A las barricadas
Casi sin darnos cuenta, hemos pasado del buenismo conmovedor al contundente malismo. Se veía venir, manifiestan los más avispados. Tampoco había que ser un profeta de primera categoría. ¿Nadie atisbaba que tratar de imponer una ideología con calzador en muchos casos, a destiempo y sin una reeducación previa supondría su reacción correspondiente? Esa avalancha de wokes mal elaborados, mezclando fideos con arroz, aderezados con soja y vinagre, e intentando que todo el mundo los trague a la fuerza, ha supuesto un resurgimiento del malismo puro y duro cargado de amenazas y vendettas. Llegué hasta la extenuación en todos mis artículos anteriores advirtiendo del peligro que se avecinaba si no nos moderábamos. Dicha moderación me sirvió para recibir bofetadas por ambas partes: por progre y por facha. Si no aprendemos de nuestros errores históricos, volveremos a repetirlos. La ley del péndulo no falla, aunque algunos no sepan ni lo que es un péndulo. Parecía que nos íbamos a comer el mundo con nuestro aperturismo y nuestro buenismo trasnochado.
El discurso del César fue de lo más inquietante, se cebó incluso con sus predecesores tildándolos de traidores. Sus acólitos saludaban de una manera macabra. El pueblo, la gran masa, había sido abducido completamente, obviando asuntos tan graves como el asalto al Capitolio y las engorrosas acusaciones que recaen sobre el nuevo déspota. Se trata del primer presidente convicto. Definitivamente, el mundo se ha vuelto loco. Como aquel 30 de enero de 1933.
Resulta que apoyar al débil y a los oprimidos es algo contraproducente. Considerar que haya personas que sufren porque su mente no se encuentra en sintonía con su sexo es una aberración. Cuidar el planeta y promover un sistema de vida limpio y sostenible resulta absurdo. Considerar que una es dueña de su cuerpo y de su vida es un anatema. Ayudar a los más necesitados es algo estúpido. Promover un sistema más igualitario e invertir en los organismos públicos sencillamente es demencial.
Creíamos que el mundo evolucionaba hacia una esfera más humana, pero vamos a retroceder al primitivismo. Es hora de hacer autocrítica y admitir que hemos invadido ciertos espacios con cierta celeridad. Hemos apoyado a los que se apropian de la propiedad privada, hemos dado voz a los que se sienten perro o gato, hemos eliminado de un plumazo organismos privados, hemos acogido a delincuentes, hemos sonreído a los terroristas que no muestran ni una pizca de arrepentimiento y le hemos puesto una alfombra roja a los golpistas, permitiendo que nos gobiernen.
Ciertamente, cuando EEUU estornuda, Europa se resfría. Deberíamos ir preparando las barricadas.
Deshumanización
José Luis Raya
El mundo, tal y como lo conocemos, se puede ir a pique. Seguramente la demencia del hombre más poderoso del orbe podría conducirnos a un callejón sin salida o a la situación más extraña o desequilibrada de este siglo. Realmente no podemos saber qué nos espera de un señor que alentó el asalto al Capitolio por parte de unos desarmados con armas y unos desalmados sin alma. Esas escenas habrían sido impensables unas décadas atrás. EEUU podía presumir de ser una de las democracias más consolidadas, pero aquellas instantáneas parecían proceder de una república bananera. El cerebro de la banda fue declarado culpable por 34 delitos graves. Delitos penales y cuatro arrestos. Fue fichado en una cárcel del condado de Atlanta y ha sido objeto de diferentes denuncias por abusos sexuales. Uno de los más sonados fue el de la escritora Jean Carroll entre otros. Más de una docena de mujeres han acusado a Trump de ciertos abusos en un momento concreto. A pesar de ello, ha sido votado por una amplia mayoría de americanos. Corroboro el pensamiento de Jean Cocteau cuando decía que no se debe confundir la verdad con la opinión de la mayoría.
Cuando ascendió recientemente al poder, su despótico egocentrismo parecía expansionarse como el demoníaco uranio al considerar que Groenlandia o Canadá deberían depender de EEUU, quizás preferiría decir pertenecer. Igualmente deseó cambiar los nombres de golfos, cabos o ríos para mayor gloria del pueblo americano. Putin y Trump empiezan a parecerse como dos gotas de agua. Se trata de las típicas ansias expansionistas de los dictadores. Su última excentricidad ha sido tan inmoral como macabra. Justifica el indiscriminado bombardeo de Gaza y propone que sean realojados lejos de sus tierras para que esa franja dantesca se convierta en un lujoso resort para gente adinerada. Si esto lo estuviéramos viendo en una película holliwoodense, estaríamos esperando ansiosos la llegada del héroe de la Marvel para que impida tanta injusticia y atrape al malo. Todos aplaudiríamos un desenlace justo y equilibrado. A nadie le gusta que gane Magneto, Thanos o Hela. Pues bien, Trump está ganando. Me cuesta creer que haya una amplia mayoría de americanos y de gente corriente en el mundo que apoyen a semejante espécimen. Tan malvado como Venom. Pero, ¡ojo!, los antihéroes tienen también un amplísimo número de seguidores.
Resulta desolador que, finalmente, triunfe el mal porque la gente corriente ya no distingue el bien del mal. Ortega y Gasset hablaba de la deshumanización del arte, pero ahora toca hablar de una suerte de oxímoron o antítesis: la deshumanización de la humanidad.





Somos el fiel y el cruel reflejo de la clase política. Unos más que otros, sin bien es verdad. Tranquiliza saber que la verdad no ha de ser confundida con la opinión de la mayoría, aunque ésta haya sido peligrosamente manipulada.
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