Noelia
Me estoy revolviendo ante la instrumentalización del caso de Noelia en la vida política y en las funestas redes sociales. Cada cual arrima la tragedia a su molino y la convierte en munición. No hay pudor. No hay silencio. No hay respeto. Solo ruido, consignas y una carrera obscena por ver quién tiene la razón más moral. Los unos lamentan profundamente el trágico final y, de inmediato, señalan a quienes se rasgan las vestiduras. Les reprochan que no se preocupen por los niños inocentes muertos en las guerras. Les recuerdan que esos niños son asesinados. Lo dicen con solemnidad, como si hubieran descubierto una verdad revelada. Como si la indignación tuviera que administrarse por cuotas. Como si el dolor compitiera con el dolor. Pero a este ejercicio de superioridad moral se le escapa algo elemental. Noelia también fue víctima. Víctima de unos padres irresponsables que la abandonaron cuando se separaron. Víctima de unos profesionales que no supieron dar con el tratamiento adecuado o que llegaron tarde o que no quisieron ver. Víctima de una justicia hipócrita que no castigó debidamente a quienes la destrozaron. Víctima de una cadena de negligencias, silencios y cobardías que la fueron empujando poco a poco hacia un callejón sin salida. Con Noelia se cometió un asesinato múltiple. No uno. Varios. Un asesinato por abandono. Otro por indiferencia. Otro por incompetencia. Otro por impunidad. Y lo más inquietante es que todos, absolutamente todos, se han ido de rositas. Nadie asume responsabilidades. Nadie pide perdón. Nadie se detiene a pensar qué falló y cómo evitar que vuelva a suceder. Me incomoda la facilidad con la que algunos cuestionan la decisión de la joven. Hablan desde la distancia, desde la comodidad, desde la ignorancia del sufrimiento ajeno. Juzgan sin haber recorrido el calvario. Sentencian sin haber sentido el peso de los años. Y me incomoda también la dejadez de los otros, que olvidan ese mismo calvario cuando les resulta incómodo. Solo miran al pasado cuando les conviene. Solo apelan a la compasión cuando encaja en su relato.
No puedo concebir tanta indolencia en ambos bandos. Unos callan ante las muertes de los niños de la guerra. Otros callan ante la historia de una niña rota. Todos hablan cuando les interesa. Todos guardan silencio cuando la realidad incomoda. Y mientras tanto, Noelia queda reducida a un argumento, a una etiqueta, a un arma arrojadiza. Esa es, quizá, la última injusticia.




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