DERECHO AL PATALEO

 





Derecho al pataleo

José Luis Raya

Hay algo que debería seguir siendo sagrado en democracia: el derecho al pataleo, siempre y cuando venga acompañado de una saludable dosis de autocrítica, esa especie en vías de extinción dentro del ecosistema político contemporáneo, ya que una cosa es indignarse y otra muy distinta convertir la indignación en un producto industrial diseñado para alimentar escudos ideológicos. Y precisamente ahí reside una de las grandes tragedias de nuestro tiempo: la polarización ya no parece una consecuencia espontánea de las diferencias políticas, sino una construcción perfectamente prefabricada, necesaria y extraordinariamente rentable para quienes aspiran a conquistar el poder o perpetuarse en él. El enfrentamiento permanente se ha convertido en el combustible emocional de la política moderna. Ya no se trata de convencer, sino de dividir; ya no importa gestionar, sino mantener a la población en un estado constante de tensión moral donde cada ciudadano deba escoger bando como si viviera atrapado en una guerra religiosa retransmitida las veinticuatro horas del día.

Y lo más inquietante es que esa polarización artificial funciona. Funciona porque simplifica la realidad hasta niveles infantiles y porque convierte cualquier debate complejo en una pelea de hooligans. Basta observar cómo se gestionan hoy cuestiones tan delicadas como la migración, la inseguridad, la okupación, el feminismo, la identidad territorial o incluso los conflictos internacionales. Todo queda reducido a una grotesca dicotomía moral: o estás conmigo o eres un monstruo moralmente defectuoso. Ya no existe espacio para el matiz, la duda o la contradicción humana. Si alguien expresa preocupación por determinados problemas de convivencia, inmediatamente es etiquetado como reaccionario; si otro reclama políticas de solidaridad o derechos sociales, automáticamente se le presenta como un ingenuo peligroso que quiere destruir Occidente mientras desayuna tofu subvencionado. La política contemporánea ha renunciado deliberadamente a la complejidad porque la complejidad no moviliza votos, mientras que el miedo y la ira son herramientas electorales extraordinariamente eficaces.

En ese contexto, algunos sectores de la izquierda empiezan a sentirse profundamente incómodos, no porque hayan abrazado repentinamente posiciones conservadoras, sino porque observan con estupor cómo la incoherencia se ha institucionalizado bajo una capa de superioridad moral casi sagrada. Se veta a Israel en un festival musical para exhibir virtud ética ante las redes sociales mientras se siguen manteniendo relaciones comerciales, tecnológicas y militares con absoluta normalidad. Se pronuncian discursos inflamados sobre justicia social mientras florecen el nepotismo, el clientelismo y las luchas internas por el poder. Se presume de sensibilidad social mientras se desprecia, desde cómodos despachos y tribunas digitales, a quienes manifiestan miedo, inseguridad o hartazgo ante determinadas realidades cotidianas. El problema no es únicamente la contradicción; el verdadero problema es la arrogancia con la que se ejerce.

Y mientras tanto, la derecha, especialmente la más extrema, aprovecha cada una de esas grietas con admirable oportunismo. La extrema derecha no crece únicamente gracias a sus propios discursos, sino también gracias a la incapacidad de sus adversarios para comprender el malestar social sin responder automáticamente con sermones o insultos. Llamar “facha” a cualquier persona descontenta puede producir una efímera sensación de superioridad intelectual, pero políticamente resulta tan eficaz como apagar un incendio con gasolina. Mucha gente no se está desplazando ideológicamente hacia posiciones extremas por convicción doctrinal; simplemente siente que nadie escucha sus preocupaciones reales sin ridiculizarlas previamente. Y ahí aparece el gran negocio de la polarización: unos exageran los problemas hasta convertirlos en amenazas apocalípticas y otros los niegan con paternalismo pedagógico, mientras ambos bloques se retroalimentan en un espectáculo perpetuo de indignación rentable.

Lo verdaderamente devastador es que esta dinámica no solo está erosionando las instituciones o degradando el debate público; también está destruyendo vínculos personales básicos. Familias enteras incapaces de compartir una comida sin convertirla en una batalla ideológica. Amistades de años dinamitadas por discusiones políticas alimentadas desde algoritmos diseñados para premiar el conflicto. Personas que ya no conversan para entenderse, sino para derrotarse moralmente. La política ha penetrado hasta tal punto en la vida cotidiana que muchos individuos han comenzado a contemplar al discrepante no como un adversario legítimo, sino como una amenaza ética intolerable. Y esa es probablemente la victoria más peligrosa de quienes viven de la polarización: haber conseguido que ciudadanos corrientes se odien entre sí mientras los responsables reales del deterioro social continúan perfectamente acomodados en sus despachos.

El “todo vale” se ha convertido en norma. Vale mentir si sirve para frenar al enemigo correcto. Vale manipular si la causa se considera moralmente superior. Vale destruir reputaciones, simplificar problemas complejos o alimentar el miedo si eso garantiza unos cuantos votos más o algunos minutos adicionales de poder institucional. Y así hemos llegado a una política donde la coherencia importa menos que la narrativa y donde la ética parece depender exclusivamente de quién protagonice el escándalo. Resulta difícil exigir empatía a una sociedad cuando buena parte de sus dirigentes llevan años alimentando deliberadamente el resentimiento mutuo como estrategia electoral.

Y, sin embargo, la empatía sigue siendo imprescindible, aunque no a cualquier precio ni convertida en una caricatura sentimental. Empatizar no significa negar los problemas reales ni infantilizar a la ciudadanía tratándola como incapaz de gestionar debates complejos. Empatizar implica comprender que detrás del miedo, del enfado o incluso del voto de protesta suele haber personas agotadas, frustradas o desconectadas de discursos políticos que ya no sienten propios; pero también implica rechazar la tentación de convertir al diferente en enemigo irreconciliable. Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo consista precisamente en recuperar la capacidad de convivir con el desacuerdo sin necesidad de destruirnos emocionalmente unos a otros. Si algo demuestra esta era de polarización prefabricada es que hay políticos ganando muchísimo poder gracias al enfrentamiento constante de ciudadanos que, en el fondo, probablemente comparten más angustias y problemas de los que jamás admitirían en público.

 

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