Columnas en Malagahoy II

 


 iluminados

José Luis Raya

Esta mañana, viendo uno de sus magníficos programas, estaba pensando que a todo el mundo le cae bien o muy bien Jesús Calleja. Después de comprobar cómo honestamente trabaja y desarrolla sus contenidos, después del tacto y el especial cariño con que trata a sus invitados, y ese don que tiene para comunicar, me ha definitivamente conquistado. Puedo decir que es un ser excepcional como trabajador y como persona. Pues bien, si este señor se decantara por la política y aspirara a ser diputado del PSOE o del PP, sería odiado inevitablemente por media España.

Estamos llegando –ya hemos llegado- al momento exacto en que una persona caerá bien o mal según sus aspiraciones o tendencias políticas. Todos sus encantos, sus buenas intenciones y su estupenda manera de ser quedarán eclipsados por su admiración a este o a aquel partido. Esta es la prueba inequívoca de que estamos polarizados, yo diría agilipollados, con perdón. Y yo no voy a ser partícipe de ese bucle tóxico de permanente enfrentamiento que no conduce a nada, excepto a odiarnos.

En cualquier reunión, siempre hay algún iluminado que desvía su conversación hacia el tema político –no ideológico- atacando a la Ayuso o al Sánchez, sin comprobar si hay algún simpatizante de uno u otro bando. Todos estos iluminados suelen estar seguros de que llevan razón y sus argumentos son irrebatibles. Si en frente tienen al iluminado opuesto, la polémica está servida. Lo malo no es precisamente la polémica sino el mal rollo que se genera tras esto, ya que la gente no dialoga ni intercambia argumentos, sino que discute para llevar razón. Subrayo “para llevar razón”. El enfrentamiento está servido. A veces ocurre que esas personas, que se tenían cierto afecto, dejan de hablarse o saludarse. Es por lo que nos hallamos ante preclaros casos de radicalismos. Este tipo de iluminados es incapaz de cuestionarse posiciones contrarias y siguen la férrea línea que marca el partido al que vota. Si la derecha mira hacia otro lado, él o ella mirarán hacia otro lado ante la evidente masacre del pueblo palestino, por ejemplo. Si hay que legislar de otra manera más eficiente ante la vergonzosa y descarada okupación que se está produciendo en España, el esclavo de la izquierda considera que es un bulo de la derecha. Yo tengo un amigo al que le okuparon su vivienda (y la perdió) y sigue pensando que todo esto son bulos de la derecha. Llega un momento en que la estupidez se adueña de nuestras mentes por no traicionar a nuestros líderes políticos. La estolidez se retuerce aún más cuando uno comprueba que este o aquel partido no te da de comer precisamente. Solo es medio entendible en los casos en que tu trabajo dependa de ello.

 Y es que hay determinados casos en que la estupidez humana es absolutamente inexplicable.

 

Selfi

José Luis Raya

 

Puedo asegurar que se siente cierto halago cuando recibes “likes” en las publicaciones que subes a las redes, sobre todo en los selfies si ya tienes una cierta edad. Por un lado, se denosta a la gente madura si relegamos esa actividad a las y los jovencitos; por otro, considero que, en el fondo, se trata de una actitud reproblable en cualquier caso. No tanto el hecho de colgar una foto tuya públicamente como revisar los “me gusta” con cierta inquietud. Cuando he reflexionado sobre esto me he visto inmaduro e inseguro, y de esto no debemos sentirnos especialmente orgullosos.

El mito de Narciso nos orienta hacia la visión de la vanidad y el egocentrismo, que son verdaderamente dos valores nefandos. Actualmente, dicho mito se impregna de las intachables diferencias entre público y privado, aunque como bien es sabido, hoy en día se funden y se confunden. La dicotomía privado/público suele ser usada hipócritamente cuando nos interesa. En determinados casos distinguimos perfectamente sus lindes.

Pero por ahí no va la cosa, ya que uno tiene el derecho a quererse y a amarse. Es más, los psicólogos suelen recomendarlo. “Para querer a los demás, uno ha de quererse primero”, cacarean a los cuatro vientos. Hay frases tan manidas que van perdiendo su sentido. La cuestión va  por el asunto de esperar la aprobación o admiración de los demás constantemente. Que te digan guapo o guapa se agradece. Que necesites que te lo digan es lo preocupante. Entramos ya en el árido tema de la baja autoestima, falta de amor propio y apremiante necesidad de admiración.

Cada día veo rostros y cuerpos repetidos hasta la saciedad mostrando siempre los mismos rictus, igual que Obama y su idéntica e hierática sonrisa en mil instantáneas. Pero este buen señor no necesita llamar la atención obviamente. Todo esto pertenece a su imagen pública.

Así es, a lo anterior hay que agregarle el afán de notoriedad y popularidad que a toda costa muchos individuos necesitan. Si profundizamos mucho más, podríamos pensar que es una respuesta innata, genética y atávica al miedo a desaparecer o a no ser recordamos cuando ya no estemos en este mundo. Desde este punto de vista, sería loable la consideración de que todo ser humano tiene derecho a buscar su particular inmortalidad.

Mas no olvidemos que Narciso fue castigado por Némesis y condenado a enamorarse de sí mismo. Por ello se ahogó en las profundas aguas, las aguas procelosas de nuestra belleza; aunque disponemos de una bella flor que nos lo recuerda: el narciso.

Frankenstein

José Luis Raya

 

La extrema derecha sigue ascendiendo impertérrita las cumbres de esta Europa tan frágil como ausente, tan voluble e indolente como conservadora y tolerante. El pulso que se ha tomado al viejo continente en las recientes elecciones ha sido decisorio para comprobar su estado de salud. Y resulta que empieza a renquear. Como cuando un fantasma recorría Europa pero al revés.

El mapa de Europa se ha teñido de azul; esto no es lo preocupante, sino los grupúsculos que anidan en su interior y que se están diseminando como las semillitas de The body Snatchers, las que se convertían en larvas y sustituían a las personas mientras dormían, creando replicantes perfectos, mejor dicho, duplicados. Esto es, los extremismos –recuérdese que ningún extremismo reconoce que lo es- van generando esta suerte de replicantes que repiten como autómatas lo que sus líderes pergeñan entre motosierras, asaltos a congresos o pucherazos electorales. Desde América del Sur hasta la del Norte. Acciones deplorables en todos los casos. Sin embargo, la gente, que ya ha sido abducida por esas larvas, se alinea visceralmente sin que medie el intelecto. He visto encolerizados detractores y fervorosos admiradores. Entonces, ya están alienados. Ya pueden empezar a agredirse y a matarse si es preciso. No son necesarias las RRSS, si bien aceleran el proceso degenerativo de esta infame distopía. Recuérdese cómo en España nuestros abuelos se mataron vivos hace 85 años. Veo cómo en mi país muchos estarían dispuestos a repetir aquel sangriento episodio. El fanatismo no necesariamente llega de Oriente o de África, no nos confundamos. Podemos tenerlo a nuestro lado.

El antídoto, que solo serviría como un nimio lenitivo, sería una suerte de moderación que sirviera para aplacar los ánimos de ambas partes -las que ya están alienadas-, las que muestran sus rugidos y sus fauces babeantes. La polarización ya se ha alcanzado. Los que nos mantenemos ajenos a tanto contrasentido, como aquel joven de “La soledad del corredor de fondo”, recibimos palos de ambos extremos. Pero hete aquí que el protagonista estaba luchando contra el sistema desde dentro del propio sistema.

 Parece que no hay espacio para la paz y el mundo se encamina hacia su autodestrucción. Ya no sirven los moderadores, sino que hay que armarse hasta los dientes y atacar. La política se ha convertido en un vertedero de calumnias, bulos, amenazas y agresiones variopintas. Y un servidor ha de esperar más dos meses para un dermatólogo: ya no hay política práctica, sino exclusivamente ideológica y polarizada. Los que ya se han posicionado, cual abducidos especímenes del inframundo, están a punto de pulsar el botón nuclear. Es cierto que la Democracia (con mayúscula) solo tiene un camino, como la Verdad. Pero, ¿cómo convences al que ya está convencido? La provocación es como echar leña al fuego: o gasolina. Es por lo que un fantasma inverso recorre Europa. Hemos creado un monstruo nosotros mismos. Tampoco Frankenstein se creó solito.

 

 Los clásicos

José Luis Raya

Cuando me aventuro en la lectura de ciertos autores o en determinadas películas o grupos musicales, siempre termino añorando a los clásicos. Poco hay que justamente se le pueda equiparar. Siempre pretendo sintonizar con los grupos modernos, pero acabo escuchando cualquier pieza de Haendel, Haydn o las típicas arias de siempre, bien de Puccini o Leoncavallo. Puede sonar pedante pero es la verdad. No hay color.

Otras veces, me adentro en algún escritor que está pegando fuerte. Menos mal que siempre me están esperando Clarín, Galdós o Unamuno. Algo parecido me ocurre con el cine. Me enervan muchas de las películas actuales, tan pretenciosas y tan vacías. En ocasiones me entretiene una película que sabemos que es para pasar el rato sin ningún objetivo transcendental porque para esto hay que saber y estar muy inspirado y, sobre todo, haber visto mucho cine clásico.

Desde pequeño empecé a amarlo. Cada martes o miércoles ponían alguna de cine negro de Bogart,  algún musical de F.Astaire o alguna de Hitchcock, que no te dejaba parpadear. Otras veces ponían ciclos dedicados a K.Hepburn, Susan Hayward o sobre el mismísimo Montgomery Clift o B.Lancaster. Todo lo veía con absoluta fascinación.

A través de las aplicaciones o plataformas vuelvo a reencontrarme con aquellos clásicos que me dejaron marcado. Solo con los títulos de crédito o aquella música envolvente, lánguida y romántica, mi carne se ponía de gallina. Es una emoción contenida e inefable. El que lo probó lo sabe. Hay muchas personas que huyen del cine en blanco y negro, de sus tramas y de todo el encanto que desprenden: en realidad no lo ven, ni lo sienten.

Pues bien, hoy he descubierto un clásico que no conocía o no recordaba. Creo que no llegó a estrenarse en los cines o su paso fue tremendamente efímero. Por otra parte, dudo mucho que esta película fuera del agrado de nuestro pasado régimen. Se trata de una joya que hay que acariciarla con las yemas de los dedos: “Madeleine” de David Lean.

El padre autoritario y controlador, la hija obediente y víctima de ese despotismo paternal. El pretendiente correcto, la pasión descontrolada del amante, el veneno que hace acto de presencia y el juicio por asesinato de la protagonista. Además, el caso ocurrió realmente en Glasgow en el siglo XIX. ¡Y esa ambientación decimonónica que no se pué aguantá! Y confitada con una excepcional banda sonora de William Alwyn que te hace levitar. Esto es: ponerse la carne de gallina y regresar a un pasado remoto donde habitabas felizmente junto a tus seres queridos que ya marcharon: unidos, viendo estas películas mientras las imágenes en blanco y negro reptaban por las cuatro paredes de la habitación.

¡Cómo he disfrutado con esta presea no muy conocida del cine clásico! Por favor, volvamos la vista de vez en cuando a los clásicos. Es lo único que nos puede salvar de la mediocridad.

¡A las cavernas!

José Luis Raya

Mientras en Irán las mujeres están luchando por sus derechos y su libertad, incluso están muriendo, mientras el mundo observa el valor y el coraje de las mismas, aquí en España, el mundo desarrollado y civilizado, asistimos atónitos a una retahíla de insultos e improperios por parte de un numeroso grupo de jóvenes, machos y ardientes. Entre tanto, las pobres chicas, exculpándolos y asintiendo en nombre de la tradición.

Todos lo hemos visto, no necesitamos más alusiones. Sí que me gustaría recordar la macabra coreografía, muy bien coordinada, consistente en subir las persianas de las habitaciones. Me resultó fascinantemente repulsivo, más cerca de “El cuento de la criada”, serie y libro que muchos hemos contemplado y leído con estupefacción.

Ni siquiera en los ominosos tiempos de Francisco Franco esto se podía tolerar. Dentro del machismo congénito que el sistema libaba, resultaba impensable este azote colectivo y público a la virginal imagen de la mujer.

 No puedo creer que, con todo el avance, mal-llamado “progre”, que se está produciendo año tras años, sucedan estas escenas tan distópicas como vergonzantes. Los derechos y el respeto por las mujeres y los homosexuales y por su equiparación con el resto de los mortales (varones y heterosexuales) en todos los aspectos de la vida, ya sea social, laboral, público o privado, están menguando nuevamente, ¿debido a qué? Es como si volviéramos a las mazmorras y al oscurantismo medieval.

Y ahora quiero pensar —quisiera pensar— que esa grotesca tradición se mantenga por el líder de turno, una suerte de Putin al que nadie se atreve a rechistar. Y luego se encuentran sus acólitas, las bellas doncellas que sonríen aquiescentes; estoy seguro de que la gran mayoría de las chicas se avergüenzan de todo el esperpento que se ha formado.

Así pues, ahí tenemos al pequeño Putin o Mussolini o lo que fuere, que se desgañita a grito pelado insultando y menospreciando a sus compañeras de estudios, a los siervos o cabecillas que suben muy bien sincronizados las persianas de la lujuria y del asqueroso machismo. Y, al otro lado, sus objetos del deseo, eso: objetos; con sus respectivas lideresas, que serán las que hablen en los medios de comunicación y comprendan y apoyen a sus pobres bárbaros machistas; entre tanto, las otras compañeras callan y miran hacia otro lado. Deberían pasarles en clase a estas chicas todos esos heroicos vídeos que nos llegan desde Irán. Y a esos cabecillas habría que reeducarlos dándoles un escarmiento. Seguramente a algunos padres también, que les han enseñado esos despreciables roles de machitos. ¡Todos ellos deberían ir a las cavernas!

A DONDE FUERES

JOSÉ LUIS RAYA PÉREZ

 

El carlismo se cura leyendo y el nacionalismo viajando, nos explicaba Pío Baroja, y no le faltaba razón. Leer y viajar son dos actividades que todo ciudadano de este país debería practicar con más asiduidad, dentro de lo que cabe, si bien lo segundo puede resultar mucho más problemático, atendiendo a los ingresos de cada cual. Es mucho mejor empeñarlo en un coche, esos que te sacan los intereses durante una década y luego tienes que entregarlo porque nunca terminas de pagar.

Pues bien, en un viaje a Uzbekistán durante un tórrido verano del 97 creo recordar, los turistas descendíamos del autobús atropelladamente, acalorados y enojados por ese bochornoso calor que no lograba apaciguar ni el aire acondicionado. Una de las pasajeras bajó con un pantalón corto, de esos que llamaban minishorts, y una camiseta de tirantas como dicen en Málaga, ya que el calor rondaba los 40º. Primero nos reímos y al momento nos enojamos al comprobar cómo una oronda señora, toda ella muy cubierta con faldones, sayas y pañuelo en la cabeza, le propinaba una serie de palmetazos en su trasero a esta sorprendida turista. No fue un solo cachetazo, lo cual hubiera tenido su gracieta de bienvenida, sino que la tal uzbeka se estaba ensañando con sus blancos muslos que iban impunemente al descubierto. La separamos a la energúmena que además soltaba una serie de improperios que ninguno llegábamos a descifrar pero sí a suponer. Ayudamos a subir a la acongojada y sorprendida turista al autobús, y entre sollozos e hipidos se puso una falda larga que servía también de pañuelo. Las cuatro personas que la asistíamos nos quedamos indignados al comprobar cómo en sus carnes blancas se habían plasmado los cinco dedos rojizos de la uzbeka vengadora, y ya no digo musulmana, ni cristiana, ni ortodoxa, ni judía, que por allende conviven o convivían felizmente, sino de de una uzbeka intransigente e intolerante. Sin duda, a esta señora le faltarían muchísimos libros por leer y cientos de países a los que viajar.

Algunos compañeros de viaje mascullaban, seguramente los menos avezados, acerca de la insensata ocurrencia de salir al exterior vestida (o mal vestida) de tal guisa. Provocando no sólo a los hombres sino también a las mujeres conservadoras. Sin duda, alguna herencia moruna nos queda para seguir pensando así. A donde fueres haz lo que vieres. Se podría agregar.

Lo que no deberíamos transigir es con el intercambio de la intransigencia con la tolerancia. Me he preguntado durante mucho tiempo quién faltó el respeto a quién. Peo esa vara de medir no es conmutable con nuestro estado de libertad y del bienestar, pues aquí no se les exige que se despojen de tantas sagradas y púberes prendas. Ni mucho menos. Estos inconsecuentes progres que predican con un insano ejemplo desde su acogedora posición y que sólo se pasean por Cuba o Samarkanda cuando van de vacaciones y jalean a Fidel, Nicolás o Moammar – Castro, Maduro o Gadhafi- desde sus confortables pisos del barrio de Salamanca. Y luego nos encontramos con sus palmeros y su séquito que presumen de izquierdistas y ya avanzan hacia la derecha opulenta.

Hay que simplificar y reeducar a unos y a otros evidentemente. A los unos que se queden a vivir allí y se involucren en la vida del pueblo que preservan durante unos añitos, y si después siguen pensando lo mismo, al menos no los tildaremos de incoherentes o caraduras. A los otros que “A donde fueres haz lo que vieres” Y si no es así, procura respetar y asumir que existen otras formas y estilos de vida. Que por aquí las personas del mismo sexo pueden casarse y amarse y tienen derecho a manifestar su amor cuando les parezca, lo mismo que cualquier pareja, que las mujeres pueden votar desde hace mucho tiempo y que en las playas exhiben sus pechos porque les gusta broncearse, e incluso existen zonas donde hombres y mujeres pasean desnudos, como Dios los trajo al mundo. Y que todas estas libertades y derechos, entre otros, se han conseguido tras muchos años de esfuerzo y de lucha. Y que no pensamos ni queremos volver atrás, que así estuvimos durante cuatro décadas, asustados y acongojados, con la boca grapada sin poder decir lo que pensábamos. Ahora no es tiempo de complacencias. Es el momento de tender la mano y mostrar que hay una alternativa mucho mejor, más libre y respetuosa. Si no la quieres tomar, al menos deja que los demás la disfruten y la vivan con plena libertad.

Ya se acabó el tiempo de seguir viviendo en las tinieblas. Ya lo pasamos y ya lo vivimos. No hay marcha atrás. Aquí existió una Santa Inquisición, pero aquello ocurrió muchos siglos atrás. No volvamos a aquella época tan remota en la que se colgaba y se quemaba a la gente por pensar, creer y sentir de forma diferente.

 

 

 

 

 


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