé con absoluta claridad que Jorge es la persona de mi vida y precisamente por eso me aterra tanto comprobar que esos antiguos mecanismos todavía sobreviven dentro de mí. A veces basta que llegue a casa hablando atropelladamente, moviéndose de un lado a otro con esa energía caótica que tiene, para que reaparezca una sensación antiquísima de agobio y ansiedad, como si todas las épocas de mi vida se superpusieran de pronto en un mismo instante. Y quizá eso sea lo más difícil de explicar: la impresión de que ciertos miedos no pertenecen al presente sino a una especie de estrato geológico muy antiguo del alma, un lugar remoto donde el abandono, la culpa y la obsesión continúan respirando lentamente bajo todas las cosas.



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