Traumas

 


Tengo comprobado, aunque nadie me haya otorgado credenciales académicas en el estudio de las miserias humanas, que todo aquello que se padece en la infancia o la adolescencia y no se supera termina regresando. Y no vuelve con discreción precisamente, sino con cierta virulencia, arrasando con todo lo que encuentra a su paso, como una riada que nadie quiso prever porque resultaba incómodo hablar del tiempo. A ese equipaje emocional sin deshacer se le añaden, con el paso de los años, las frustraciones habituales de la vida adulta: deseos no consumados, problemas familiares enquistados, rupturas sentimentales, pérdidas económicas, insatisfacción conyugal, disputas vecinales, negocios que se estrellan o, por qué no decirlo, una actividad sexual escasa o inexistente. El cóctel está servido. Y luego nos sorprende que alguien estalle. Todas estas interferencias, acumuladas sin mantenimiento ni revisión, terminan provocando un desorden cognitivo-afectivo capaz de llevarse por delante a la pareja, a la expareja o a ese viejo amigo que, ingenuamente, aún pensaba que la lealtad era un valor estable y no una mercancía volátil. La vida, conviene admitirlo, puede ser así de turbia y cabrona. Y lo peor es que, en el fondo, casi siempre lo vemos venir, aunque prefiramos mirar hacia otro lado con la misma elegancia con la que se ignora una grieta en el techo. Quizás lo hayamos visto o aprendido a lo largo de los años. Un perro callejero, hambriento y abandonado, puede transformarse en un lobo feroz. Es una imagen que recuerdo con nitidez en los cerros de Guadix, allá por los años sesenta o setenta, cuando la supervivencia tenía menos metáforas y más polvo. Entonces, la sensación más primaria era la inseguridad, el miedo. Hoy, con la edad y con cierta dosis de escepticismo, lo que predomina es la compasión. He aprendido que el ser humano puede ser tan previsible como un perro hambriento y abandonado, aunque le pongamos corbata, títulos universitarios y una sonrisa ensayada para la foto de perfil.

Pero el ser humano posee algo que el resto de los animales no tiene, o al menos eso nos gusta repetir con solemnidad: el raciocinio. Por eso, resulta comprensible que una persona responda con cierta agresividad ante lo vivido y acumulado. Lo que ya no resulta tan admisible es que se obstine en esa agresividad, que la cultive, que la riegue y la convierta en una forma de vida. Porque si algo diferencia al animal del ser humano debería ser, precisamente, la capacidad de detenerse, reflexionar y rectificar. Sin embargo, el odio, esa emoción tan primitiva y a la vez tan sofisticadamente humana, demuestra que el raciocinio, en demasiadas ocasiones, es un lujo que preferimos no utilizar. Y así seguimos, sorprendidos por comportamientos que, en realidad, llevaban años anunciándose.

 

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