LAS BRÖNTE ( El País Cultural)

 


LAS BRÖNTE

José Luis Raya Pérez

Cuando leí, allá por 1995, la magnífica novela “El peso de las sombras”, descubrí a una autora de primer orden. Hubo desde las primeras páginas una afinidad casi secreta, una complicidad nacida de ese tono decimonónico, de esa respiración de novela clásica que parecía rescatar, sin imposturas, el fulgor sentimental y sombrío del Romanticismo. Muchos años después, volví a encontrarme con otra joya: “Todo ese fuego”. Una obra que se adentra en las vidas de las hermanas Brontë  con una intensidad casi visionaria. Desde entonces, podría decirse que me he “abrontezado”. He releído “Cumbres Borrascosas” como quien vuelve a un territorio natal. También poemas, cartas, y obras menos frecuentadas como “El profesor”, esa primera tentativa narrativa de Charlotte, donde ya late una voz singular. El universo Brontë me ha atrapado por completo. Incluso he intentado localizar textos de Branwell Brontë, ese poeta maldito, enfant terrible de la familia, figura casi byroniana condenada por sus propios demonios. He vuelto también a algunas adaptaciones cinematográficas, comenzando, por supuesto, por la inmortal versión de William Wyler de Wuthering Heights, y dejando prudentemente al margen ciertas relecturas contemporáneas de una frivolidad casi instagrámica, tan superficiales como ajenas al abismo emocional de la obra.

En Todo ese fuego, Ángeles Caso indaga en la vida cotidiana de las tres hermanas en aquellos páramos inhóspitos de Haworth, donde el viento parece arrastrar todavía ecos de tragedia. Allí quedaron huérfanas demasiado pronto; allí asistieron, siendo niñas, a la muerte de sus hermanas mayores, Maria y Elizabeth. Allí también vieron hundirse a Branwell en los infiernos del alcohol y el opio, arrastrado por desengaños y sombras. No resulta difícil rastrear en sus novelas ese poso amargo de dolor. Hay algo en la ferocidad de Heathcliff, en la dignidad herida de Jane Eyre o en la melancolía moral de Agnes Grey que procede de una experiencia vivida al borde de la desolación. Ángeles Caso perfila con extraordinaria finura el carácter de las tres hermanas y, sobre todo, el vínculo secreto que las unía. La crítica y el tiempo han coronado a Cumbres Borrascosas como cima indiscutible, pero sería injusto olvidar Jane Eyre o Agnes Grey, obras igualmente primordiales-

Y todo ello en una sociedad puritana, paternalista y masculina que apenas concedía a las mujeres espacio para destacar. Ángeles Caso insiste, y con razón, en el gesto casi clandestino de firmar bajo seudónimos masculinos: Currer, Ellis y Acton Bell. No era una excentricidad; era una estrategia de supervivencia literaria. Algo que algunas películas contemporáneas, como la discutible Emily de Frances O'Connor, parecen haber simplificado en exceso.

La historia literaria está llena de esos disfraces. Pienso en Teresa de Ávila fingiendo torpeza al escribir para no desafiar el orden masculino. Pienso también, y con orgullo, en Emilia Pardo Bazán, capaz de imponerse a tantos nombres consagrados en un mundo hecho para excluirla.

En el centro de esta constelación trágica aparece Patrick Brontë, el severo pastor anglicano. Resulta difícil no verlo como personaje de novela. Su fe tuvo que resistir la muerte de su esposa y de sus seis hijos. Uno se pregunta cómo no se resquebrajó del todo. Caso sugiere, con sutileza, que terminó apoyando la vocación literaria de sus hijas, aunque quizá al principio la mirase con reservas. Pero qué poco pudieron saborear las mieles del reconocimiento aquellas escritoras inmensas: murieron demasiado jóvenes, casi en pleno florecimiento. Emily emerge en estas páginas como la más enigmática: esquiva, ferozmente libre, casi salvaje. Su aparente misantropía no era otra cosa que una forma radical de independencia. Anne, por contraste, aparece delicada, moralmente luminosa. Charlotte sostiene, con una mezcla de voluntad y fragilidad, el peso de la familia. Caso reconstruye además la pobreza sobria en la que vivían: la rectoría austera, los criados indispensables, las estrecheces económicas que obligaron a las hermanas a enseñar y servir como institutrices en casas ajenas. En esa humillación cotidiana hay también materia literaria. La figura de Emily me conmueve especialmente. Esa inadaptación la hacía casi incompatible con el mundo social. No resistía la presión de las escuelas ni de las convenciones. Pienso, no sin ironía, qué habría sido de ella en algunas aulas contemporáneas. Tal vez, como tantas almas excesivamente delicadas, habría huido por una ventana. Hay en estas vidas grises de la Inglaterra victoriana una grandeza sombría que Ángeles Caso devuelve con admirable sensibilidad. No idealiza, más bien las comprende. Cada uno de estos seres históricos parece, en efecto, un personaje arrancado de una novela gótica. Pero quizá ocurre lo contrario: sus novelas fueron apenas la prolongación natural de sus vidas.

Quisiera hacerle llegar a Ángeles Caso esta humilde reflexión, junto con mi admiración y gratitud por haber descendido a ese fuego antiguo. Porque en aquellos páramos barridos por el viento, entre muerte, pobreza y genio, siguen ardiendo, como en las mejores páginas románticas, las brasas de una literatura que no envejece. Y porque, al volver a las Brontë de su mano, uno comprende que algunos libros no se leen: se viven.

 

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