Libros
LIBROS
Los que deambulamos por las librerías, nos detenemos en los anaqueles de los centros comerciales o no desperdiciamos la oportunidad de entrar en cualquier biblioteca de cualquier zona para inspeccionar sus ejemplares, pertenecemos a un mismo mundo, diría submundo: los que leen. Como cualquier ecosistema, también hay ramificaciones o divisiones. Hay lectores que van de best seller en best seller, y otros que han pasado esa etapa equiparable a la adolescencia. Existe otro tipo que se zambulle exclusivamente en los clásicos –siempre son los mejores-; otros lectores se centran en un solo género y de ahí no salen. También los hay quienes leen y releen los mismos libros. Quisiera mencionar a los que solo leen prensa, cómics o revistas. Lo importante es leer. Siempre hay que buscar un hueco entre el adictivo smartphone, las plataformas digitales o los videojuegos.
Como asiduo lector, he pretendido leer desde todos los prismas posibles: es cierto que me centro principalmente en la novela; pero procuro acercarme a todos los autores posibles, simplemente por curiosidad estilística o creativa. Cuando ya has sucumbido a los escritores más afamados, intentas descubrir nuevas voces que te saquen de tanto tópico y superficialidad. Hay excelentes narradores que -lo mismo que muchos directores de cine- se centran en un género o estilo y al leer una o dos novelas, ya has leído las catorce restantes. Por ello, solo en determinadas librerías podrás hallar verdaderas obras literarias. Por último, ausculto las redes sociales y sus recomendaciones: la mayoría solo se compra por internet. A este último grupo pertenece “El juego de la vida” de Antonio Figueroa. El autor se expresa a través de la pintura y la poesía con cierta soltura, pero he de admitir que este libro me ha impactado por su dinamismo, sus minuciosas e interesantes reflexiones, su estilo madurado y su docta manera de enhebrar las historias que nos relata. En ese deambular narrativo, imagina un simbólico juego de la oca para llevarnos y traernos por los avatares pretéritos de su vida. Es cierto que todos podemos tener vidas interesantes o impactantes, pero si no las sabes narrar, se quedan en algo anodino. A.F. no ha necesitado inventar un personaje para narrar sus peripecias: él mismo se convierte en autor y protagonista. Es cierto que la memoria puede ser muy selectiva o traicionera y aquí es cuando la ficción y la realidad se abrazan.
Amigos lectores: salid del getto literario donde estáis estancados y buscad más allá de las afamadas editoriales.



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