EL DUELO


 

 

El duelo


Afrontar el duelo por la pérdida de un  ser querido es un trance doloroso que, como si fuera un ser vivo, nace, crece, se desarrolla y nunca muere. Nunca perece porque nuestro recuerdo es más fuerte que su olvido. Cuando se despiden de este mundo las parejas de nuestros amigos, o estos mismos empiezan tristemente a desaparecer, es cuando sentimos el hálito helado de la parca en nuestra nuca. Decía Freud que no lloramos la muerte de nuestros seres queridos en primer lugar, sino que lloramos por nosotros mismos. Lloramos nuestra pérdida y por la proximidad de nuestra desaparición. Pero nunca nos hemos puesto a pensar que verdaderamente no desaparecemos del todo. Desaparecemos para nuestros cinco encorsetados sentidos. Cinco. Se trata de la imperfección de nuestros cinco sentidos, nuestra ingenuidad y nuestra falta de preparación para concebir la realidad desde otras percepciones que no podemos concebir. Nuestro cerebro no está preparado para comprender determinados conceptos, como el concepto del Infinito. Solo podemos recurrir a ñoñas metáforas que nos hagan abarcarlo un poco, solo un poco. Nuestros cinco encorsetados sentidos y nuestra prepotencia para considerar que no hay nada más allá de lo que vemos, olemos o tocamos, nos convierten en lamentables seres humanos, tan limitados y soberbios como incautos. Nos metemos dentro de nuestro caparazón como una tortuga y no nos planteamos nada más. Nada que comprometa la fiabilidad de nuestros limitados sentidos. Igual que Santo Tomás.

Además, los susodichos perciben una realidad que se traduce dentro de nuestro propio cerebro, configurado por una portentosa autopista de nudos neuronales semejante a la inconcebible infinitud del Universo. De hecho, numerosos científicos concluyen que el universo es una red neuronal gigantesca capaz de aprender y evolucionar como un ser vivo. Esto unificaría la relatividad y la física cuántica. Parece que me estoy yendo por los cerros de Úbeda, pero todo está relacionado. Todo. Es decir, la vida y la muerte forman parte de un mismo todo, sería el envés de una misma moneda. También debemos considerar aquello de que la materia ni se crea ni se destruye, sino que se transforma.

Concluía Isaac Newton (1643-1727) -para muchos el científico más grande de todos los tiempos- que conocemos tan solo una gota de agua con respecto al inmenso océano que desconocemos. Tres siglos después podría sustituirse esa gota de agua por una botella de litro. El ser humano sigue siendo soberbio y ridículo al creer que hemos llegado al culmen del conocimiento. Incluso es más fácil demostrar filosóficamente la existencia de Dios que la no existencia. Muchos de los ateos recurren a la imagen divina cristiana para intentar visualizarlo o imaginarlo. Este tema era tratado por los presocráticos, cuando no circulaba ninguna idea monoteísta. Ellos hablaban de un principio cosmológico: el principio y la materia del universo. Algunos lo llamaron “Demiurgo”. Aquí patinaron un poco, ya que si algo tiene un principio quiere decir que llegó a no-existir y por lo tanto contradice el concepto de omnipresencia y omnipotencia. Es más razonable la postura de los agnósticos. Obviamente la Fe dejará de existir cuando entre en el terreno de la ciencia (al modo Santo Tomás de Aquino o incluso San Agustín). La ciencia pretende analizar y sistematizar todos los sentimientos, incluso la Fe.

Dicho lo anterior y, encorsetado por las líneas que me permite esta columna, cuando una persona muere dejamos de percibirla por nuestros cinco sentidos. El universo y nuestro cerebro encierran otra percepción de la realidad que es multidimensional. Existe el llamado sexto sentido que es capaz de percibir lo que nuestra limitada percepción no puede. Hay una estrecha puerta por donde nos podemos colar: los sueños. Pero esto daría para otra reflexión. Por cierto, ya hay una empresa japonesa que por medio de escáneres e IA está traduciendo en imágenes los sueños, imágenes muy difusas, pero esto es solo el comienzo. Llegará el momento, estoy convencido, en que podremos ver y tocar el espíritu de nuestros seres queridos. Entre tanto, dejemos que nuestro sexto sentido sea el que se encargue de esta labor, ya que el resto de los sentidos son literalmente incapaces.

JLraya


 

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