La educación que tenemos
Recuerdo cómo inicié mi modesto
recorrido como articulista de este diario en 2008, cuando reflexioné sobre la
precaria situación de la enseñanza pública tras asistir al estreno de La clase, de Laurent Cantet, una lúcida
simbiosis entre docudrama y cine testimonial. Aunque ya me haya jubilado, sé de
primera mano que la situación no solo no ha mejorado, sino que ha empeorado
curso tras curso. Muchos docentes se sienten profundamente insatisfechos con su
labor; las bajas por depresión aumentan de manera alarmante y los más veteranos
cuentan, con ansiedad, los días que les restan para jubilarse. Así no se puede
trabajar, ni siquiera con una mínima solvencia emocional. Aprobar unas
oposiciones certifica que tus conocimientos son superiores a los de otros
aspirantes. Sin embargo, esa preparación cultural e intelectual resulta estéril
cuando en determinadas aulas se concentra un porcentaje elevado de alumnos que
carecen del más mínimo interés por aprender. En ocasiones, el profesor termina
conformándose con que el alumno duerma y no moleste. Es duro admitirlo, pero
cuando se busca el bien de la mayoría, se acaban tolerando determinadas
actitudes, sobre todo si los padres ya han sido informados. La verdadera
desazón profesional surge cuando un número significativo de alumnos disruptivos
impide el desarrollo normal de una clase. Y por “normal” entendemos algo tan
básico como que el docente pueda transmitir conocimientos y, al mismo tiempo,
contagiar entusiasmo e interés por aprender. Ambas cosas se vuelven
prácticamente imposibles cuando uno o varios alumnos interrumpen de forma
constante. Precisamente eso retrata La clase:
una sucesión ininterrumpida de adolescentes boicoteando la enseñanza hasta la
extenuación. El resultado es asfixiante.
Avanzamos
ya hacia la segunda década de aquel docudrama y, sin embargo, en muchos centros
la realidad es aún peor. A la disrupción se suman faltas de respeto, insultos y
agresiones verbales o físicas, a menudo con la connivencia —explícita o tácita—
de padres y madres. Este despropósito no se limita a la educación obligatoria:
también se reproduce en bachillerato. Hoy, los profesores que logran trabajar
con normalidad pueden considerarse afortunados. Lo que antes era una excepción
se ha convertido en norma. Los centros periféricos ya no son los únicos
conflictivos; el problema se ha extendido a cualquier enclave. También conviene
analizar la inversión en educación en los últimos años. Aunque ha aumentado,
resulta evidente que o bien es insuficiente o bien se gestiona de forma
deficiente. Probablemente ambas cosas. Se ha puesto el foco —y los recursos— en
el alumnado con mayores dificultades, lo cual es loable, pero se ha abandonado
al alumnado con mayor predisposición. Se ha igualado siempre desde abajo. Las
adaptaciones curriculares han funcionado en algunos aspectos, pero no se ha
trabajado para que los alumnos más aventajados puedan desarrollarse plenamente.
El resultado es un descenso generalizado del nivel curricular. Además, muchas
de estas adaptaciones se han aplicado a alumnos que antes deberían haber sido
educados en normas básicas de comportamiento. Recuerdo a estudiantes cuya
actitud en clase era indistinguible de la que se tiene en un concierto de rock.
Si gritaban al profesor era porque en casa gritaban a sus padres. Todo apunta a
que en el ámbito familiar se gesta gran parte de esta falta de respeto,
disciplina y consideración. Muchos progenitores carecen de valores educativos y,
ni saben, ni pueden inculcarlos; algunos, incluso, han llegado a amenazar o
agredir a los docentes. Hoy, reprender a un alumno, retirarle el móvil o
castigarlo sin recreo puede desencadenar reacciones absolutamente
desproporcionadas por parte de sus padres. Es cierto que estos casos aún son
minoritarios, y que muchos padres delegan en los docentes una educación que
ellos no han sabido proporcionar. Pero esa delegación pervierte la función del
profesor, que deja de enseñar para dedicarse a educar en lo más elemental. Se
invierte más tiempo en inculcar normas básicas de respeto que en explicar las
oraciones de relativo, las ecuaciones o la Segunda Guerra Mundial. No
sorprende, entonces, que muchos estudiantes lleguen a la universidad con una
formación cultural deplorable. Las redes sociales, internet y buena parte de la
televisión no fomentan la cultura ni la educación; al contrario, imponen la
grosería, el griterío y la violencia verbal o física. Si las nuevas
metodologías educativas no están funcionando, quizá haya llegado el momento de
replantearse aquello que sí lo hacía: disciplina, rigor, puntualidad y respeto
a la autoridad. A ello habría que añadir medidas como limitar la interferencia
de padres problemáticos, restringir el acceso a redes sociales y frenar el veneno
que se inocula a través de programas basura, youtubers
o influencers violentos.
Solo
así los centros educativos podrían aspirar a transformar la sociedad. Pero me
temo que está ocurriendo justo lo contrario: es esta sociedad perniciosa la que
ha penetrado en colegios e institutos. Si no aunamos fuerzas, todo esto acabará
irremediablemente yéndose al garete. Esta es la educación que tenemos, no creo que nos la merezcamos.




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