Inquietante panorama

 




El año ha comenzado con una velocidad sospechosamente vertiginosa. En días -a veces en horas- el mundo parece cambiar de rumbo, aunque solo los ingenuos creen que este caos es espontáneo. Nada de lo que ocurre es improvisado. Cada bloque finge sorpresa mientras barre para casa y agita un discurso infantil, maniqueo y perfectamente diseñado para polarizar. El ruido es ensordecedor; el guion, viejo.

Conviene dejar algo claro desde el principio. Celebrar que el pueblo venezolano pueda sacudirse una dictadura no convierte a nadie en trumpista. Reconocer una liberación no obliga a aplaudir a otro aspirante a autócrata. Donald Trump no es un libertador: es un caudillo con peinado imposible, barnizado por las urnas y sostenido por una democracia cada vez más elástica.

Los antecedentes son de dominio público. Treinta y cuatro cargos por falsificación de documentos. Un asalto al Capitolio alentado desde la cúspide del poder, retransmitido en directo y asumido con pasmosa normalidad. Aquello no fue una excentricidad folclórica: fue un ensayo general. Y funcionó.

Por eso, a Trump no hay que observarlo con fascinación, sino con recelo. Voluble, caprichoso e impredecible, encarna al líder que entiende la política internacional como un Monopoly de alta tensión. Ucrania, Venezuela, Panamá, Taiwán o Groenlandia no son crisis aisladas, sino casillas de un tablero que ya ha sido repartido entre superpotencias. Yo me quedo esto, tú aquello. Tú invades en silencio, yo miro a otro lado. El imperialismo clásico, pero con marketing digital.

Europa, mientras tanto, asiste al espectáculo con cara de convidado de piedra. Se la desprecia, se la infravalora y se la utiliza cuando conviene. La tibieza ante Ucrania no es torpeza: es cálculo. El silencio ante futuras ocupaciones no es ingenuidad: es complicidad. Y la OTAN queda reducida a un chiste incómodo: nadie sabe qué hacer si un socio invade a otro. Tranquilos, probablemente no se hará nada.

El matón avanza porque puede. Porque le dejan. Y porque quienes podrían frenarle apenas aparecen en escena. Los demócratas han sido neutralizados con eficacia quirúrgica, expulsados del tablero antes de empezar la partida. Molestaban.

No hace falta un máster en geopolítica para entender hacia dónde vamos. Europa debe reforzarse, prescindir de quienes sabotean el proyecto común desde dentro y recuperar algo tan anticuado como la dignidad política. Y la ONU haría bien en despertar de su letargo, no sea que este reparto del mundo termine con el mayor sarcasmo posible: el pirómano subiendo a recoger el Nobel de la Paz entre aplausos.

SUR/El Mundo/El País

José Luis Raya

Comentarios

  1. Ya lo que le faltaría al energúmeno este, que le dieran un Nobel y encima el de la Oaz. Entonces si que ya dejo de creer en absoluto en una democracia que se supone que nos proteja y defienda.

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