La invitada
La invitada
José Luis
Raya
El mundo va a la deriva y casi nadie hace nada serio por evitarlo.
Al menos, vamos a cambiar de tercio e intentar ver el mundo desde otra
perspectiva. Esta historia va dirigida a todos los mediocres que se dejan
influir siempre por la primera versión. La que te determina e impide que
llegues a la Verdad.
“Me abrieron la puerta una calurosa tarde de verano, iba
acompañada por un grupo de amigos. Qué inexplicable sensación de bienestar
experimenté al abandonar aquella tarde bochornosa del mes de agosto,
asfixiante. Entramos, es verdad, con muy mala educación, casi atropelladamente.
Sin saludar, me dispuse a recorrer la fantástica casa que me iba a acoger, de
habitaciones confortables y de recatada decoración. Se disponía en dos plantas,
la de arriba reservada a los dormitorios. Después de este primer vistazo
regresé al salón, donde fui contactando con todos los miembros de la familia.
El niño pequeño era mucho más complaciente que el resto, se dejó besar varias
veces en la mejilla sin protestar. Expresé tímidamente mi queja por la alta
potencia del aire acondicionado, mi garganta suele resentirse con frecuencia
ante estos vientos polares, máxime cuando huyes de los despiadados cuarenta
grados del exterior.
Cómo me relamía ante la suculenta merienda que habían preparado:
dulces con chocolate para los niños y té frío para los mayores. Manteníamos una
conversación muy animada, discutíamos sobre asuntos insignificantes: las
vacaciones, la playa o la preparación del almuerzo del día siguiente. La cena
resultó mucho más ligera: verduras, consomé y pescado. No quiero parecer una glotona aunque he de
admitir mi debilidad por cualquier tipo de comida. La velada transcurrió de
forma distendida, nos dimos las buenas noches y nos fuimos todos a dormir. En
el silencio de la noche la madre se presentó diseminando a diestro y siniestro
aquel gas venenoso. Mis amigos revoloteaban con espanto y caían prácticamente
fulminados. Yo me encontraba panza arriba, agitando mis patas, con el vientre
hinchado por el atracón. Aprecié una ventana entreabierta y escapé con
enfermizo zigzag. Empezaba a cansarme de esta vida errante, siempre mendigando
un plato de comida, y, cuando más tranquila te encuentras, aparece alguien con intenciones
asesinas. ¡Qué horror!"



Muy bueno, José Luis
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